La De Nationale Opera ha elegido una nueva producción de la raramente interpretada Il viaggio a Reims de Rossini para abrir 2015. Es todo un riesgo ya que el público de Ámsterdan no ha mostrado mucha afición por el “Cisne de Pésaro”: ni siquiera Olga Peretyatko, Lawrence Brownlee y Alex Esposito consiguieron vender todas las entradas hace un par de años. A juzgar por los entusiastas vítores y los estruendosos aplausos que recibieron el director de escena Damiano Michieletto, el director de orquesta Stefano Montanari y el elenco de estrellas solistas, mereció la pena correr el riesgo.

La última ópera en italiano de Rossini, Il viaggio, fue compuesta para las festividades en torno a la coronación del rey Carlos X de Francia en 1825. No fue concebida para sobrevivir más allás de las cuatro representaciones en el Théâtre-Italien de París, y Rossini reutilizó la mayoría de la música en la más famosa Le comte Ory (1829). La primera interpretación en tiempos modernos de Il viaggio a Reims en el Festival de Ópera Rossini en Pésaro en 1984, bajo la batuta de Claudio Abbado, fue una revelación: la música es de las mejores que Rossini haya compuesto jamás, Dios del bel canto. A pesar de esa exitosa recuperación, la obra sigue representándose con poca frecuencia, principalmente por dos razones. Requiere un reparto de nada menos que catorce solistas de los mejores; en su estreno contó con las mejores voces del momento encabezadas por la soprano Giuditta Pasta. El libreto es otro desafío incluso mayor: ¿cómo la audiencia del siglo XXI va a sentirse atraída por una comedia más bien sin sentido, en torno a la coronación de un rey francés de la restauración borbónica?

El argumento se puede resumir del siguiente modo: un variado y alborotado grupo de aristócratas de todos los rincones de Europa se alojan en hotel “Golden Lily” (en alusión al símbolo de la realeza francesa) bajo la atenta vigilancia de Madame Cortese. El grupo incluye una coqueta condesa parisina, un enamorado Lord inglés, un celoso general ruso y una docena más de caracteres. Su plan es viajar hasta Reims donde, de acuerdo con la costumbre, Carlos X será coronado rey de Francia al día siguiente. Se ven obligados a quedarse en el hotel ya que no hay caballos para poder continuar su viaje. Con la noticia de las espléndidas fiestas que se van a celebrar en París al regreso del rey, recuperan la alegría y deciden que irán a París en la diligencia regular al día siguiente. Mientras tanto, se organiza un banquete en el Golden Lily durante el cual, la alegre congregación canta a la gloria de Francia y de su nuevo rey.

Con el director Damiano Michieletto, este libreto está en buenas manos para una concienzuda limpieza. El joven director italiano es quizá más conocido por su ingenioso concepto de la acción en Un ballo in maschera en el que trasladaó la acción a una campaña electoral, en una producción de La Scala de 2013 –provocando la ira los loggionisti más tradicionales. Para Il viaggio, pasa la historia a un museo, Golden Lily Gallery, en la noche de la inauguración de una exposición importante. Madame Cortese (Carmen Giannattasio, estilosa en “Di vaghi raggi adorno”) se convierte en comisaria de museo con temperamento al estilo El diablo viste de Prada; Don Profondo (el impecable Nicolai Uliveri) es un entusiasta subastador de objetos de arte; Lord Sidney (Roberto Tagliavini, perfectamente cómodo en la coloratura de “Ivan strappar dal core”) un restaurador que se ha enamorado del cuadro en el que está trabajando.

Otros miembros del reparto son convertidos en obras de arte que literalmente rompen el molde y empiezan a interactuar con el mundo real. La acción se convierte en un cuento surrealista poblado con personajes de pinturas de Botero, Goya o Magritte. El juego entre los dos mundos crea situaciones que son a ratos poéticas, a ratos cómicas pero siempre fascinantes. El público respondió con risas. El espectáculo visual culmina con la apertura de la exposición cuando, uno por uno, todos los caracteres del escenario toman su posición en el fastuoso decorado de Paolo Fantin para cuidadosamente reconstruir la escena de La coronación de Carlos X, una pintura de 1825 de François Gérard, en un impresionante tableau vivant.

Musicalmente todo fue igual de agradable. En el foso, el director Stefano Montanari dirigió la Nederlands Kamerorkest desde el fortepiano en el que llevó el continuo. Estableció unos tempi vivos y expresivos, siempre manteniendo el equilibrio con el escenario. Todos los solistas tuvieron la oportunidad de brillar en sus actuaciones individuales pero fueron quizá los conjuntos los que engancharon más a la audiencia. Aún así, si tuviera que seleccionar una escena, sería el deliciosamente dirigido dúo entre el caballero Belfiore y la poetisa Corinna (“Nel suo divin sembiante”) que combinó el ágil y brillante timbre de tenor de Juan Francisco Gatell con la redonda y delicadamente colorida voz de soprano lírica de Eleonora Buratto. Un auténtico momento de goce musical y teatral.

Traducido del inglés por Katia de Miguel

****1