Parece imposible disociar a Kurt Weill del tándem que formó con Bertolt Brecht y quizá por eso sus obras compuestas en su exilio estadounidense apenas se representan hoy en día. Street Scene se estrenó en Broadway en 1947 y, aunque es uno de sus trabajos más ambiciosos, es hoy una verdadera rareza. Weill condensó sus diez años de experiencia en Broadway en una “Ópera Americana” que trataba de sentar las bases de un nuevo lenguaje musical, combinando diálogos, números cerrados y arias en un continuum dramático.

Paulo Szot (Frank) y Patricia Racette (Anna) © Javier del Real | Teatro Real
Paulo Szot (Frank) y Patricia Racette (Anna)
© Javier del Real | Teatro Real
Igual que la frase que abre y cierra el Acto I, Street Scene es como una canica y una estrella: Weill tomó el detalle descarnado de la vida diaria y lo evaporó en los efímeros sueños de Broadway, refinando el agrio cinismo de sus obras alemanas y destilándolo en un hilo narrativo de amargura y desengaño. El Musical es aquí un tema en sí mismo, casi un leitmotiv que simboliza la jovialidad vacía y las fantasías quebradas de los personajes. Como en la obra teatral de Elmer Rice, el argumento aparente (el asesinato de Anna Maurrant por su marido) es sólo un pretexto para dibujar con un realismo absorbente la vida vibrante de este vecindario neoyorquino.

Para reivindicar este título fundamental, el Teatro Real ha renovado y desarrollado la producción de John Fulljames para el Opera Group y el Young Vic que ganó el premio Evening Standard al mejor musical en 2008, en una nueva co-producción con la Ópera de Montecarlo y la de Colonia. En esta nueva versión, la escenografía de Dick Bird ha evolucionado a una masiva escalera de incendios de tres pisos que deja los ingteriores de los apartamentos a la vista. Aunque así se pierde toda referencia visual a los edificios de piedra marrón característicos de East Side Manhattan, la estructura es una solución ágil a las constantes entradas y salidas, y la brillante iluminación de James Farncombe compensa la inicial falta de contraste y ambientación. Unos pocos trazos abstractos, como la tubería al rojo vivo que lleva al apartamento de los Maurrant, el horizonte de luminosos de la Ciudad Desnuda detrás de la casa, o las ligeras coreografías de los números de musical, rompieron con un lenguaje visual por lo demás realista y contribuyeron a un gran espectáculo.

<i>Street Scene</i> en Madrid © Javier del Real | Teatro del Real
Street Scene en Madrid
© Javier del Real | Teatro del Real

En general, todo estuvo bien ejecutado pero no tuvo el nivel de energía y automatización que el ritmo frenético de Street Scene requiere. Lo mismo se podría decir de la orquesta, dirigida por Tim Murray, que tocó con el pulso necesario pero le faltó el sabor local y a veces el toque ligero de esta ecléctica partitura. Como no tuvieron que preocuparse de unas voces que estuvieron plenamente amplificadas pudieron contrastar bien las texturas y las dinámicas de la orquestación de Weill.

En su debut en el rol y en el Teatro Real, Patricia Racette fue la estrella de un reparto sólido. Su dilatada experiencia tanto en Puccini, como en el repertorio contemporáneo estadounidense, la hacían de entrada una candidata ideal para el papel de Anna Maurrant. Con sus buenas dotes teatrales logró llevar con un naturalismo emocionante el velo trágico que ensombrece al personaje desde los primeros compases. Hay además algo empático y familiar en su bello y esmaltado timbre, aunque el sonido tienda a abrirse en el pasaje. Estuvo especialmente conmovedora en la larga e inspirada "Somehow I Never Could Believe”, un ejemplo perfecto de cómo Weill combina la forma de modular e instrumentar de Puccini con el fraseo conversacional que terminó definiendo a las óperas americanas del siglo XX.

Joel Prieto (Sam) y Mary Bevan (Rose) © Javier del Real | Teatro Real
Joel Prieto (Sam) y Mary Bevan (Rose)
© Javier del Real | Teatro Real

Aunque es una buena soprano ligera con una técnica suficiente, Mary Bevan no sacó todo el partido a la valiente Rose Maurrant, y prefirió subrayar la inocencia de su faceta más lírica en detrimento del feminismo del papel y su heroica decisión final. El apocado vecino y amigo de Rose, Sam Kaplan, fue interpretado por el joven tenor Joel Prieto, que empezó con una convincente “Lonely House”, donde su timbre claro y ligero dibujó a la perfección la nobleza inocente del rol, pero no terminó de profundizar en el personaje y su dúo con Rose del Acto II sonó repetitivo y algo sobreactuado.

Paulo Szot, con su ruda voz de barítono y su fraseo violento, fue un Frank Maurrant brutal, mientras que el Henry Davis de Eric Greene fue el perfecto factótum del bloque, con su carnoso timbre y su carisma en escena. En medio de un sólido plantel de secundarios que hicieron justicia a la inmensa variedad de acentos, destacó Lucy Schauffer con su conmovedora voz, dicción clara y sarcasmo desbordante. Sarah-Marie Maxwell y Dominic Lamb interpretaron un buen, aunque cauteloso, “Moon-faced, Starry-eyed”, un vistoso número de musical en el que ella brilló en la canción y él mandó en el baile. El coro de Pequeños Cantores de la JORCAM estuvo excelente en su escena del comienzo del Acto II, donde combinaron perfección canora, buen contraste de colores y un nivel interpretativo escalofriante.

Paolo Szot (Frank) © Javier del Real | Teatro del Real
Paolo Szot (Frank)
© Javier del Real | Teatro del Real

Al final, a pesar del terrible crimen y su eco mediático, la calle vuelve a su sudorosa rutina y la música y la puesta en escena vuelven a reproducir el primer cuadro de la ópera. La canica sigue girando pero las estrellas de Broadway se han esfumado.

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