No está siendo fácil para la cultura soportar todos los golpes colaterales derivados de la situación pandémica. El Gran Teatre del Liceu vive sus últimas funciones antes de cerrar este año con agonía y prácticamente desfallecido. La casa catalana cierra el año con La traviata y le está costando llenar sus localidades. Los cachés de los fichajes internacionales, las nuevas restricciones que limitan la asistencia y las últimas indicaciones del Procicat no ayudan al teatro, que tiene que lidiar con tener un máximo de cuatrocientas butacas de aforo sin poder llegar al 50% de su capacidad. Y entre otras cosas, aparece la asfixia taquillera. El resultado es entrar en un teatro y observar que hay más gente trabajando que espectadores. La traviata va justamente de eso, de la asfixia, de tratar de no ahogarse en la lucha por la vida. La imagen actual del Liceu no es otra que la de la tísica Violetta: aguantando y haciendo todos los esfuerzos posibles para retrasar, todo lo que se pueda, ese suspiro final.

Pretty Yende (Violetta Valéry) en el centro de la escena
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Pocos meses hace de La clemenza di Tito, la última ópera que McVicar firmó para el Liceu. Su nombre vuelve a aparecer en esta producción recuperada de temporadas anteriores y muestra un escenario que reniega de la sofistificación parisina; se abre paso a una cruda representación del París de bajos fondos del siglo XIX, en el que el drama interior de Violetta Valéry es el eje vertebrador de este viaje introspectivo del personaje femenino. El mensaje es claro y conciso, y la forma con la que McVicar lo trabaja, avala su voluntad. Rehúye de las grandes soluciones y artefactos, centrándose en el marco central y vital de la obra, que es la del sufrimiento de una víctima de un clasismo sádico, que la vapulea y condena con repulsiva facilidad. Su viaje comienza rodeada de lujos y de una aparente felicidad en una escena colapsada de coros y figurantes, festejando entre enormes cortinas satinadas que enmarcan el marco escenográfico. Entonando poco a poco la decadencia y el futuro trágico que le espera, la protagonista se mueve ya entre habitaciones vacías y contados elementos, en el que se enfatiza su descenso psicológico para, finalmente, dar fin al tormento en una habitación reducida al mínimo, en el que el camastro central se acaba convirtiendo en tumba. Acompañado todo siempre de un ambiente tenebroso, unos cortinajes fúnebres y con la aguda e íntima iluminación presente a cargo de Jennifer Tipton. El broche final a la escenografía de Tanya McCallin lo concluye su propuesta de vestuario; sencilla y elegante que recuerda al espíritu plasmado en la obra de Giovanni Boldini. Planteamiento sombrío, pero justificado. Todas las metáforas visuales funcionan por su franqueza.

Pretty Yende (Violetta Valéry) y Dmitry Korchak (Alfredo Germont) rodeados por el Coro del Liceu
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

El montaje, por supuesto, funciona por el reparto que lo sustenta. Sin lugar a dudas, la soprano Pretty Yende, quien da vida a Violetta, desbordó en todos los sentidos. Potencia de voz en una interpretación rotunda, en la que no faltaron agilidades varias y otros tantos recursos que exige este melodrama verdiano. Difícil lo tuvieron sus compañeros para seguirle el ritmo, llegando al clímax con un impoluto ejercicio en “Addio, del passato”. Su compañero Dmitry Korchak, tenor quien recreaba a Alfredo Germont, transitó a medio gas durante buena parte de la obra, haciéndose resaltar más ya para el último cuadro. Su padre en la ficción, Giorgio Germont, interpretado por el barítono Giovanni Meoni, tuvo muy buena recepción entre el público presente y supo hacerse hueco entre los favoritos de la noche. El resto del reparto solista aguantó con brío el nivel impuesto por los protagonistas, incluyendo la pequeña incursión de una pieza coreográfica encabezada por un sexteto de bailarines, quienes derrocharon algo de luz y color entre tanta oscuridad.

Pretty Yende en la escena final de La traviata
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

El foso orquestal hizo un recorrido vibrante por las partituras de Verdi, en el que los cuidados en ciertas secciones recrearon los pasajes más emblemáticos con un acento especial. La dirección de la orquesta fue llevada con energía por la italiana Speranza Scappucci, quien orbitó por los aspectos más intensos de la obra verdiana haciendo que varios de los pasajes sincronizasen con el ritmo escénico, el de la desintegración psicológica de Valéry en ese apartamento de París. Scappucci fue merecidamente alabada por su trabajo por todo el reparto y por la orquesta.

El equipo entero de esta producción recibió ovaciones largas y merecidas. Sobre todo en momentos duros para la institución y tristes para el público, que cruza los dedos para que no se cumpla el aviso de suspensión de programa si no hay un acuerdo respecto al aforo con Procicat. Faltan más aplausos, más público y más decisiones contundentes y favorables para la casa y para quienes la llenan, sin dejar de seguir siendo un espacio seguro y de disfrute. Por el momento y hasta nuevo aviso, La traviata continúa viva en el Liceu.

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