No cabe duda de que de la Semana de Música Religiosa de Cuenca es el marco ideal para ofrecer al público las grandes obras de la música clásica. Muchas de estas obras fueron concebidas, que sepamos, siguiendo más bien el sentir religioso que el pecuniario, y atendiendo, por tanto, a destinatarios más elevados que los mecenas o los editores: no es de extrañar, pues, que se trate de grandes composiciones. La Missa solemnis de Beethoven (ya está al acecho la Novena) es una de estas grandes obras, y esta vez hemos tenido ocasión de escucharla en el insuperable enclave del Teatro Auditorio de Cuenca, y en el contexto de este festival que, con razón, ha sido declarado de interés turístico internacional.

Ignoramos si a Beethoven le habría interesado el hermanamiento integrado por la Orquesta Metropolitana de Lisboa y el Coro de Radio Televisión Española, o si más bien hubiera preferido una formación cuyo sonido se hubiera homogeneizado a base del trabajo conjunto y continuado. Nuestra impresión se orienta más hacia lo segundo y además hacia lo nuestro, pues el Coro –si bien no siempre impecable, (¿debemos sus inexactitudes a la endemoniada escritura para las voces del genio alemán?)–, se mostró en general más comprometido y versátil con la partitura que la orquesta portuguesa.

El Coro de RTVE y la Orquesta Metropolitana de Lisboa, los solistas y el director Pedro Amaral © SMR Cuenca
El Coro de RTVE y la Orquesta Metropolitana de Lisboa, los solistas y el director Pedro Amaral
© SMR Cuenca

Claro que, como norma, el Coro tiene que obedecer al gesto del director, y éste aplicó un tempo demasiado lento al Kyrie. La consecuencia habitual del tempo muy lento es que las voces sufren al mantener notas largas y se pierde, por tanto, la dirección del fraseo. La partitura exige mit Andacht, con recogimiento o reverencia, pero en el enfoque del director Pedro Amaral, este recogimiento se sintió pesante y un tanto indeciso. Poco pudo hacer el Coro por mejorar una primera impresión general en la que además la orquesta erró notablemente en sus correspondientes entradas; conviene que tomen nota de esto las trompetas de la orquesta metropolitana.

El concierto, pues, se vio constantemente dividido por diversos factores contrastantes. En gran parte el Coro estuvo muy compacto y autoritario en la proyección de su sonido conjunto, funcionando eficientemente como una unidad, y sin que descollara ninguna voz aisladamente. Supo destacarse de la orquesta principalmente por la habilidad para desarrollar grados distintos de la intensidad dinámica, y aún por extremarlos correctamente según los criterios indicados por la partitura y por la temática de sus intervenciones. Indiscutible en el Gloria in excelsis Deo y, sobre todo, en la sección del Credo. La orquesta parecía en general sentirse muy cómoda explotando un único registro y llegó incluso, en ocasiones, a separarse rítmicamente del devenir musical, desequilibrándose con el coro en algunos compases técnicamente más comprometidos. Y el director, correcto y eficaz, parecía manejar un barco cuyo timón no acababa de responder adecuadamente; la impresión reinante era la de estar pidiendo a su orquesta unos efectos que ésta no le podía ofrecer. Se le veía más entusiasmado y resuelto en los pasajes en que dirigía al Coro, y fue en estos donde se pudo apreciar con más claridad la profundidad y la intensidad de la música de Beethoven.

También el cuarteto solista se presentó algo desequilibrado, pero no por la necesidad de apuntar ninguna tacha individual, sino más bien por destacar la extraordinaria intervención de Miren Urbieta-Vega, que resultó sobrecogedora en todo momento; no le faltó en alguna ocasión algún fortísimo desubicado, pero en el todo se la vio más presente en la música como conjunto y no solo en sus propias intervenciones. Lorena Valero y el tenor estonio Mati Turi (incluido en el programa a última hora por indisposición de Fabián Lara) convencieron con un timbre y una afinación adecuados al recogimiento que cabría esperar tratándose de una plegaria; y el bajo-barítono André Henriques se mostró seguro en una tesitura profunda, pero echamos de menos algo de robustez en la emisión.

Con todo, adaptaciones de conjuntos y solistas, y desequilibrios orquestales, el concierto fue recuperando cordura y maestría a partir del Credo, y dejándonos momentos inolvidables como el "Crucifixus", el Benedictus y el Agnus Dei. Al final, por tanto, quedó una muestra general de satisfacción con la Misa de Beethoven, pero un tanto desaliñada por la sensación de que en el enfoque orquestal se intuía una cierta falta de profundización en la partitura.

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