Hasta, aproximadamente, 1650 el término ‘cantata’ se aplicó a todo tipo de monodia: canzonettas simples, obras compuestas íntegramente en estilo recitativo, etc. Era frecuente que estas primeras manifestaciones del género consistieran en variaciones estróficas en las que la música se mantenía inalterada y el bajo se articulaba como un compás de negras prácticamente constante. Algo menos de un siglo después, Johann Sebastian Bach demostraba en Unser Mund sei voll Lachens, Herr Jesu Christ, wahr' Mensch und Gott y Geschwinde, ihr wirbelnden Winde (Der Streit Phoeubus und Pan) que las posibilidades escriturales de la cantata eran tan amplias como las de la forma con respecto a la cual aquella había surgido en paralelo, la sonata: de carácter secular o religioso, desde los cinco movimientos hasta los quince, con un solo recitativo o con siete.

Dar cuenta del esplendor de este corpus era la premisa desde la que se planteaba la presencia de Ton Koopman (responsable, entre otros méritos, del Leipzig Bach Archive) y la Amsterdam Baroque Orchestra & Choir en la programación del Festival Internacional de Santander. Y, al socaire de los resultados, puede afirmarse que la propuesta se ha justificado de manera perentoria.

Ton Koopman al frente de la Amsterdam Baroque Orchestra & Choir en el Palacio de Festivales © Festival Internacional de Santander | Pedro Puente Hoyos
Ton Koopman al frente de la Amsterdam Baroque Orchestra & Choir en el Palacio de Festivales
© Festival Internacional de Santander | Pedro Puente Hoyos

Buena parte de este éxito se debió a la excelente compenetración que evidenciaron las secciones corales y orquestales con el elenco solista (conviene observar a este respecto que, si bien la Amsterdam Baroque Orchestra fue fundada por el propio Koopman hace cuarenta años, fue el Amsterdam Baroque Choir, de creación más reciente –en 1992–, quien demostró mayor cohesión en su sonido). Así, desde el inicio hasta el final del recital, y sin solución de continuidad (pero no siempre con el mismo fulgor protagonista), Ilse Eerens, Maarten Engeltjes, Tilman Lichdi, Klaus Mertens, Andreas Wolf y William Knight desempeñaron primorosamente sus respectivos roles, dotando a cada intervención en solitario del carácter que la idiosincrasia de las tres cantatas exigía en sus diversos tramos. El concierto se abrió con la Cantata BWV110, rotulada Unser Mund sei voll Lachens por el autor del texto, George Christian Lehms, y alumbrada para la celebración de la Natividad. Destacó el ímpetu del coro en el comienzo y el cierre (algo que, con una precisión in crescendo, se replicó en las dos piezas restantes), que fue correspondido con las energías de los tutti y la potencia tímbrica del viento metal. Además de estas aperturas y clausuras, Koopman (quien, al margen de la dirección, interpretó uno de los dos órganos en las tres cantatas) condujo con pericia y vivacidad los tramos intermedios, entre los que es justo destacar el aria de contralto y, en general, el alegre espíritu con el que se ejecutaron las risas que las particelli de voces y orquesta reproducían retóricamente en numerosos pasajes. El discurso se prolongó a través Herr Jesu Christ, wahr' Mensch und Gott, cuya naturaleza más solemne propició momentos de gran intensidad emotiva. No obstante, la templada aria y recitativo del bajo y la afinación notoriamente más alta de violonchelo (algo que pudo percibirse en el resto de cuerdas y viento madera de modo intermitente durante toda la exégesis) hurtaron a la música la posibilidad de transmitir en su completa prolijidad la construcción armónica bachiana.

Tras el receso protocolario, sin embargo, el conjunto holandés ofreció la mejor prueba de sus virtudes. A ello contribuyó, sin duda, la incorporación del bajo Andreas Wolf, que defendió con comicidad y un potente caudal vocal el papel de Pan en Geschwinde, ihr wirbelnden Winde (Der Streit Phoeubus und Pan), así como el buen hacer de Tilman Lichdi, que representó en dicha disputa de forma no menos meritoria la contraparte de la divinidad griega. Pero, por encima de heroicidades individuales, ha de ensalzarse la excelsa versión de la partitura elaborada por Koopman y sus músicos: la locuacidad de los diálogos encontró una adecuada réplica en el ingenio con que los quince movimientos fueron leídos. Y, a pesar de la confusiones que deslucieron más de un ritornello y la eventual caída de los tempi (rápidamente solventada con gestos eléctricos desde el podio), esta cantata fue la más lograda de las tres, y culminó lo que, en definitiva, no pudo sino entenderse como un homenaje al esplendor que tal género adquiere con Bach. Solo resta festejar que solistas, coro y orquesta brindaran tan cuidada comprobación de este hecho.

El alojamiento en Santander de Ramón del Buey Cañas ha sido facilitado por el Festival Internacional de Santader.

****1