Ambiente de gala en la inauguración de la septuagésima edición del Festival de Santander pues el evento no sólo significaba la recuperación de una cierta normalidad concertística, sino que además nos iba a permitir recuperar la frustrada visita planificada en la edición anterior del festival por parte de la Orchestre Philharmonique du Luxembourg, de la mano de su titular, Gustavo Gimeno y la rutilante Yuja Wang. La espera mereció sin duda la pena, pues asistimos a una exitosa velada en la que todos los elementos se concitaron para que fuese redonda de principio a fin.

Gustavo Gimeno al frente de la Orchestre Philharmonique du Luxembourg
© Festival de Santander | Pedro Puente Hoyos

El programa, coherente y muy lucido, giró en torno a la música centroeuropea. El Concierto romanesco de György Ligeti es una obra fetiche en la carrera de Gustavo Gimeno, con ella debutó en la sustitución que lanzó su carrera internacional, con la Filarmónica de Múnich, y la dirigirá próximamente en su primera aparición al frente de la Filarmónica de Berlín. Su afinidad por esta música fue evidente de principio a fin, dando vida a una interpretación de lo más sugerente, pero a la vez sumamente perfeccionista en la que director y músicos aprovecharon al máximo las numerosas ocasiones que la partitura brinda para el lucimiento. En el conjunto de la orquesta sorprendieron las cuerdas por su sonido poderoso e incisivo, pero a la vez homogéneo y empastado, el cual fue decisivo a la hora de dar vida a un atmosférico Andantino. El elemento folklórico aparece por vez primera en el Allegro vivace trazado por Gimeno con una vivacidad y una garra electrizantes. Hermosísimo el Adagio, con sus melodías envolventes y los sobrecogedores diálogos de las trompas, y abrumador el Molto vivace en el que Gimeno arrastró a sus músicos -con muy especial protagonismo del excelente concertino Haoxing Liang- a un vertiginoso y humorístico movimiento perpetuo que hizo las delicias del público.

Yuja Wang interpretó brillantemente el Concierto núm. 2 de Liszt
© Festival de Santander | Pedro Puente Hoyos

La tan esperada Yuja Wang hizo honor a las expectativas abordando con el máximo derroche de energía y musicalidad una composición que no ha sido de las más habituales en su repertorio, pero sobre la que van a girar sus conciertos en la temporada 21-22: el Concierto núm. 1 de Liszt. Su mayúscula entrada en el Allegro maestoso inicial desplegó en ambas manos una energía brutal que hizo que el sonido de su piano llenase la vasta y difícil acústica del Palacio de Festivales. Como era de esperar, fue una lectura de extremos, arrebatada, pero contrariamente al tópico que rodea a esta pianista, exuberante de sensibilidad. En el Adagio, la evanescente cuerda grave se fundió con una versátil Wang, quien en este caso abrumó por la levedad y transparencia de un fraseo que culminó con sus milagrosos y cristalinos trinos de la mano derecha. El Allegretto vivace permitió exhibir una amplísima gama de colores, abarcando desde los más brillantes agudos a los graves más profundos que conforman la sección tremolando. Tras el extrovertido y muscular Allegro marziale animato, y los aplausos generalizados, Wang regaló de propina una de sus piezas estelares: las Variaciones sobre Carmen de Horowitz.

Con la exigente Octava sinfonía de Dvořák, la Philharmonique du Luxembourg nos terminó de confirmar lo que a lo largo de la noche se iba haciendo evidente; como Gustavo Gimeno, en su relación ya de seis años con la orquesta de Luxemburgo, ha conseguido que sus músicos no hayan dejado de crecer y, sobre todo, de creer en ellos mismos; asumiendo retos cada vez más grandes y diversos, tanto en cuanto al repertorio, como en cuanto a la exigencia musical. El resultado es un grupo que se sitúa a la altura de las mejores orquestas europeas. Fue una Octava que nos permitió disfrutar de unas sofisticadas y versátiles cuerdas, unas maderas cálidas y un sonido del metal tan poderoso como limpio. Gimeno, con precisión, claridad y, sobre todo, con clarividencia musical dio vida a una Octava muy idiomática, con alma. Como propina, disfrutamos de una muy interesante Danza húngara núm. 1 de Brahms, llena de carga y densidad emocional que marcó el culmen de un hermoso viaje musical.

El alojamiento en Santander de Pablo Sánchez ha sido facilitado por el Festival Internacional de Santander.

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