Para paliar el contrasentido que supone que la creación actual innovadora quede fuera de los atriles de muchas orquestas y bandas municipales profesionales, el Festival Ensems ha apostado fuerte por la presencia de estas en la convocatoria en curso. Así, para atraer a un público, tradicionalmente alejado de las especulaciones sonoras que aquí se proponen, ha reforzado la creación sinfónica con la participación de todos estos conjuntos afincados en la Comunidad Valenciana y, lo que es más importante, ha dejado de camuflar este repertorio entre obras canónicas.

Graffiti, de Unsuk Chin, es una página exigente. De extremada dificultad técnica, superada con creces, tanto por la directora, Beatriz Fernández Aucejo, como por los músicos. Esta partitura se explica, por aquello de la interdisciplinariedad, desde la perspectiva de las artes plásticas y visuales (destellos, claroscuros, etc.). Además, increpa al oyente, en el sentido en el que lo hace este arte urbano, sin pretensión de perdurabilidad, contestatario y ajeno a los circuitos comerciales, de no estar firmado por Banksy. Profundizando un poco más, se puede decir que plantea la dificultad de definir el concepto de arte o de música y los límites de ambos.

La directora Beatriz Fernández Aucejo
© Live Music Valencia

Con este fin, la compositora coreana superpone varias capas sonoras que aparecen o se extinguen sin precisar muchas veces su contorno, a modo de ráfagas de espray vertidas en superficies generalmente granulosas o sin pulir (“Palimpsesto” es el primer movimiento) y puede que sea, esta característica de dicha técnica pictórica, lo más difícil de emular con sonidos. Para conseguirlo, es necesario que la percusión no suene a percusión (con la dificultad añadida de encontrarse a una altura considerable, dada la particularidad del escenario del Auditori de Les Arts), que las maderas no suenen a maderas, que los soplidos empasten y se fundan, y así sucesivamente. Son aspectos en gran medida conseguidos, aunque hubo pasajes en los que los timbres sonaron demasiado crudos. Por otra parte, la precisión de la dirección facilitó la regularidad y viveza de pulsación necesaria; su fantasía propició un sugerente paisaje nocturno en el segundo movimiento (quizá el más ligetiano de los tres) y, de nuevo, claridad rítmica en la “Passacaglia” final.

A continuación, sonó una página del recientemente fallecido Krzystof Penderecki en la que reaccionó en contra de algunos de los principios estéticos de los que se nutre Graffiti. El polaco dejó de utilizar bloques sonoros extremos y abigarrados clusters, con los que creaba imágenes abstractas, para sufrir un “espectacular viraje neorromántico” hacia una escritura melódica y expresiva. Esta circunstancia se dio en la década de 1980 y el Concerto para viola es buen ejemplo de ello. Además, por su cometido (celebrar el bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar) esta partitura es considerada como una obra política: el compositor era cercano al sindicato Solidaridad, un referente anticomunista para el occidente neoliberal liderado por Reagan y Thatcher.

El violista David Fons
© Live Music Valencia

No es de extrañar, por tanto, que, dadas sus características estéticas, este Concerto fuera la propuesta mejor acogida de la tarde, lo que no resta mérito a la excelencia de David Fons. En su soliloquio inicial demostró que sería capaz de matizar con sumo gusto y detalle cada uno de los cromatismos que dan forma a un discurso intercalado entre tutis orquestales. Su sonido carnoso se vio reflejado en el de un conjunto robusto, al que, si bien supo alcanzar cotas, a veces, dramáticas en los clímax, le faltó un ápice de flexibilidad rítmica en los movimientos vivos, lastrados por cierta pesadez. El regalo de Fons no pudo ser mejor elegido e interpretado: “Hora lungă”, primer movimiento de la Sonata para viola, de Ligeti.

Por último, fue estrenada The Mind and the Heart, de Enrique Sanz-Burguete. En ella el autor invita al oyente, según informaban las notas al programa, a meditar, en el sentido hinduista del término. A reflexionar sobre el trágico momento que vivimos causado por la pandemia, pero también por la degradación del entorno. En definitiva, sobre la vulnerabilidad del hombre y sobre cómo, entre pensamientos, muchas veces, espurios, se nos escapa el presente. Un tiempo que el compositor, y por añadidura la directora, parecieron querer atrapar a partir de la reverberación de un gran cuenco que dio paso, las veces que sonó, a una serie de secciones de cariz espectral, contemplativas y estáticas, alternadas con otras cinéticas a modo de recuerdo o flashback. Estas últimas, entretejidas por variadísimos motivos, “objetos sonoros”, a veces relacionados y otras independientes, cohesionaron con tinte neorromántico, ¿tal vez, nostálgico?, un discurso en el que la orquesta se desenvolvió con buenas formas, sonoridad redonda y claridad expositiva. Al público pareció agradarle y durante el concierto no se vio, como en otras ocasiones, el rosario de deserciones que se producía nada más comenzar a sonar la orquesta. Algo hemos ganado.

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