Aceptación y condena a partes iguales en una obra que se inauguraba en el Liceu por vez primera en el idioma en la que fue creada. La apuesta de Lotte De Beer era contundente e innovadora, una mirada interesante, pero con factores de riesgo que la hacían peligrar por su distanciamiento dramatúrgico. La historia de amor entre Nadir y Leïla, bastante simplona, se convirtió en un tremendo show televisivo, un auténtico escaparate de sentimentalismos varios que acabaron siendo consumidos por el voyerismo de las masas. Es decir, nosotros. Obligados, el público se transforma en televidentes para observar cómo el mundo selfie, los “confesionarios”, los porcentajes de expulsión e incluso las tertulias mediáticas creados dentro de este conocidísimo formato de televisión, se interponían como interfaz en esta grand opéra, de riquísima calidad compositiva y donde esta vez, la ejecución musical fue dirigida por un avivado Yves Abel.

<i>Les pêcheurs de perles</i> en la dirección de Lotte de Beer © A. Bofill
Les pêcheurs de perles en la dirección de Lotte de Beer
© A. Bofill

La partitura bizetiana de Les pêrcheurs de perles es una joya; esta ópera, desmerecidamente poco programada, muestra un abanico de coloridas melodías y fragmentos ricos en expresión y sensualidad, ejemplo de aquello conocido como “orientalismo” en la época del compositor. El breve preludio que presentó la dirección de Abel ya mostró la intensidad y la actitud con la que atacaría la obra; conciso, aunque con algunos tramos algo inestables en el segundo acto, fue capaz de mantener la fuerza en el desarrollo musical. Los acompañamientos de oboes, arpas, címbalos y trompas fueron la singularidad, marcando ese carácter utópico de la isla sureña de la India. Fue una dirección elegante que desarrolló la orquesación de manera eficiente.

Dmitry Korchak en el papel de Nadir © A. Bofill
Dmitry Korchak en el papel de Nadir
© A. Bofill

El primer gran momento vocal lo presentó el dúo Nadir-Zurga (Dmitry Korchak-Borja Quiza) con "Au fond du temple saint". El tenor ruso le sacó ventaja a un dubitativo Quiza. Este último empezó en el primer acto muy prudente y con poca fuerza, pero pudimos contemplar su potencial en el último acto junto con la sacerdotisa Léïla (Olga Kulchynska), quienes tendrían un protagonismo absoluto. El momento más brillante de Korchak llegaría en una de las arias más conocidas del repertorio, "Je crois entendre encore", donde sobrepasó todas las dificultades del fragmento e hizo que el público estallara en aplausos una vez finiquitado. Bravo el temple de la ejecución y una voz que no se presentó a medias tintas. A la soprano Kulchynska tampoco le faltó destello en la ceremonia; con la cavatina "Comme autrefois dans la nuit sombre" abordada con energía y sonoridad, y "Je frémis, je chancelle" al lado de un ya recuperado Quiza, se ganó la ovación de la noche. En el más modesto papel de sacerdote Nourabad, Federico De Michelis desarrolló sus tramos musicales con correción.

El coro de Conxita Garcia se mostró llano y con dificultades. Sumergidos en el mundo televisado de De Beer que los convirtió en participantes-televidentes del show en escena, con casas e intimidades diversas, el coro se prestó en reforzar el discurso escénico de crítica social (y autocrítica, también). Cabe resaltar que su disposición no era la más adecuada –al fondo y mezclados–, pero ya son varias las funciones donde muestran signos de flaqueza.

Escena de <i>Les pêcheurs de perles</i> en el Liceu © A- Bofill
Escena de Les pêcheurs de perles en el Liceu
© A- Bofill

Un reparto de calidad en su mayoría, que supo defender la complicada partitura y que su interpretación logró el arranque de afectuosos aplausos finales. La producción que no ha pasado desapercibida, apostando por una narrativa a base del rédito de todo tipo de recursos televisivos, a expensas de distorsionar la historia (¡incluyendo un hilarante vídeo con el personal del propio teatro apostando por el final!). En este caso, la ópera no ha tomado el contexto. La ópera ha sido engullida por el contexto, transformándose en el mismísimo reality. De Beer ha conseguido plasmar la metáfora del espectáculo de la vida, de manera insólita pero incierta; evidencia nuestra propia mirada, la de (tele)espectadores, y nos da la opción de condenar socialmente la actitud del tercero. ¿Pero dónde reside el final de esta lectura? Es un arma de doble filo para la dirección escénica, que ha acabado por competir por el prime time, conseguido a golpe de efectismo visual, pero quizá no del todo sincero con la obra de Bizet. Sin embargo, ya se sabe. The show must go on.

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