Continúa el itinerario comenzado el 25 de octubre de 2018, cuando, en representación de Les Arts Florissants, el tenor y director Paul Agnew, las sopranos Miriam Allan y Hannah Morrison, la mezzosoprano Mélodie Ruvio, el tenor Sean Clayton y el bajo Edward Grint desgranaron la primera entrega del ciclo dedicado a los libros de madrigales a capella de Carlo Gesualdo (y sus contemporáneos). Ahora, algo menos de un año y medio después, el recorrido alcanza un nuevo jalón: el del Libro IV del conde de Conza, que, del mismo modo que en ocasiones anteriores, se presenta convenientemente flanqueado por piezas de Lasso, Vicentino, Luzzaschi, Monteverdi y Marenzio, y que, a excepción de la permuta de Mélodie Ruvio por Lucile Richardot, sigue siendo interpretado por el elenco que ha protagonizando las sesiones previas de esta serie.

Les Arts Florissants y Paul Agnew en la cuarta entrega dedicada a Gesualdo © CNDM | Elvira Megías
Les Arts Florissants y Paul Agnew en la cuarta entrega dedicada a Gesualdo
© CNDM | Elvira Megías

Tras una primorosa apertura a propósito de Timor et tremor, de Orlando di Lasso (acaso, junto a Luci serene, e chiare, de Monteverdi, la más agradecida elección y versión correspondiente al apartado contextual del programa), Clayton tomó la palabra para desglosar (con mayor brevedad que en las alocuciones precedentes, pero con un castellano tan solvente como entonces) el repertorio del concierto. Y en dicha intervención (y en las nutritivas notas “Gesualdo y su época”, al cuidado de Pablo J. Vayón) quedó de manifiesto la conexión existente con la sesión consagrada al Libro terzo: fruto creativo de la estancia en Ferrara, a la sazón centro bullente en cuanto a creación musical italiana con aires renovadores, y profundamente influido por el giro cromático que la escritura de madrigales estaba experimentando en las postrimerías del siglo XVI .

Este revolucionario decurso armónico, sin duda, pudo apreciarse en la lectura de L’aure che’l verde lauro, e l’auro crine, de Vicentino, y también en los títulos que completaron la sección introductoria: Solo e pensoso i più deserti campi, de Marenzio, Quivi sospiri, pianti, ed alti guai, de Luzzaschi, y el mencionado Luci serene, e chiare, de Monteverdi. Agnew, notablemente implicado en extraer la mejor expresión de cada una de las partituras, marcó mediante movimientos de cabeza eléctricos las anacrusas de las escalonadas entradas y de los unísonos, propiciando la consiguiente reacción de Allan, Morrison, Richardot, Clayton y Grint. El balance entre las diferentes voces siempre evidenció un equilibrio orgánico (si bien éste fluctuó, graduándose en función de la obra en cuestión), que fue especialmente perceptible en los compases de tutti, pero que obtuvo ligereza lírica y una corolatura no menos encomiable en el contrapunto. El desempeño mostrado antes del receso constituyó un ejercicio notable, que no consiguió generar una atmósfera de más vuelo y trascendencia únicamente debido a las constantes interrupciones de los aplausos (corregidas progresivamente tras el intermedio).

La exégesis del Libro quarto (1596), así pues, cobró la hondura y el espíritu afectivo que hasta ese momento sólo se habían pespunteado: desde Luci serene, e chiare, que conformó un maravilloso díptico con la página homónima de Monteverdi, forjando una transición redonda, hasta el postrero Volgi mia luce, volgi entro’l mio seno, los 15 madrigales resonaron con vibrante y cuidada factura. Tuvo que ver no poco en ello la excelsa actuación de Grint en la tesitura de bajo, que dotó permanentemente al conjunto de estabilidad temperada y de profundidad en las cadencias. Pero lo cierto es que sería injusto destacar a una figura por encima del resto: el secreto y el más valioso éxito de Agnew al frente de Les Arts Florissants (que corrobora sobradamente el juicio de Christie a la hora de designarlo como natural prolongación en la dirección de la formación francesa) radica en la cohesión que emana trenzándose en los conmovedores sonidos del canto de sus integrantes. Una cohesión que, merced a lo escuchado, no sólo cabe localizar en los músicos, sino también en los pentagramas que entonan: este ciclo consagrado a Gesualdo crece a medida que avanza.

****1