Antes de entrar en valoraciones de la interpretación, he de mencionar algo que es admirable por parte de la Orquesta Filarmónica Nacional de Rusia: el repertorio escogido. La exportación y difusión del patrimonio de un país debería de ser una de las prioridades para cualquier formación que se refugie bajo el paraguas de lo “nacional”, así que, en ese aspecto, y aunque el repertorio era muy canónico, la orquesta rusa nos impartió la primera lección de la noche. La segunda fue la promoción de un artista jovencísimo como Ivan Bessonov, que no es sólo una muestra de la excelencia que se puede alcanzar en un conservatorio ruso, sino también una motivación para todos los alumnos de música del país. Supone una palmadita en la espalda y un “si tú también llegas hasta ahí, desde el gobierno te promocionaremos”.

Con todo ello, y una vez aprendida la lección de un país para el que la cultura ha sido desde el siglo pasado una cuestión de estado, pasemos a hablar de la interpretación, en la que sí hay varias cosas que admiten crítica. La obertura y fantasía del ballet Romeo y Julieta de Tchaikovsky fue un preludio de lo que acontecería en la sinfonía. Mucha potencia y efectos de articulación muy conseguidos, pero poca cohesión y falta de lirismo en las partes más melódicas. Destacó ya desde este primer momento la percusión, encabezada por el veterano Valery Polivanov.

Vladimir Spivakov al frente de la Orquesta Nacional Filarmónica de Rusia en el Auditorio Nacional © Rafa Martín | Ibermúsica
Vladimir Spivakov al frente de la Orquesta Nacional Filarmónica de Rusia en el Auditorio Nacional
© Rafa Martín | Ibermúsica

En el concierto de Rachmaninov hubo algo más de cohesión. Spivakov, que no había hecho ningún gesto preciso en Romeo y Julieta tomó las riendas de una orquesta que lidió muy bien con Bessonov. El joven pianista de tan sólo 17 años, todo un niño prodigio que aparte de tocar el piano también compone, comenzó muy bien, con mucha fuerza y profundidad en una introducción solemne que resultó un excelente punto de partida para este movimiento tan lírico para una cuerda que gracias a la calidad de los bajos se supo defender.

Bessonov se supo lucir especialmente en los movimientos segundo y tercero, mostrando una elasticidad sorprendente en las notas, lo que le permitió correr cuanto quiso durante la segunda mitad del Adagio sostenuto sin perder ni un ápice de expresividad. Mantuvo con gran naturalidad las pausas, tomándose pequeñas licencias que estoy seguro que son el germen de un “sonido Bessonov” en ciernes y que algún día nos permitirán distinguir su interpretación de la de cualquier otro artista. La propina fue el "Ensueño" ("Träumerei") de las Escenas infantiles, Op.15 de Schumann en la que pudo mostrar al público madrileño una capacidad expresiva inusitada para alguien de su edad.

La segunda parte consistió en una Quinta sinfonía de Tchaikovsky muy sonora. Fue más espectáculo que calidad musical con contadas excepciones, como el solo de trompa al comienzo del Andante cantabile o las melodías que lleva el fagot en el vals del tercer movimiento. Fue este instrumento la excepción en unas maderas que sonaron forzadas y con un timbre nada homogéneo con momentos de evidente desafinación. Algo mejor estuvieron las cuerdas a pesar de que hubo desencuentros entre éstas y los metales en momentos clave del segundo movimiento.

Pero en el último movimiento de la sinfonía, el glorioso Finale, la orquesta sacó pecho y con un sonido que a veces fue demasiado exagerado (especialmente por parte de unas trompetas desbocadas) y apoyados por un timbal en el que jamás había escuchado tanta variedad de matices, dio al público un auténtico espectáculo de fuegos artificiales que se completó con la “Danza rusa” de El cascanueces seguida de otra danza que fue todo un alarde de percusión y pasajes rapidísimos que demostraron que, a veces, para convencer al público se puede dejar a un lado la precisión y apostar por la pasión.

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