El final de la presente temporada de Ibermúsica deparaba la intervención de la Gewandhausorchester Leipzig, no únicamente la orquesta civil más antigua del mundo, sino, todavía hoy, también una de las formaciones de mayor prestigio en el circuito internacional. La pieza elegida para abrir el primero de sus dos conciertos en Madrid, la Quinta sinfonía de Anton Bruckner, se encuentra estrechamente vinculada con el ambicioso proyecto que la orquesta alemana emprendió con motivo del nombramiento en el año 2017 de Andris Nelsons como nuevo Gewandhauskapellmeister: la grabación de la integral sinfónica del compositor austriaco.

El director Andris Nelsons © Marco Borggreve
El director Andris Nelsons
© Marco Borggreve

Según dejó escrito María del Ser en sus acertadas notas al programa, la Quinta es un trabajo no por monumental menos equilibrado, en el que la dialéctica entre los movimientos 1 (Adagio: Allegro; Langsamer) - 4 (Finale: Adagio; Allegro) y 2 (Adagio - Sehr langsam) - 3 (Scherzo: Molto vivace) logra una correlación formal más proporcionada que la evidenciada en otras páginas del ciclo. A este respecto podemos destacar el primero de los no pocos elogios que la interpretación brindada anoche por Nelsons y la Gewandhaus merece: el rigor y la organicidad con la que se puso de manifiesto una comprensión de la obra original y coherente con la interdependencia agógica, dinámica y armónica que atraviesa la estructura de toda la sinfonía. Sin duda, una de las dificultades que entraña la exégesis de la Quinta radica en la adecuada mesura a propósito de la permanente y progresiva reelaboración temática, que es el mecanismo musical fundamental a través del cual acontece el desenvolvimiento del texto bruckneriano. En este sentido, el control por parte de Nelsons en prácticamente la totalidad de sus decisiones concernientes a la dimensión temporal resultó verdaderamente encomiable. Se pudo apreciar este dominio a lo largo de cada cambio de tempo, en el que la aceleración o la desaceleración era indicada con precisión a través de un gesto no por nítido menos grácil, que siempre marcó de manera firme la subdivisión del nuevo compás.

Integrantes de la Gewandhausorchester Leipzig © Jens Gerber
Integrantes de la Gewandhausorchester Leipzig
© Jens Gerber

La Gewandhaus, sin embargo, no se limitó al seguimiento de las pautas consignadas por el director letón (que, en el cómputo global de la lectura, fueron más bien parcas, algo, por lo demás, acostumbrado en el caso de Nelsons, quien en numerosos tramos del concierto solo se valió de su brazo derecho para guiar el discurso, mientras apoyaba el izquierdo en la barandilla que a tal efecto se colocó en el podio). Más bien lo contrario: los automatismos (en la circunstancia que nos ocupa, entrenados conscientemente y virtuosamente ejecutados) de las diferentes secciones dio cuenta de una cuidadosa preparación y de un conocimiento escrupuloso de la partitura. Las súbitas transiciones de las que se demostró capaz el conjunto de Leipzig fueron, sencillamente, primorosas. También es justo destacar la notoria labor de archi, especialmente la realizada por Violines I y Violines II, así como el desempeño del viento metal en los corales, que privilegiaron (salvo en la cuerda de tuba y trombón bajo) la emisión de un sonido límpido antes que la obtención de un número más elevado de decibelios. Todo ello no ha de menoscabar la admirable actuación del viento madera en los respectivos solos, que se erigieron en elementos cruciales para el constructo de las variaciones. Fue meritoria, asimismo, la contribución de timpani, con particular énfasis en los registros más sutiles, y el sonido bruñido de trompetas aportó tanta calidez como atemperación a los acordes de tutti.

En el apartado menos lustroso podría incluirse la eventual desafinación en algunos de los intervalos fraseados en solitario por trompas o el igualmente puntual conservadurismo excesivo por parte de cuerda y metal en momentos que, a nuestro juicio, exigían menos control y más energía. Pero, por encima de todo, debemos aplaudir a Nelsons y sus músicos, que ofrecieron una versión excelsa de la Quinta. Con base en lo escuchado, uno ya espera las siguientes citas en las que esta renovada Gewandhaus continúe midiéndose y replicando la sublime grandeza bruckneriana.

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