Huelga decir que el repertorio mozartiano contempla un número no escaso de obras mayores. Ciertamente, lo nutrido de su haber y las constantes referencias a otras páginas o motivos propios que lo atraviesan permiten concebir tamaña producción a fuer de madeja prácticamente infinita, de terreno abonado para la elaboración de múltiples programas conformados únicamente con trabajos del genio de Salzburgo. Otro argumento, también en la dirección de lo anterior, radica en la pluralidad de formas que adopta la escritura de Mozart: desde el género de concierto hasta el sinfónico, pasando por la misa, la ópera, el réquiem o el camerístico. En este sentido, la ocasión que nos ocupa ofrece un retablo representativo -pero, naturalmente, parcial- de semejante riqueza, encarnada en un itinerario ascendente: Adagio y fuga, K546, Sinfonía núm. 39, y Réquiem, K626.

La Orquesta Filarmónica Nacional de Hungría © Wágner Csapó József
La Orquesta Filarmónica Nacional de Hungría
© Wágner Csapó József

Tras su exégesis de la temporada anterior -en aquella circunstancia a propósito de la Sinfonía Júpiter- la Orquesta Filarmónica Nacional de Hungría y János Kovács regresaban a La Filarmónica para hacerse cargo del llamado austriaco. La velada se inició con el Adagio y fuga, trabajo de gran relieve y factura contrapuntística, escrito para quinteto de cuerda y estrenado en 1788. En una formación reducida, la agrupación encaró este homenaje al estilo bachiano, que, si bien poblado de numerosas citas al compositor de Eisenach, no queda constreñido exclusivamente a su retórica. Antes bien, aquí ya translucen motivos que serán retomados en el Réquiem, y la armonía conforma un caudal grueso, menos airoso que el habitual, verbigracia, en los conciertos para piano, violín o clarinete.

La sección de cuerda de la Filarmónica de Hungría plasmó tal gravedad con un detaché menos ligero de lo acostumbrado en Mozart, pero efectivo y medido, especialmente en el Adagio. Los pasajes de fuga se saldaron con ataques más eléctricos, que descargaron la densidad de los acordes en beneficio de la agilidad -discurrir dinámico, no rapidez- del tempo. Cabe destacar el papel de bajos y chelos, dotando al ejercicio de una amplitud de registro que no incurrió en la pesadez y desplegó en toda su expresión la conversación entre dos genios del contrapunto.

Siguió la Sinfonía núm. 39, una de las más celebradas de Mozart, con la consiguiente modificación en el número de efectivos orquestales. Ahora el conjunto sonó más abierto, con una trama cuyo juego entre arsis y tesis se apoyó fundamentalmente en la figuración breve. El impulso de violines -que también se desempeñó en la función melódica con adecuado timbre- fue, por tanto, esencial, así como los aportes rítmicos de flauta, clarinete y fagot. El Adagio del primer movimiento y el Andante del segundo representaron un corolario de tal desenvolvimiento, y a ellos se sumaron la grandeza del Menuetto y del Allegro. El gesto de Kovács correspondió con cada tramo: muy activo desde el comienzo -los compases iniciáticos de la sinfonía revistieron una exactitud encomiable- y cuidadoso en las secciones intermedias, logrando sujetar los pasajes de semicorchea y evitando el decaimiento en la subsiguiente compensación. La Orquesta interpretó de manera homogénea, con un discurso reconociblemente sólido y acorde al espíritu de una obra que, por lo demás, reformula los códigos sinfónicos del Clasicismo.

En la segunda parte se alcanzó el acmé del tributo mozartiano. El Réquiem convocó al meritorio Cor Madrigal, bajo la dirección de Mireia Barrera, y es menester celebrarlo: el elenco estuvo a la altura tanto del precedente mostrado por Kovács y la Filarmónica de Hungría como de la partitura, monumental e incomparable dentro del catálogo vocal. Así, no hubo distingos o desniveles -en el sentido valorativo de acabado final- entre las intervenciones solistas -conviene aplaudir en sus respectivos roles a Eszter Zemlényi, Erika Gál, István Horváth y István Kovács- y el tutti. Los 8 números se encadenaron en el seno de una atmósfera dramática, afanosamente creada por la indicación de Kovács, y redonda, con acometidas empastadas y coherentemente lineales. Cabe destacar la disposición del metal -separando las trompetas de los trombones; cada cuerda se situó en uno de los laterales-, que contribuyó al envolvimiento musical ya mencionado y aportó carácter, especialmente en los cuadros de carga emocional más elevada. Aunque la pieza se recreó con entereza, brillaron con notable fulgor y celo el Dies irae, el Confutatis y el Lacrymosa, a los que se debe añadir toda la sección conclusiva, donde transpareció la condensación del cenit y legado compositivo del genio austriaco.

En conclusión: la Orquesta Filarmónica de Hungría, Kovács y el Coro Madrigal brindaron justa honra; así, tocar Mozart deviene en celebración.

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