Todo retorno está cargado de expectativa y no podía ser diversamente en este caso, tras siete meses sin pisar el Auditorio Nacional. Expectativa acrecentada en este caso por un programa dedicado al Beethoven menos conocido: el de la Misa en do mayor, Op.86, precedida, a modo de entremés, de la obertura del ballet Las criaturas de Prometeo, Op.43, de la mano de la Orquesta y Coro Nacionales y William Christie, como director invitado. Y dicha expectativa tenía una razón, entre otras, estrictamente musical: al recomenzar la actividad musical tras los meses más duros de la pandemia, como es natural, se tomaron algunas medidas, no solamente para el público, sino también para los propios músicos ¿Cómo incidirían estas medidas en la ejecución? ¿Nos llevaría a una nueva concepción sonora?

De ello tuvimos algunos ejemplos en la velada: la distancia fue muy marcada, especialmente entre los miembros del Coro Nacional, que quedaron notablemente esparcidos por todas las tribunas posteriores y laterales; todos ellos usaron la mascarilla, al igual que los solistas, gran parte de los miembros de la orquesta y su director; además se colocaron mamparas delante de los vientos. Comento estos detalles no como mera anécdota, sino por curiosidad en cómo podrían influir todos estos elementos en la ejecución de las obras. Y lo cierto es que, no obstante el resultado haya sido de muy buen nivel, sí que se presentaron algunos problemas.

Solistas, Orquesta y Coro Nacionales de España con William Christie al frente © Rafa Martín | OCNE
Solistas, Orquesta y Coro Nacionales de España con William Christie al frente
© Rafa Martín | OCNE

En la obertura inicial, el sonido se plasmó cálido y compacto. Christie eligió un tiempo no demasiado sostenido, pero bien marcado, representando bien el espíritu del ballet. Las texturas se desgranaron bien y el diálogo entre las partes fluyó bien; también las dinámicas estuvieron acertadas, enfatizando los debidos contrastes y golpe de efecto. La pieza resultó sin duda agradable y bien ejecutada en su conjunto.

La Misa en do mayor se abre con un Kyrie eleison de apacible serenidad, en el que la cuerda se integra con los componentes del coro y las intervenciones solistas. La sonoridad es trasparente, añadiéndosele progresivamente diversos matices y colores. En cuanto a los solistas, Mariasole Mainini presenta una voz de tímbrica luminosa, con un registro que emerge bien sobre el conjunto; también el contratenor Théo Imart cumplió con su papel de manera expresiva. Alguna dificultad tuvo el tenor Bernard Richter, algo incómodo en articular el fraseo y mantener las notas más largas, mientras que el bajo-baritono Sreten Manojlović se desenvolvió satisfactoriamente, aunque con alguna incerteza en la vocalización.

Respecto al coro, hubo algunos problemas en relación a las ya citadas medidas de seguridad, sobre todo en los momentos más concitados, como el Gloria, donde algunas polifonías no llegaron a apreciarse bien. La acumulación sonora llevó a un empaste no demasiado logrado, en el que el coro no emergía con la suficiente fuerza. A partir del Credo, este aspecto consiguió ajustarse mejor para que la definición no se perdiera en los momentos de mayor concitación, aunque este problema fue recurrente a lo largo de la obra. Pero esto no quita que hubiera pasajes muy logrados, como en el Et incarnatus est, donde los solistas desentrañaron el texto de forma admirable, con exquisita afinación.

Igualmente el Benedictus fue de lo más destacado, especialmente por la buena compenetración de los solistas y el logrado quehacer de Christie frente a la orquesta, que frente a la parte vocal fue discreta pero fundamental. Tras ese momento más íntimo, se abrió paso el Agnus Dei, número conclusivo de la Misa, cargado de gran dramatismo. El tono oscuro, basculado hacia los registros bajos del coro y de la orquesta, y unos tempi bastante moderados ayudaron a mantener cohesionado al coro y a la orquesta. También fueron destacables las intervenciones del viento en algunas de las florituras de la partitura beethoviana. Así como el cierre, que circularmente vuelve a la serenidad de los momentos iniciales de la obra.

No se puede negar que la sensación que queda después de conciertos en estas circunstancias es la de una normalidad incompleta, incierta y precaria. No cabe de duda de que nos gustaría escuchar a músicos y cantantes sin todas estas necesarias medidas, con programas y orgánicos no reducidos, con todo el entusiasmo y el calor del público. Pero por ahora no se puede y es por ello que agradecemos a la OCNE que hayan hecho posible, ayer de la mano de William Christie y de los solistas invitados, olvidarnos en gran medida de esta complicada situación, con la fuerza indomable de Beethoven en un concierto que desplegó gran calidad musical, maestría y vitalidad. 

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