¿Cómo podrían entenderse los textos de poetas chinos en el contexto de la Europa que se asoma al abismo de la Primera Guerra Mundial? ¿Qué buscaba Mahler en ese límite entre la adaptación y la apropiación cultural? Tal vez sólo una tradición ajena podía expresar la profunda melancolía del compositor austriaco sin caer en el patetismo. En todo caso, Das Lied von der Erde es una obra que mantiene su sugestión más de un siglo después y que propone un universo sonoro único, que también en esta ocasión, funcionó ejemplarmente en esta interpretación en el arreglo para orquesta de cámara de Glen Cortese. Con unos 40 miembros en total, esta versión es muy lograda por mantener intactos los equilibrios y poner en evidencia el protagonismo de las primeras partes a lo largo de los seis Lieder. David Afkham supo encauzar con lucidez el planteamiento y solamente en algunos pasajes se pudo notar una cierta falta de robustez en la cuerda, en la sección más grave, pero por lo demás, el director alemán nos introdujo en un mundo casi camerístico, sin escatimar empero en color y brío.

Concierto en el Auditorio Nacional con Das Lied von der Erde de Mahler
© Rafa Martín | OCNE

En el respecto vocal, pudimos contar con dos cantantes de primer nivel como el tenor Piotr Beczała y el barítono Matthias Goerne. Son voces distintas pero que se complementan bien. De más caudal y tesitura más lírica el tenor polaco, igualmente mostró una dicción cuidada y sutileza en abordar las palabras; mientras que Goerne, maestro en el repertorio liederístico, supo imprimir su huella en cada uno de los versos. En Das Trinklied vom Jammer der Erde arrancaron las trompas con gran brillo y Beczała replicó con contundencia para luego modular hacia un registro más aterciopelado y con gran resonancia en las notas largas. La Orquesta Nacional mostró desde el principio un empaste tímbrico muy cuidado, una construcción volcada en enfatizar los textos y verdaderos destellos en las partes solistas. Ya el primer lied mostró que la ONE estaba en estado de gracia anoche y que se venía una versión muy notable del ciclo mahleriano. Goerne tomó el relevo para transportarnos a un clima impregnado de desolación: conmovió desde los primeros versos, descriptivos de una indeterminada tierra salida de un grabado oriental. El barítono alemán no se excedió en ningún momento, fue sutil en su diálogo con la madera y la cuerda y meció las palabras, como si en ellas estuviera la única posibilidad de alivio que el poeta invoca. Afkham vigiló que todo estuviera en su sitio con gesto sobrio, pero bien atento a que esa atmósfera indefinida no llegase a ser lánguida.

Matthias Goerne, David Afkham y Piotr Beczała junto a la Orquesta Nacional
© Rafa Martín | OCNE

En el tercer lied, Von der Jugend, Beczała y la orquesta retomaron un mayor júbilo y el tenor bordó con elegancia los versos de Li Bai, acompañado sin fisuras y sabiendo aprovechar el potencial melódico de la pieza. Asimismo, en Der Trunkene im Frühling, Beczała viró hacia un registro más histriónico con esos tintes grotescos que Mahler siempre plasma de manera tan sentida y eficaz. Así el borracho, ebrio de notas, se prepara para la despedida de esa tierra en que le tocó vivir, pero que nunca sintió del todo suya. En medio, Goerne mostró su registro más desenfadado con Von der Schönheit, en el que también la orquesta acompañó el movimiento del barítono con alegría y vivacidad. Pero el verdadero monumento del ciclo es Der Abschied, una página de una belleza inalcanzable y de compleja interpretación. No exageramos si decimos que la propuesta de Afkham y Goerne fue sobrecogedora. Las primeras notas, acompañadas por el gong y la gravedad del metal, dieron paso a una ensoñada flauta y a las palabras de Goerne. Con gran medida y sin excesos, la ONE mantuvo toda la tensión a veces sobre unas pocas notas y un sonido diáfano, como en los pasajes en los que los violonchelos mantienen el pedal y sostienen las deambulantes melodías de la madera que buscan escapar del marco tonal. Goerne estuvo inspirado en cada verso, en un monólogo que suspende el tiempo y que aspira a la eternidad, tal como indica ese ewig, repetido, al final y acompañado por un silencio irreal antes de que la sala estallara en aplausos.

Más allá de la soledad que Mahler describe, más allá de la desesperación, parece que la música contiene aun así una cierta salvación: “quedan aún cantos por cantar más allá de los hombres”, como diría Paul Celan. Ese parece el mensaje y en este sentido se trató de un concierto que se acercó a la perfección por calidad técnica y profundidad interpretativa. Mahler está destacando como uno de los compositores en los que Afkham sobresale y que está integrando en la ONE de forma sistemática y con resultados cada vez más notables. En este caso, cómplices también dos grandes voces que fue un lujo escuchar en una misma tarde y que contribuyeron a una extraordinaria velada en el Auditorio Nacional.

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