No cabe duda de que los tiempos que estamos viviendo son del todo propicios para la escucha de obras profundas, con las que, tal vez, la mayor parte del público pueda sentir una mayor o menor conexión. Pero también conviene, dicen los expertos, no insistir demasiado en el sentimiento luctuoso, por lo que se alegra uno de la escucha de obras tal vez menos profundas en su concepción, pero más divertidas en su ejecución. Lo tenía todo, pues, el programa de la Orquesta y Coro Nacionales, a saber, dos obras corales de Brahms, Schicksalslied, Op. 54 y Nänie, sobre el asunto del destino y la inevitabilidad de la muerte (con alusión a la destrucción de la belleza). Del otro lado, el Concierto para piano núm. 1 en do mayor, Op.15 de Beethoven que, como sabemos, estaba en cierto modo compuesto para su propio lucimiento, y es abundante en alegría, desparpajo y efectismos. Y además venía a interpretarlo Daniil Trifonov, tras la cancelación de Mitsuko Uchida debido, como no, a problemas derivados de la pandemia.

David Afkham y Daniil Trifonov junto a la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín | OCNE

El concierto comenzó con la Canción del destino (Schicksalslied, Op. 54), para la cual Brahms, nuevamente obsesionado con las ideas beethovenianas, se tomó su tiempo, pues le costó alrededor de tres años concluirla por no estar del todo satisfecho con su forma. Este problema de forma se aprecia con toda claridad en el devenir de la partitura y es necesario, por tanto, una gran capacidad de conducción para no dar la impresión de tratarse de una idea sin dirección y sin contenido musical. Ya nos ha demostrado Afkham en otras ocasiones ser un maestro en estas lindes, pero por alguna razón, en este caso, la interpretación fluyó hacia delante con más bien poca intensidad, resultando un tanto arduo seguirle la pista al destino sin perderse en la divagación. Sin duda el coro, diseminado inusualmente por los laterales del primer anfiteatro, se esforzó notablemente en unificar criterios y exponer correctamente su cometido; pero nos resultó sorprendente ver a todo un David Afkham exigiendo con gesto claro más intensidad a las cuerdas, y que este gesto no se correspondiera con una realidad sonora manifiesta. La segunda obra coral, Nänie, referida a una deidad romana comprometida con la muerte, nos resultó en cambio mucho más estimulante y enérgica que la Canción del destino, y ahí pudimos apreciar una conjunción coral e instrumental más eficiente, que dejó un mejor recuerdo antes de la aparición de Trifonov en el escenario.

pbl
pbl

No se nos ocurre poner tachas a las capacidades técnicas de Trifonov, (un pianista que reconoce ejercitar sus dedos bajo el agua para dotarlos de mayor flexibilidad, tiene la técnica resuelta), si por capacidades técnicas entendemos la habilidad y maestría para tocar todas las indicaciones que se encuentran en la partitura con corrección, velocidad o virtuosismo, o para solventar las trampas que los compositores ponen por doquier, y que en el concierto que nos interesa hoy abundan sobremanera. En este aspecto Trifonov se mostró absolutamente indiscutible, como siempre, y quienes se hayan enfrentado a las dificultades pianísticas de Beethoven sabrán, sin duda, valorar su esfuerzo. Otra cosa es que el discurso expresivo que subyace a todo este aparataje técnico y explosivo también hay que tenerlo en cuenta, como también hay que apuntar que cuando se trata de un concierto con orquesta, uno tiene que hacer por dialogar con ella, y no dar la impresión de estarla descuidando. Mucho tuvo que esforzarse la Orquesta Nacional para seguirle el pulso a un Trifonov sin ataduras en cuanto al pulso de la composición. Es en este parámetro donde las cosas se torcieron produciendo un concierto de Beethoven desequilibrado entre la grandeza del movimiento visual del gran pianista, y la presencia de un sonido tímido, más bien exagerado de pedal y prácticamente exento de fraseo. Poca o ninguna presencia de los elementos disparatados y humorísticos que incluye Beethoven en el Rondó final pudieron apreciarse con soltura y claridad, pero sí hemos de apuntar mayores intenciones expresivas en el emotivo Largo.

Al término del concierto, interpretó el pianista ruso unas variaciones trepidantes de virtuosismo, veloces y espectaculares, no muy diferentes las unas de las otras; y así se puso fin a una matinée correcta y sin grandes momentos estelares que puedan guardarse en el recuerdo como más o menos impactantes. 

***11