Con este subtítulo publicaba Wilhelm Müller sus “poemas de los papeles legados por un corneta del bosque errante, correspondientes a los doce últimos poemas del Winterreise de Franz Schubert. Este ciclo de lieder responde a los más altos ideales de su época: el romanticismo. La unión entre palabra y música, tan ansiada por el poeta, no era sino una herramienta para conseguir derribar la barrera del lenguaje, abandonar lo terrenal, lo humano, y ser un espíritu más como aquellos que rondan los paisajes que inmortalizó con su pincel Caspar David Friedrich. ¿Acaso no puede ser nuestro “camino de invierno” el mismo que las mujeres del cuadro Mañana de Pascua recorren? Los brotes verdes de la esperanza de la primavera, el sol rojizo que renace cada mañana y lo inevitable de andar siempre por el mismo camino de la vida que conduce al único fin que todos los hombres, románticos o no, encontramos.

Adrianne Pieczonka © Bo Huang
Adrianne Pieczonka
© Bo Huang

Es difícil hablar de algo como la muerte, más aún cuando la vemos lejana, cuando somos jóvenes es algo imposible de ver, es una idea que se va gestando en nuestra mente a medida que vamos vislumbrando el final del camino. Por desgracia para Schubert, su frágil salud le hizo percatarse de este destino antes de lo que debiera haber sido, y este conocimiento de aquello en lo que el común de los mortales evitamos pensar fue lo que le motivó a componer el ciclo del Winterreise. Sinceramente, creo que por ello no hay dos veces que se escuche igual, ni tampoco que se interprete, ya que a medida que avanzamos, nuestra opinión sobre la vida y la muerte cambia.

El pasado 28 de enero en el Teatro de la Zarzuela vimos dos personalidades muy diferentes sobre el escenario. Por un lado Wolfram Rieger se presentó relajado, ligeramente encorvado sobre el piano de una forma casi entrañable. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer, domina el repertorio, el lied es su medio de expresión, por ello no es de extrañar que sus rubatos sean tan elegantes, su timbre tan dulce y su fraseo tan melódico. En su piano pudimos ver cómo Schubert acepta su inevitable destino, su trágico final. Incluso si nos ponemos técnicos, su dominio del pedal, los matices y la articulación fue excelente. Le puso a Adrianne Pieczonka muy fácil el trabajo con un acompañamiento elegante, pero servil en ciertos puntos, proponiendo ideas musicales fruto de un dominio absoluto de la música y la mente de Schubert.

Pieczonka, se mostró con mayor viveza, con tensión en sus puños apretados y el ceño ligeramente fruncido, como quien, siendo consciente del final del camino se agarra a la vida, su voz sonó especialmente brillante en los momentos en los que la música de Schubert cambiaba al modo mayor: mostraba el sol rojizo de la Mañana de Pascua de Friedrich y los brotes verdes de los árboles. Sin embargo, la calidez que evocaba su voz en estos momentos resultaba aún más embriagante cuando no era más que un recuerdo, ya que esta se turbaba a medida que Schubert dejaba de observar a su alrededor para proseguir con el camino de la vida. El rostro de Pieczonka se quebraba y su voz tomaba un cariz diferente, sin abandonar la línea melódica jamás, pero con mayor tensión, o incluso frialdad como en el caso de Der Leiermann, una de las obras en las que mejor mostró su faceta más lúgubre, mientras que en Erstarrung o Das Wirtshaus su voz sonó tierna y dulce.

Coincido con el poeta Franz von Schober –y con mucha otra gente, seguro– en que la obra con la que más disfruté fue Der Lindenbaum. Los dos intérpretes demostraron en esta pieza toda la expresividad que son capaces de aplicar cada uno a su instrumento. Tras una introducción del piano extremadamente dulce capaz de transportar al espectador a un mundo onírico, la melodiosa voz de Pieczonka entró con la dulzura con la que una madre canta una nana a su hijo. En la quinta estrofa ambos supieron reflejar ese viento gélido en la cara al que hace referencia el texto, soltando toda la tensión en este punto, pero solo por un instante, para volver inmediatamente después a la calma y la aceptación del destino, sin perseguir la gloria, ni dejando en la memoria de los hombres esta canción sin estribillo, tan solo mostrando, verso a verso, la dulzura y el dolor del camino de la vida... y el amor.

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