Javier Camarena es un fenómeno único para el público del Real. Ha protagonizado algunas de sus noches más memorables –incluyendo la mitad de los bises del acervo reciente del teatro– y sus actuaciones forman parte de la leyenda local. Es uno de esos artistas que edifican el currículo de los oyentes: al recordar las producciones en las que participó los aficionados exclamamos un “yo estuve allí” con una vanidad tan solo justificada porque lo sentimos como nuestro. Esto, por supuesto, genera un bendito problema de máximas expectativas que, en ocasiones, no se cumplen del todo. El estreno de este Il pirata prometía ser el evento vocal de la temporada y, tan solo en cierta medida, ha colmado las esperanzas de disfrutar de otra noche para la historia.

Javier Camarena (Gualtiero) y Sonya Yoncheva (Imogene) © Javier del Real | Teatro Real
Javier Camarena (Gualtiero) y Sonya Yoncheva (Imogene)
© Javier del Real | Teatro Real

Con este Gualtero, Camarena no ha igualado su propio nivel de otras ocasiones, pero aun así ha ofrecido una actuación espléndida. Conviene olvidar unos inicios con una proyección más corta de lo habitual e incluso alguna ruptura de la línea de canto y centrarse en la cantidad de momentos sublimes que nos ofreció, de entre los que destaca el “Tu vedrai la sventurata” final. Cantó el papel con esmero, luciendo esa caricia de timbre que enamora, un mimo exquisito a las medias voces y esa inaudita minuciosidad con la que aborda, no solo los momentos de lucimiento, sino cada una de las sílabas de su actuación. Si muchos tenores sufren por sobrevivir a los sobreagudos, Camarena los llena de matices expresivos –en su caso, el buen gusto no descansa ni un instante.

Yoncheva, que estrenó esta misma producción en la Scala, construyó una Imogene ideal, impecable, inolvidable. Desde el momento de su aparición se hizo dueña y señora de una historia que le corresponde por derecho, aunque solo sea por la importancia de su número final –para muchos, la madre de todas las escenas de locura. Arrastrando una inmensa tela negra –símbolo de desesperación por su destino inmediato– resolvió con igual maestría el carácter introspectivo "Col sorriso d'innocenza” y la furia rebelde de la cabaletta “Oh, Sole! ti vela di tenebra fonda".

Sonya Yoncheva (Imogene) y María Miró (Adele) © Javier del Real | Teatro Real
Sonya Yoncheva (Imogene) y María Miró (Adele)
© Javier del Real | Teatro Real

Dos grandes estrellas para la proa de un reparto sin fallos, del que hay que destacar al tercero de la discordia, el Ernesto de George Petean. Un barítono con un color inusualmente claro, por momentos de tenor dramático, pero con oficio, potencia y dotes dramáticas. Además de en sus celebradas piezas en solitario, brilló en sus dúos con Yoncheva por la química interpretativa y por un empaste vocal superior al que hubo con el protagonista.

El Coro Titular del Teatro Real nos dio otra de esas buenas actuaciones a las que nos tiene acostumbrados desde hace tiempo. Afinado y enérgico pudo también desplegar ese apropiado carácter tumultuoso que la historia exige en algunos momentos. En el foso, Maurizio Benini, imprimió un espíritu sensual a una interpretación que mantuvo el difícil equilibrio de ponerse al servicio de los cantantes sin renunciar por ello a su presencia. No hubo nada de pomposo ni artificial en esos tiempos fuertemente retardados que Yoncheva y Camarena utilizaron para desarrollar esa línea de canto colmada de sabios y emotivos detalles.

El Coro Titular del Teatro Real durante <i>Il pirata</i> © Javier del Real | Teatro Real
El Coro Titular del Teatro Real durante Il pirata
© Javier del Real | Teatro Real

La parte escénica se resolvió a través de virtudes puramente estéticas –para el bel canto, un bello envoltorio. Es sin duda una inteligente solución para una obra con un libreto difícil de salvar de un naufragio. En esta producción de su inseparable Emilio Sagi, el escenógrafo Daniel Bianco hace uso de los elementos que tan bien le funcionan y le son habituales: diseño, tamaño y repetición. Esto último se potenció por el uso de grandes superficies reflectantes en las paredes de la caja escénica que, a modo de un caleidoscopio monumental, no solo multiplicaban los elementos decorativos, sino también las perspectivas de observación de los personajes. Además, el mar y el cielo se confunden como imágenes especulares y entremezcladas creando una adecuada sensación de irrealidad y ensoñación, abriendo el espacio necesario para que vuele la voz.

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