Desde el año pasado, cuando el estreno de Capriccio en el Real proporcionó nuevos argumentos para continuar reclamando una mayor presencia de óperas anti-románticas de calidad en las programaciones venideras de nuestra institución, una dirección de escena a cargo de Christof Loy es motivo suficientemente poderoso para plantearme si acudir al teatro o no. Incluso aunque el título en cuestión pertenezca al tipo de repertorio acostumbrado, como vuelve a ocurrir con el caso de Rusalka. Cierto es que hay quien encuentra originalidad en esta clase de decisiones, que abogan por la reposición de óperas añejas con un montaje que las traiga a nuestro presente, en el entendido, más o menos tácito, de que sin dicha mediación resultarían irremisiblemente anacrónicas (obsérvese que tal vez también con ella: la literalidad del libreto y la partitura permanece). Pero, asimismo, hay quienes desfallecemos de aburrimiento cada vez que escuchamos las razones a favor de reivindicar los trabajos olvidados o infrecuentemente representados de Dvořák, Verdi, Bellini, Donizetti, etc. El desequilibrio entre la oferta de romanticismo y la de propuestas estéticas alternativas es tan abismal que la pregunta por el espacio que merecen en nuestros museos musicales composiciones como las primeras, independientemente de su grado de popularidad, ha de quedar relegada a un segundo plano. No existe demasiado margen para la esperanza, en la medida en que no existen demasiadas dudas con respecto a los parámetros determinantes a la hora de hacer los cálculos de los abonos que se venderán durante cada temporada, pero antes de decir nada sobre esta producción de Rusalka, convenía expresar el descontento que condiciona mi aproximación a la obra, cuando se alzó el telón y ahora.

Asmik Grigorian (Rusalka) © Monika Rittershaus | Teatro Real
Asmik Grigorian (Rusalka)
© Monika Rittershaus | Teatro Real

Sin menoscabo de esta animadversión expresa, me siento obligado a reconocer la inmensa labor de los dos nombres propios que en esta ocasión logran sostener, pese a todo, la pieza: Asmik Grigorian, en el rol de Rusalka, y el mencionado Christof Loy. La soprano lituana asume el protagonismo que le corresponde mediante un ejercicio de virtuosismo prácticamente ininterrumpido, tanto en lo que refiere al canto como en lo que atañe al resto de la acción. Si tuviese que sintetizar en una línea el motivo por el que Grigorian es la clave de bóveda de Rusalka, diría que su brillantez reside en construir un personaje que no subraya lo evidente. Su incapacidad para moverse con gracilidad y, después, para hablar es un arma de doble filo, que podría haber desembocado con facilidad en la sobreactuación o en una descompensación excesiva con respecto al discurso musical. Nada de ello sucede, cada minuto sobre el escenario de esta excepcional cantante es una lección interpretativa.

De igual modo cabría desgranar en detalle los méritos de Loy, pero, nuevamente, me limitaré a tratar de formular su esencia. Además del mismo equilibrio que, mutatis mutandis, acabo de destacar en el papel de Rusalka (ahora la dialéctica entre exuberancia y sobriedad se extrapola al conjunto de la la obra), el principal recurso dramático que opera en esta dirección de escena es la sutileza. Desde las distancias que recorren las dramatis personae hasta la excelsa coreografía orgiástica del acto II (el único tramo en el que Rusalka se zafa, en parte, del corsé decimonónico): resulta evidente que todo ha sido calculado por Loy con tino y al milímetro. O mejor dicho: casi todo. Es una lástima que en medio de una disposición tan inteligente y discreta no se haya dado con otro decorado para representar el reino de Vodník que tamaña carcasa de roca, tan aparatosa como espantosa.

Asmik Grigorian (Rusalka) y Maxim Kuzmin-Karavaev (Vodník) © Monika Rittershaus | Teatro Real
Asmik Grigorian (Rusalka) y Maxim Kuzmin-Karavaev (Vodník)
© Monika Rittershaus | Teatro Real

Por lo demás, el reparto solista convence: Eric Culter se sobrepone a una lesión sobrevenida y consigue que nos creamos a su príncipe; Karita Mattila encarna con bello timbre a la princesa extranjera; Maxim Kuzmin-Karavaev da vida a un Vodník temible y sólido; y Katarina Dalayman elabora una Ježibaba digna, aunque algo homogénea. La Orquesta Sinfónica de Madrid está a la altura del reto, poco asequible, que supone la partitura Dvořák. Lo que más se encarece, en general, son las intervenciones de arpa y maderas, y lo que menos reluce se debe a las imprecisiones rítmicas y a la puntual ausencia de carácter. Ivor Bolton, sin embargo, se afana por enhebrar siempre una atmósfera tensa e intensa, y provoca en varios pasajes lo que uno pide a la ópera entera: que sus tres horas y media no transcurran tan lentas. El problema, una vez más, no radica en el sobrado nivel de nuestros intérpretes, sino en la empresa a la que se encomiendan. Porque ese es el gran lastre de Rusalka: su planteamiento estético no atrae, su luna ya no está llena, ni es nueva.

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