Tras muchos años de espera, el esperadísimo debut de Anna Netrebko en el Teatro Real por fin ha tenido lugar. Sí, es cierto que ya había venido, para un recital lírico y también para un Guerra y paz que pocos recuerdan, hace dos décadas. Le faltaba una gran ópera como la superestrella mundial en la que se ha convertido. Ocurre que su anhelada aparición estelar ha quedado eclipsada por las magníficas cualidades de su rival de cartel, Sondra Radvanovsky, y por el inaudito frenesí de bises que ha llenado los medios durante las últimas semanas. Aunque aseguran que los dobletes comenzaron como fenómenos espontáneos, una mirada maledicente podría sugerir que se trata de una contraprogramación en toda regla. Las memorias de estas representaciones no hablarán sobre todo de Netrebko.

Ana Netrebko (Floria Tosca), Yusif Eyvazof (Mario Cavaradossi)
© Javier del Real | Teatro Real

Y no es que no lo merezca. Como todo lo que hace, su Tosca es original, mayúscula y arrebatadora. Netrebko maneja a su antojo el canto al servicio del drama. Es una extraordinaria actriz que llena el escenario de furia y terribilidad, cuya honestidad interpretativa le brota directamente de la garganta. Es imposible no caer rendido ante esa emisión única, penetrante, de tonos oscuros iridiscentes, recubierta por un vibrato que conforma su marca vocal. Y para la vulnerabilidad, el exquisito control de las dinámicas y esos pianos flotantes, impecablemente proyectados, que elevan el espíritu de toda la sala. Ella hace ópera con mayúsculas.

Pero a muchos entre el público lo que parecía importarles era arrancar al asalto otro bis para la colección de verano. Vimos entonces a Netrebko en una difícil situación, abrumada por el agradecimiento tras un "Vissi d'arte" desgarrador, pero intentando continuar con la representación resistiéndose al único propósito de esos vítores. "A mí no metáis en el circo de los bises, que tengo un drama que continuar" parecía decir, mientras señalaba con las manos el escenario. Un momento para las carcajadas, que dio una puñalada al oscuro flujo argumental de la representación.

Ana Netrebko (Floria Tosca), Luca Salsi (Barón Scarpia)
© Javier del Real | Teatro Real

La propuesta escénica de Paco Azorín es clásica en la ambientación y cuestionablemente atrevida en el fondo. Si el libreto nos habla de un amor roto en un escenario de opresión y poder, el director decide invertir los términos. Emancipa a su Tosca, que pasa de mujer enamorada luchando por su amante a heroína libertadora al servicio de una revolución que, por cierto, se pasea desnuda por la escena, guiando explícitamente las acciones de los personajes. Otro golpe al verismo dramático. Más acertada resulta la construcción de un Scarpia dominado por el deseo reprimido. Potente y bien fraseado, Luca Salsi ofrece un Barón alejado del sibilino y maquiavélico modelo clásico, acentuando histriónicamente la carnalidad y el tormento -es la suya una maldad nacida directamente de una sexualidad censurada. 

A Yusif Eyvazov se le suele juzgar partiendo de que viene más como pareja de Netrebko, que por méritos propios. Pero con este Cavaradossi demuestra que es un tenor más que competente. El timbre no es muy bello y el legato escaso, pero posee una buena proyección que se alarga con naturalidad hasta el tercio alto de la tesitura. En su "Recondita armonia" se olvidó del fraseo y lo convirtió en un himno a la belleza, en una temprana declaración de intenciones heroicas. Su "Adiós a la vida”, poco matizado pero lleno rabia, fue sabia lección de potencia en la voz, para mostrar impotencia ante el destino.

Ana Netrebko (Floria Tosca)
© Javier del Real | Teatro Real

De los secundarios hay que destacar la rotundísima actuación de Valeriano Lanchas como el sacristán. Y en el foso, Nicola Luisotti pareció contagiado del espíritu de delirio que ha acompañado a estas funciones. Se le perdona algún exceso de decibelios a quien tan bien entiende la narrativa musical pucciniana: la emotividad escondida en las progresiones, el lirismo en los instantes íntimos, la firmeza en los momentos climáticos, y en ocasiones, la mágica combinación de todos ellos simultáneamente. 

Con esta Tosca, el Teatro Real cierra por todo lo alto una temporada que ha asombrado al mundo. Tras encierros, incertidumbres, brotes e incontables penurias, el público y los profesionales de la casa se merecen celebrar un final feliz. Las estrellas más rutilantes del firmamento de la ópera han venido para acompañarnos en las celebraciones. Radvanovsky, Kaufmann y Netrebko lucen para convencernos de que debemos reencontrarnos en el arte y en el directo, acompañados de un público frenético que, clamando por esos mediáticos bises, están diciendo “queremos que así sea”. Y que así sea.

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