Hace no tanto tiempo, en los conciertos orquestales lo habitual era presentar música nueva. Después se empezó a programar cada vez más música de tiempos anteriores, hasta que se hizo costumbre escuchar siempre música del pasado y de vez en cuando algún excepcional paréntesis contemporáneo. Por eso, hoy en día, cuando en un programa aparece la leyenda “estreno mundial”, la expectativa de la novedad hace de esa obra el atractivo principal.

Precisamente eso pasó este viernes en Bellas Artes: la Sinfónica Nacional nos ofreció el estreno de la versión definitiva del Concierto-son para flauta y orquesta del célebre compositor mexicano Arturo Márquez. Los primeros dos movimientos, De tierra y De mar, ya figuraban en el catálogo del compositor y ya habían tenido alguna circulación. Esta nueva propuesta, sin embargo, incluye los dos elementos naturales faltantes: De vientos cálidos y De fuego.

Escenario: orquesta pequeña, con violines primeros y segundos sentados unos frente a otros, grupo de alientos, una trompeta un poco alejada del grupo y dos percusionistas al fondo. Salen la solista y el director y empieza la obra. Bastan pocos compases para sentirse cómodos en el ya visitado terreno de la reconocible voz de Márquez: su orquestación, la distribución tímbrica de los temas, las transiciones, el énfasis rítmico y su característica reinterpretación de algunas músicas populares. En este caso, como bien anuncia el título, el son, pero también el bolero, el danzón y la conga.

Lanfranco Marcelletti y Arturo Márquez durante el ensayo
Lanfranco Marcelletti y Arturo Márquez durante el ensayo

En el primer movimiento, De tierra, el son, o los sones, son el motivo conductor y los alientos, los protagonistas. Si bien la flauta es el instrumento principal, sus diálogos con los demás alientos dan un festín tímbrico. En cambio, en el segundo movimiento la flauta retoma su papel estelar iniciando con un interesante trazo melódico arropado por unas ondulantes cuerdas en un sutil pianísimo, cual marea en calma que se va agitando poco a poco. El tercer movimiento, De vientos cálidos, en clara referencia a la naturaleza del instrumento solista, es una cadenza en la que Elena Durán nos mostró su dominio total de la flauta y su bello sonido, recorriendo con agilidad todo el registro de su instrumento con toda suerte de trazos rápidos y ventosos giros juguetones. Termina la obra llegando al “fuego” con un cuarto número a ritmo de conga, construido casi por completo con base en un motivo rítmico con la orquesta a todo motor. Una movida conclusión que seguramente hizo bailar en su interior a más de uno, tanto como al director invitado, Lanfranco Marcelletti, que visiblemente disfrutaba la obra que en los ensayos previos trabajó y pulió.

Después del efusivo aplauso a la orquesta, al director y sobre todo a la solista y al compositor presente en la sala, Marcelletti interactuó con el público y confirmó su gozo de estrenar esta obra. La ocasión ameritó que repitiera el último número como encore.

La Orquesta Sinfónica Nacional de México durante el concierto
La Orquesta Sinfónica Nacional de México durante el concierto

Esa intervención del director hablando con el público sólo fue una probada de lo que pasaría después: una simpática y lúcida intervención que marcó la interpretación de esa noche. Pasado el intermedio, la orquesta, ahora sí completa, se dio a la tarea de interpretar a Schumann. Con un potente inicio, en el que sorprendieron la bien coordinada presencia de las cuerdas y el solo de los cornos, se desarrolló el primer movimiento de la sinfonía Renana. Al terminar, los aplausos del público interrumpieron ese silencio entre movimientos que nuestro actual acuerdo social-musical dice que hay que respetar. Nada pasó, más allá de los “shhhh” que un sector del público dirige a los otros. Avanzó la sinfonía con corrección y algunos momentos emocionantes. Por ejemplo, en algunos pasajes las frases estaban tan bien construidas que atender a los finales de ideas fue muy placentero, lo mismo que el sobresaliente papel de la clarinetista principal durante todo el concierto. La orquesta hacía su trabajo y nosotros disfrutábamos a Schumann cuando, entre el tercer y cuarto movimientos, a pesar del marcado gesto de tensión del director, los aplausos volvieron a hacerse presentes. Entonces Marcelletti se giró hacia el público, comentó que a él le gustaban los aplausos y dio un rápido repaso histórico para explicar que en épocas anteriores no sólo se aplaudía entre movimientos sino que éstos hasta podían repetirse si el público lo pedía. Un caluroso aplauso agradeció la intervención y, por una vez, no hubo más “shhhh” entre movimientos.

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