Máximo ambiente de gala en el Auditorio Kursaal para recibir, en el marco de la Quincena Musical, a Grigory Sokolov. Si para el público de San Sebastián fue un ansiado reencuentro tras seis años de espera; en mi caso personal tendría que retrotraerme al año 2002, en el cual disfruté de su hacer con la orquesta -algo en los últimos años prácticamente vedado- en un todavía inolvidable “Emperador”. Cuatro lustros en los que, a lo vista de lo vivido en Donostia, su presencia física y espiritual sobre el escenario apenas han cambiado, como tampoco se han resentido en lo más mínimo las esencias de su arte: una técnica a la altura de los más grandes del piano y sobre todo, una actitud ante la interpretación musical fuera de lo normal, equiparable a la devoción y entrega de los parsifálicos guardianes del santo Grial.

Grigory Sokolov
© Quincena Musical 2021 | Iñigo Ibáñez

Sin embargo, sí aprecié un significativo cambio en la concepción musical del pianista ruso; en concreto, una tendencia a la máxima introspección que se tradujo en interpretaciones serenas y profundas, hipertrofiadas en el tiempo. Aunque esto sucedió de forma indefectible en todas las piezas interpretadas, fue especialmente acusado en las 4 Polonesas de Chopin. Interpretaciones atípicas, en las que sin embargo la narrativa musical no se resintió en lo más mínimo; al contrario, en los pasajes más introspectivos hubo una sofisticada recreación de los planos sonoros, mientras que en los más virtuosísticos Sokolov se apoyó en su don innato para extraer del piano sonoridades sinfónicas, tanto por su volumen como por su abrumadora paleta de colores.

Raramente se pueden escuchar interpretaciones tan densas y trascendentes de la op. 26 de Chopin, siendo especialmente reveladora la núm. 2 por su pathos schubertiano, pero sin ser en ningún momento un discurso monolítico; todo lo contrario, un viaje musical inagotable en registros y contrastes. La más popular Polonesa Heroica op. 53 fue sometida a un tratamiento similar, muy especialmente en el famoso tema danzable, pero fue sin duda el ostinato central el momento más impactante por el vigor de su sonido, la articulación cristalina y la gradación perfecta de las dinámicas.

Grigory Sokolov
© Quincena Musical 2021 | Iñigo Ibáñez

Los diez Preludios op. 23 de Rachmaninov representaron un complemento ideal a la primera parte del concierto, como es habitual en un artista que concede una especial atención a la confección de sus programas. Los introspectivos Largos inicial y final, junto con los Adagios y Andante núm. 4 y núm. 6 fueron tratados de forma similarmente lírica y expansiva, aunque no tan atípica como el Chopin. Sí lo fue el Tempo di minuetto núm. 3 que pocas veces se puede escuchar tan trascendentalizado. El popular núm. 5 alla marcia fue atacado con un ímpetu abrumador, aunque con una muy contrastada sección central. El compacto grupo que forman los más extrovertidos núm. 7 al 9, plantean al intérprete el reto de dar vida a sus densas texturas con la máxima vivacidad y claridad, y así lo fueron; recreaciones idiomáticas que llenaron de luminosidad la amplia sala del Kursaal, toda la noche en penumbra.

Con las propinas llegó la tercera parte del concierto, pues a pocos se les podía escapar que todavía quedaba mucha y buena música por delante, aunque no pocos asistentes mostraban su deleite y su sorpresa ante la interminable sucesión de piezas. Seis fueron las ofrecidas; no necesariamente lo habitual en Sokolov, de hecho, este año, en su recital en Barcelona sólo ofreció tres y cuatro en el de Madrid, pero es que ciertamente la química entre el pianista y el público de San Sebastián fue memorable. Éstas se iniciaron con dos ejemplos de la op.118 brahmsiana: el segundo Intermezzo y la Balada, ambos nuevamente al límite de la introspección. Más canónicas resultaron las chopinianas Mazurka op. 68 núm. 2, bucólica y espiritosa, y el majestuoso Preludio op. 28 núm. 20, pieza que estableció un muy sugerente puente entre las dos primeras partes del concierto, pues fue el tema que Rachmaninov utilizó en sus Variaciones Chopin, contemporáneas de su op. 23. Un subyugante Preludio op. 11 núm. 4 de Scriabin y un absolutamente atemporal arreglo del bachiano Ich ruf zu dir; pieza fetiche para Sokolov, pusieron el punto final a una memorable catarsis en la que el público donostiarra mostró reconocimiento y devoción puesto en pie.

El alojamiento en San Sebastián de Pablo Sánchez ha sido facilitado por la Quincena Musical de San Sebastián.


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