Después de ver la zarzuela El barberillo de Lavapiés convertida en una fiesta, se podría pensar que es un alegre entretenimiento, sin más pretensión que la de mostrar los enredos amorosos de dos parejas, una noble y otra plebeya, en el Madrid más popular. Un embrollo, cuya resolución no llega hasta el final de la comedia, ya que los protagonistas se ven envueltos en una conspiración política de primer orden en tiempos de Carlos III. Un hecho, que bien podría ser uno más, de tantos motines y golpes de estado que ha sufrido España a lo largo de su historia. Como el que sucedería pocos días después del estreno: el pronunciamiento del general Martínez Campos contra la efímera I República federal, que acabó con la experiencia democrática desarrollada durante el sexenio anterior.

Borja Quiza en el papel de Lamparilla rodeado del coro en el Teatro de la Zarzuela en 2019
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

Pero, como de trama tan simple cabría desconfiar, fácilmente pudimos comprobar que este inocente marco escondía un destacado carácter reaccionario, también por partida doble. El escritor, Luis Mariano de Larra, clama en el libreto contra la idea de progreso que guiaba a los ilustrados (“Dicen que Sabatini pone faroles… todos los faroles tenéis que romper.”) y da pábulo, alto y claro, al peligroso descreimiento de la política y de los políticos: “siempre los mismos perros con diferentes collares”. No es necesario explicar las perniciosas consecuencias de la práctica de este postulado. El músico, Francisco Asenjo Barbieri, creó una página pegada a lo popular, plagada de boleros, jotas y seguidillas, de carácter tonadillesco, y con escaso desarrollo temático, para que se pudiera entender bien (apenas media docena de motivos se repiten a lo largo de la partitura). Una clara huida de las influencias wagnerianas, entonces imperantes, y un realce del casticismo, en un momento en el que el gremio se debatía entre la diatriba: lírica española con elementos identitarios frente a lírica española de corte europeísta.

Maria Miró en el rol de Marquesita del Bierzo
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

Por suerte, Miguel Ángel Gómez Martínez es un director que no se deja arrastrar por tópicos ni lecturas superficiales y, tras arrancar con un brioso, pero comedido, “Preludio”, recreó números bellísimos y matizados al detalle como, por ejemplo, el “Coro y coplas de las costureras” que inicia el tercer acto. Incluso resultó deliciosa la simplona loa al camisón que se incluye aquí. Los dos conjuntos residentes, a los que se unió la efectiva Rondalla Orquesta de Plectro “El Micalet”, hicieron gala de su prestancia habitual: una orquesta colorida, de volúmenes mullidos y sin aristas, y un coro terso y flexible, en el que, tal vez, descolló la parte femenina por su suavidad en los ataques y el refinamiento de algunas partes.

A las tablas de Les Arts subió, prácticamente, el mismo elenco que estrenó esta producción en el Teatro de La Zarzuela en 2019, y, en su conjunto, hizo que los versos de Larra corrieran de forma natural. Borja Quiza se ha apropiado del rol de Lamparilla, llenándolo con gracia y buen canto a partir de un sonido dúctil, a pesar de que sus líneas, algunas veces, no son lo depuradas que debieran. El célebre “Lamparilla soy, Lamparilla fui” sonó a remedo del estilo bufo del Fígaro rossiniano. Sandra Fernández, la única que no cantó en Madrid, también tiene asumido su papel y se desenvuelve en el género con soltura. No obstante, en algún pasaje obtuvo un sonido un tanto opaco y una proyección ajustada. Javier Tomé estuvo convincente en lo teatral, pero una emisión retrasada impide que su sonido luzca como debiera. Me gustó el lirismo y el sonido de Maria Miró, particularmente en el tercer acto, y el Don Pedro de Monforte bien compuesto por Abel García.

El coro de costureras en El barberillo de Lavapiés (Teatro de la Zarzuela, 2019)
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

Todos los intervinientes tuvieron que cargar con el trabajo, que no parecía costoso, de mover en un momento u otro los grandes paneles que configuran la escena, pasando entre ellos con pericia, además. Un espacio neutro sobre el que destaca un colorido vestuario de estilo goyesco, una iluminación bien aprovechada, pero al contrario que la chispeante música, tendente a la oscuridad, y unas coreografías sobre los bailes populares antes citados unas veces estilizadas y otras un tanto cómicas.

Para concluir, reiteraremos que el director de escena, Alfredo Sanzol, no quiso entrar en complejidades conceptuales, como dijimos al principio, al acortar partes del texto en favor de la continuidad de los números musicales y llevar al extremo el carácter festivo de la pieza. Tanto es así, que el público, que aplaudió y coreó a los solistas en todo momento, acabó alborozado, acompañando con palmas a la orquesta en la repetición en bucle de la calesera final, mientras elenco y director saludaban desde el escenario. En resumen, y a pesar de todo, nos lo pasamos bien.

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