Pocas músicas hay tan apropiadas para reunir en la cercanía a un grupo de personas que los Lieder schubertianos. Mas si el ciclo elegido para ser interpretado es Winterreise, apenas unas horas antes de que dé comienzo un solsticio que en Valencia tiene bien poco de invernal, la velada cobró a priori gran atractivo. Hay que añadir que la voz la puso Manuel Gómez Ruiz, uno de los liederistas españoles que más atención concitan en la actualidad, y el piano, el activo músico valenciano Antonio Galera, director artístico, para más señas, del Festival Cambra als Horts, cuyo marco arquitectónico es Villa Rosita, un acogedor edificio modernista rodeado de jardines y huertos de naranjos “de copas verdes y redondas”, como describió Vicente Blasco Ibáñez, extendidos en filas rectas.

El pianista Antonio Galera y el tenor Manuel Gómez Ruiz © Festival dels Horts
El pianista Antonio Galera y el tenor Manuel Gómez Ruiz
© Festival dels Horts

Esta referencia a Blasco Ibáñez no es casual, ya que, aparte de que tuvo a Schubert como uno de sus compositores preferidos, “el encanto de la música triste”, ambos compartieron el gusto y la maestría por la “escritura en corto”. Precisamente lo afirma en la novela Entre naranjos. Así, si el vienés compuso sus canciones sobre los poemas de Wilhelm Müller de modo que condensó lo que Dietrich Fischer-Dieskau define como desarrollo sinfónico, el escritor fue capaz de sintetizar en sus relatos breves el ampuloso estilo naturalista que empleaba en las novelas. De todo ello parecieron hacerse cargo Gómez y Galera al narrar el ciclo de forma concisa, contrastada y sin excesivos alardes expresivos. Uno de los ejemplos más claros fue “Der stürmische Morgen” (n.º 18), canción brevísima resuelta con determinación operística.

A lo largo de Winterreise, el tenor alternó con eficacia el contraste tímbrico entre el falsete y el canto pleno en los agudos con intención, por ende, expresiva. Este recurso se percibió enseguida en “Gute Nacht” (n.º 1) o más tarde en “Rast” (n.º 10) y “Die Nebensonnen” (n.º 23). Y, pese a su delicadeza, Gómez no vaciló en ser contundente en los forte cuando hizo falta. La contraposición de su legato al staccato del piano hizo de “Auf dem Flusse” una de las piezas más interesantes en su aparente despreocupación. Le siguió una arrolladora “Rückblick” (n.º 8), en la que, junto a “Erstarrung” (n.º 4), tuvo que dosificar bien la respiración dado su turbador dinamismo. En el apartado rítmico sorprendió el sugerente fraseo de “Der Lindenbaum” (n.º 5), acercándola al gracejo de un Landler. Por otra parte, el dúo obtuvo una flexible y saltarina “Täuschung” (n.º 19) en su característico ritmo trocaico y carácter circular. Una de las pocas piezas en las que la tonalidad mayor aúpa cierto optimismo.

Antonio Galera y Manuel Gómez Ruiz © Festival dels Horts
Antonio Galera y Manuel Gómez Ruiz
© Festival dels Horts

Por su parte, Galera introdujo siempre las canciones con un fraseo atractivo y natural, igual que el del cantante, predisponiendo al oyente a seguir con atención lo que el texto depararía. Sujetó el canto con tempi firmes y siempre lo dejó respirar. Fue descriptivo al ejecutar los efectos con los que Schubert puebla la partitura (aves, ladridos, cadenas, andar cansino, ráfagas de viento, etc.) y sutil, por ejemplo, en el aleteo en forma de tresillos de “Die Krähe” (n.º 15). Pero si hubo una faceta en la que ambos músicos destacaron, como decíamos, fue en la narrativa, bien apoyándose en los matices expresivos que sugieren los poemas, bien en elementos musicales como las modulaciones o la figuración, propiciaron que el público centrara su atención en el discurso. En el caso del texto no podemos pasar el sorpresivo e irónico giro argumental de “Der greise Kopf” (n.º 14) en la que la sien grisácea del protagonista es producto de la nieve que se derrite finalmente y no del inexorable y definitivo paso del tiempo. En el segundo, el reparto de dos fusas por sílabas en “Irrlicht” (n.º 9) favorece un canto tembloroso con el que Gómez supo transmitir la idea de inestabilidad. Del mismo modo, empleó en el rostro un gesto cambiante en “Frühlingstraum” (n.º 11) para expresar el fundido en negro que lleva de la inocente ensoñación primaveral a resaltar el frío, la oscuridad y la soledad. “Der Leiermann”, la última pieza, alcanzó la categoría de epílogo. La forma en que Gómez y Galera transmitieron el melancólico diálogo entre el caminante y el viejo zanfonista hizo que el público contuviera la respiración.

Ian Bostridge, en un momento de su análisis cultural de Winterreise, se pregunta cómo es posible que el ciclo conecte aún con las preocupaciones de un oyente actual. Una respuesta podría ser que la narrativa oral bien contada siempre resulta sugestiva, pese a la constante presencia de móviles en la sala para fotografiar o grabar a los músicos.