I have commented before about Marc-André Hamelin’s ability to tackle anything the piano repertoire can throw at him: the craggy, disparate edifice of Charles Ives’ Concord Sonata, Stockhausen’s Klavierstück IX, Villa-Lobos’ savage Rudepoema, the mannered classicism of Haydn, and the sweeping romanticism of Liszt.
*****
Acceda a su sesión para gestionar las alertas, su agenda o lista de preferencias personal, guardar sus búsquedas recientes, comentar acerca de artículos y reseñas o si quiere incluir eventos.
Por favor, escriba su dirección de correo, a continuación clique uno de los dos botones.