La temporada de la Orquesta Sinfónica de Galicia llegó felizmente a su entrega final con una apuesta planteada por José Trigueros: un estreno absoluto de David del Puerto, inveterado compositor presente en la sala, y la monumental transcripción orquestal de Iberia realizada por Francisco Guerrero. La asistencia fue inferior a la vivida en conciertos previos, de diseño más convencional. Ciertamente la tarde veraniega, invitaba a solazarse fuera de la sala. Pero precisamente ahí estuvo la gran sorpresa de la noche: lo que podía parecer un cierre discreto y ánti-climático, terminó convirtiéndose en una velada de enorme altura musical.

La Sinfonía núm. 6 de Del Puerto está concebida como un arco sinfónico continuo. La trayectoria de su autor auguraba una creación de peso, con una arquitectura clara y un discurso reconocible, y esa fue precisamente la sensación desde el Preludio inicial. Tras él siguen cinco episodios orgánicamente enlazados: Paisaje, Interludio, Llamada, Interludio y Finale. Salvo aquellos que conservan la costumbre de acudir con anteojos y pueden así seguir la partitura, no se pudo interiorizar el devenir de estas secciones. Igualmente se echó en falta una presentación previa del compositor o del director.
En la música de Del Puerto conviven sobriedad y austeridad, con una escritura orquestal rica, cuidada y de gran eficacia. La obra se mueve en un territorio abigarrado en lo orquestal pero sereno y contemplativo, salvo en la Llamada y en el Final, ambos de tensión más explícita. Es música que remite a un encuentro de mundos muy distantes: el de la música antigua y el de estéticas contemporáneas y que personalmente me evoca el misticismo desnudez del Palestrina de Pfitzner. El resultado dejó la impresión de ser una obra seria, honesta y defendible dentro del catálogo sinfónico español. Crucial la implicación orquestal y la dirección de Trigueros quien sostuvo el discurso con pulso firme, claridad en las transiciones y atención precisa a los planos orquestales, validando una música que ante todo reclama concentración y contención.

El Iberia de Francisco Guerrero, ya había sido registrado por la OSG y José Ramón Encinar, pero nunca abordado en concierto. La experiencia permitió calibrar de manera contundente la distancia que media la mejor reproducción digital y la experiencia del concierto. Asistimos a un tour de force orquestal en el que Trigueros manejó con autoridad enormes masas sonoras con sus crescendi, tutti, explosiones orquestales, silencios y transiciones. La concepción de Guerrero no es otra que mostrar que detrás del teclado de Albéniz late un mundo sinfónico adimensional. Albéniz no poseía una facilidad natural para la orquestación, pero su imaginación sonora sí era inmensa. Guerrero hace aflorar ese mundo latente, no revistiendo el piano, sino revelando la orquesta que subyace en la partitura. No hay una ilustración de una sucesión de estampas pintorescas, sino una paráfrasis de la audacia armónica, la densidad estructural y la fuerza visionaria de Albéniz.
Un único pero: el orden de interpretación no siguió lo establecido en el programa de mano. Abrumador fue el inicio con Corpus Christi en Sevilla y sus dos atávicos tutti orquestales: energía popular filtrada desde una escritura de enorme sofisticación y pathos, que dio paso a un epílogo sanador hasta lo indecible. Málaga se construyó sobre dos grandes ascensos orquestales, repletos de disonancias y texturas exuberantes, que Trigueros enfatizó acertadamente, mucho más que la comedida visión de Encinar. Almería fue central en la disposición de Trigueros. Fue un despliegue de sofisticación, con sus referencias a Debussy, al impresionismo francés, y su sublime nuevo epílogo, con una flauta de Claudia Walker soberbia; como todas las maderas en su conjunto, algunas de ellas protagonistas desde su grupo Zoar de una reciente grabación camerística de la obra que igualmente abre los sentidos. Amplitud, sensualidad y flexibilidad expresiva de la cuerda protagonizaron un enérgico El Polo, nuevamente de modernidad armónica y resonancias sorprendentes. La noche culminó con El Albaicín, elección de gran eficacia teatral y sonora. Cierre deslumbrante por su carácter envolvente y por la mezcla de misterio y fulgor que Albéniz alcanza en una de sus páginas más fascinantes.
Lo que podía parecer un final de temporada discreto terminó siendo una de las noches más estimulantes del curso. Disfrutamos de estreno contemporáneo de entidad, recuperación de una orquestación fundamental, orquesta rutilante y una idea artística clara desde el podio. La apuesta salió magníficamente bien.

