Hay músicas que parecen pedirnos la más rigurosa autenticidad y otras que, probablemente por la fuerza de su identidad, pueden permitirse ser traicionadas. No precisamente para mejorar lo que son, sino para revelar aquello que podrían haber llegado a ser. En ese ambiguo territorio entre transcripción, recreación e improvisación se situó Falla imaginado, el proyecto con el que Moisés P. Sánchez convirtió las partituras del compositor gaditano en música rabiosamente viva, abierta a armonías contemporáneas y a lenguajes que, sin estar escritos en ellas, parecían aguardarlas desde siempre.

La propuesta no carecía de antecedentes. Desde el Will o’ the Wisp de Miles Davis y Gil Evans en Sketches of Spain hasta las aproximaciones de Pedro Iturralde o Paco de Lucía, la música de Falla ha demostrado una singular capacidad para dialogar con el jazz y el flamenco. Sánchez fue, sin embargo, bastante más lejos que la mera adaptación estilística. Como ocurría en la reciente recreación de Iberia de Albéniz realizada por Francisco Guerrero y escuchada a la Sinfónica de Galicia, estamos ante versiones que no pretenden simplemente revestir el original, sino mostrar capas que permanecían latentes en él.

Ana María Valderrama, Moisés P. Sánchez y Pablo Martín Caminero en la Iglesia de Santa María © Festival Internacional de Santander
Ana María Valderrama, Moisés P. Sánchez y Pablo Martín Caminero en la Iglesia de Santa María
© Festival Internacional de Santander

Una vez más en el Festival Internacional de Santander, el marco histórico contribuyó igualmente a dar sentido al programa. La iglesia gótica de Santa María de la Asunción se alza en Castro Urdiales, situado en la encrucijada geográfica y cultural entre Cantabria y Euskadi. Difícil imaginar un marco más apropiado para esta fusión de lenguajes, identidades y épocas que, probablemente, habría hecho las delicias del propio Falla.

La primera parte mantuvo vínculos más reconocibles con su escritura. La temprana y poco frecuentada Mazurca en do menor adquirió bajo las manos de Sánchez un perfil completamente nuevo: el pianista partió de su elegante aparato romántico para abrir en ella espacios armónicos, desplazamientos rítmicos y episodios improvisados, sin que la pieza perdiese su melancólica fisonomía. Siguió la Suite popular española, articulada a partir de seis de las Siete canciones populares españolas. La ausencia de la Seguidilla murciana responde a la selección establecida en la conocida versión instrumental de Paul Kochanski. Desde El paño moruno hasta el impetuoso Polo, las canciones cobraron una dimensión reveladora y muy dinámica gracias al feedback continuo entre los tres intérpretes. El violín dejó de ocupar el espacio de la voz para convertirse alternativamente en protagonista, observador, narrador…, mientras el contrabajo iba siempre más allá de cualquier misión meramente atmosférica. El anunciado Nocturno fue retirado por razones de tiempo.

La segunda parte estuvo dedicada a la Suite imaginada de Sánchez, cuatro movimientos en los que Falla actuó menos como fuente temática que como presencia inspiradora. En ella confluyeron con naturalidad el jazz, la tradición española y ecos del impresionismo francés que cada oyente podía reconocer –o simplemente intuir– según su propia afinidad musical. El resultado evitó tanto el pastiche como la cita complaciente y constituyó uno de los grandes atractivos de la velada.

Sánchez dirigió el discurso desde un piano de imaginación inagotable, capaz de llevar cada material hasta sus últimas consecuencias sin perder el control de la forma. Ana María Valderrama puso su abrumador virtuosismo al servicio de una interpretación de enorme flexibilidad expresiva, mientras Pablo Martín Caminero aportó al contrabajo lirismo y una sorprendente vis melódica. Los tres formaron un auténtico entramado camerístico, atentos a la escucha y al riesgo compartido. Como propina, la Danza ritual del fuego culminó con brillantez una velada que no se limitó a imaginar a Falla: demostró cuánto por descubrir continúa encerrando su música.