Las giras no son un lujo para una gran orquesta: son su espejo más exigente. Para una formación del nivel de la Orquesta Sinfónica de Galicia, acostumbrada a disfrutar del beneplácito de su público incondicional, salir de su zona de confort no es un gesto de vanidad sino una necesidad estructural. El programa ofrecido en A Coruña preludiaba la inminente visita de la OSG a Inglaterra. Más allá de la internacionalización que hoy proporcionan las plataformas digitales, la experiencia en vivo sigue siendo la verdadera prueba de fuego. Este concierto permitió calibrar la propuesta artística que la formación gallega presentará al público británico.

El comienzo no pudo ser más prometedor. La Suite núm. 2 de El sombrero de tres picos fue una demostración de solvencia estilística y precisión técnica. En la Danza de los vecinos se desplegó un colorido vibrante, con maderas ágiles y articulación impecable. La Danza del molinero mostró nervio y carácter, con una cuerda perfectamente ensamblada. Pero fue la Jota final la que terminó de encender la sala: un tiempo vivo, electrizante, en el que la OSG funcionó como una maquinaria de relojería. Disciplina orquestal férrea, acentos cortantes y máximo fulgor orquestal. En un repertorio que la orquesta domina, pocas interpretaciones recientes resultaron tan magnéticas como esta.

En el Concierto de Aranjuez, Thibaut García ofreció una concepción decididamente libre. Desde el Allegro con spirito, su guitarra imprimió un carácter marcadamente flamenco, casi folklórico en su acento, subrayando los perfiles más hispánicos de la partitura. Es legítimo y, sin duda, para un público británico que a menudo busca ciertos tópicos hispanos, su visión será particularmente efectiva. El Adagio contó con lúcidas intervenciones solistas (especialmente en las maderas) y el Allegro gentile recuperó carácter y una energía bien proyectada por el solista. Sin embargo, la necesaria y habitual amplificación de la guitarra, se evidenció problemática en los pasajes concertantes, en los que la orquesta transmitió la sensación de tocar ajena al sonido proyectado por el solista; en muchos momentos innecesariamente contenida, como si temiera cubrirlo. El resultado fue una sensación extraña: la rica instrumentación de Rodrigo no terminó de brillar con la plenitud que merece. Momentos tan mágicos como las escalas de la guitarra yuxtapuestas con las distintas secciones orquestales en el primer movimiento o el diálogo en el Allegro final entre el solista y maderas y metales no logró una verdadera unidad de discurso. La propina una delicada recreación de Alfonsina y el mar, devolvió intimidad y poesía a la noche.

El triángulo de color y ritmo que conformaba el programa se cerraba con una de las cimas del impresionismo sinfónico: La Mer. Obra de orquestación deslumbrante, en la que las relaciones dinámicas y los matices internos moldean admirablemente el flujo musical. Sin embargo, a pesar del deslumbrante trabajo orquestal, lo microscópico se impuso a lo macroscópico y De l’aube à midi fue el movimiento más problemático. El tempo tendió a dilatarse y las transiciones dinámicas no siempre encontraron el pulso necesario. Faltó esa sensación de agitación emocional, de respiración cambiante, que convierte la partitura en una experiencia visceral. Por añadidura, se percibieron interferencias sonoras procedentes de la sala que rompieron la atmósfera de concentración.

En Jeux de vagues la versión ganó ligereza y claridad, con un trabajo preciso de maderas y una cuerda más flexible, mejor adaptada a la naturaleza fluida del discurso. Aquí la escritura camerística de Debussy encontró mayor transparencia, y la orquesta volvió a mostrar una cohesión interna que permitió que los detalles aflorasen sin perder estructura. En el Dialogue du vent et de la mer la tensión dramática estuvo bien calibrada. Los metales ofrecieron solidez y la percusión sostuvo firmemente el entramado rítmico. El crescendo final transmitió esa sensación de inevitabilidad que la obra puede llegar a provocar. El resultado global fue el de una versión sólida, cuidadosamente trabajada, pero que no llegó a ser transformadora. La capacidad de esta música para arrastrar al oyente hacia un paisaje sonoro que va más allá de lo descriptivo no se hizo plenamente realidad en esta ocasión.
En cualquier caso, el concierto confirmó el excelente estado de forma de la OSG y su titular, Roberto González-Monjas, y quedó claro que la orquesta posee herramientas, personalidad y repertorio para defender con autoridad este programa más allá de nuestras fronteras.

