Cualquier motivo es bueno para escuchar la música de Arriaga, llamado por muchos, y con razón, el Mozart español. Quién sabe si, de haber superado la veintena y de haber llevado una vida longeva a la manera de Franz Liszt, se hubiera despojado del sobrenombre, y hubiera destacado como una figura significativa, por no decir única, del Romanticismo musical español. Reconocemos de Arriaga su famosa Obertura de Los esclavos felices, sus cuartetos de cuerda, y la Sinfonía en re mayor, “para gran orquesta”, cuya primera edición vio la luz en 1933, mucho tiempo después del fallecimiento del compositor. Y es a esta Sinfonía en re a la que se ha dedicado con notable entusiasmo el ínclito director Sir John Eliot Gardiner, en este último concierto de la Serie Barbieri de Ibermúsica.

No cabe duda de que la Sinfonía de Arriaga contiene elementos inspirados en las grandes sinfonías de Mozart y de Haydn. Hay que señalar que Gardiner ha sabido extraer del conglomerado clásico los elementos propios que convierten a esta composición en una obra personal e independiente de cualquier sinfonía clásica. Quepa como ejemplo la ejecución del intenso Adagio inicial con un singular dramatismo expansivo, que mutaría a un contrastante Allegro vivace en el que destacó el diálogo entre violines y clarinetes. Otro gran logro de su interpretación residió en el equilibrio encontrado en la ejecución del Allegro-Trio, a caballo entre el scherzo y el minueto, que se benefició de un tempo que permitió asumir las virtudes de ambos enfoques.
La interpretación del Concierto para clarinete, K622, de Mozart vino a incidir en el aspecto meritoriamente individual de cada compositor. Lo interpretó en calidad de solista la magnífica Nicola Boud, que, además, presentó para esta ocasión un clarinete bajo, cuyas sonoridades debían estar más próximas a las empleadas a finales del siglo XVIII, por lo que asistimos a un sonido, si cabe, más idiomático. Tuvo también el detalle de explicar al público las peculiaridades de este instrumento. Sin duda, el diálogo entre la solista y The Constellation Orchestra resultó ejemplar, con ambas secciones acomodándose a las amplitudes sonoras requeridas, y contestándose empleando el mismo carácter y la misma articulación. Con todos sus movimientos distinguidos en un tempo elegido con criterio y contraste, resultó una interpretación regida por el equilibrio entre los momentos vivos y desenfadados, junto a un Adagio de fraseo recogido y sobrecogedora expresión. Cuesta entender que no se le reclamara a la solista una propina con mayor intensidad, dada la maestría con la que acometió su labor en el concierto.

A continuación, asistimos a una de las sinfonías más interesantes de Haydn, bien por ser una de las pocas que compuso en tonos menores, bien porque en esta ocasión se pone inesperadamente serio. Ya nos cuentan en el programa de mano que la Sinfonía núm. 49 en fa menor, "La Pasión", está enmarcada dentro del sistema Sturm und Drang. Gardiner y su orquesta condujeron una obra cuyo Adagio se sostuvo más bien en un sombrío recogimiento del que fue saliendo progresivamente, mediante las cuerdas, para alternar en unos compases más luminosos, rítmicos y sosegados, con silencios muy expresivos y elocuentes. El Allegro di molto brindó la oportunidad de asistir a un ejemplo singular de cómo esta orquesta domina el contrapunto y el contraste, modificando el carácter fogoso inicial por uno más calmado y espontáneo, carácter que continuó estable en el Menuet, de tempo correcto y bien acentuado. Y así llegamos al fantástico Finale, un movimiento que se benefició de la intensidad que supo imprimir la formación, dotándolo de un ritmo vertiginoso y obsesivo, que no daba la impresión de resolverse con facilidad, todo un drama sin palabras continuamente a punto de estallar en su fogosa brevedad.
Concierto muy completo, y complejo, como ven, un viaje emocional y estilístico progresivo, desde las audacias de Arriaga y la serena melancolía del clarinete de Mozart, hasta su desembocadura en las sombrías densidades de esta inusual sinfonía de Haydn; con el añadido de poder hacerlo de la mano de Sir John Eliot Gardiner, no en vano, uno de los mayores especialistas del mundo en este repertorio.

