Nos encontramos en esta ocasión ante un evento de singular trascendencia, ante uno de esos conciertos que acontecen rara vez y que, normalmente, despiertan el entusiasmo del oyente con preferencias. A priori, podríamos clasificar este como un concierto dedicado a las sonatas para flauta de Johann Sebastian Bach, toda vez que los componentes de este recital han realizado grabaciones recogiendo juntos este repertorio. Sin embargo, la estructura del recital se ha ideado desde el equilibrio y el contraste, de modo que todos los intérpretes han podido mostrarse igualmente como integrantes de un conjunto y como figuras individuales.

Con tres ejes fundamentales que descansaron en tres sonatas para flauta y sobre las que orbitaron el resto de las obras, se inició el concierto con la Sonata para flauta en mi menor, BWV1034, con su majestuoso Adagio ma non tanto. Ya en este comienzo se percibió un equilibrio notable entre las posibilidades tímbricas de la flauta de Emmanuel Pahud, y el sonido que propuso, más cercano a un timbre aterciopelado y menos brillante, en busca de una elocuencia más centrada en el elemento retórico que en el virtuosismo instrumental, que sin duda algunos podrían considerar más próximos al traverso original. Resultó particularmente introspectiva, sin gran dramatismo pero muy meditativa aun cuando el tempo general de la pieza fue más vivo que pausado.

Posteriormente interpretarían la trepidante Sonata en si menor BWV1030, ambiciosa, de una complejidad magnífica, y resuelta con soltura aun cuando percibimos cómo hasta los más grandes caen en las trampas que va dejando Bach en su partitura. Tal vez un tempo excesivamente vivo para su inicio propició algún desajuste y falta de claridad en algunos pasajes del Andante. Aquí se perfila una especie de diálogo intelectual constante entre flauta y clave, intenso, con marcados cromatismos, y ambos músicos supieron integrarlos a través de una articulación homogénea que facilitó la comprensión del enrevesado tejido armónico. Solo por medio de este diálogo intenso consiguieron los intérpretes otorgar a la interpretación un carácter dramático y artístico, eludiendo el peligro de que sonara simplemente académica y rigurosa.
Entre las grandes sonatas se mostraron también piezas de danza, la Partita para flauta en la menor, BWV1013; y la Suite para violonchelo núm. 3 en do mayor, BWV1009, que interpretó el violonchelista Jonathan Manson. Le vino bien al concierto esta partitura luminosa y expansiva, en contraste con la densidad introspectiva de todas las piezas en tonos menores que nos habían presentado en la primera parte del concierto. Además, Manson ofreció una visión de la suite alejada de la monumentalidad solemne, ofreciendo una interpretación más cercana a la danza estilizada. Respetó y mostró con claridad las especificidades de tempo requeridas para cada danza, proponiendo contrastes entre todas ellas, y especialmente entre las dos Bourrées, antes de culminar la obra con la enérgica Giga.

Y también hubo un momento, un momento grande, inolvidable, para el lucimiento del fantástico Trevor Pinnock, y para el regocijo y asombro de quienes no le habían visto nunca tocar el clave en vivo. Aportó al conjunto su visión de la Fantasía cromática y fuga, siendo la Fantasía un torbellino de corte improvisado plagado de arpegios vertiginosos y exposiciones cromáticas y teatrales, donde se vislumbró una exploración audaz hacia los límites del lenguaje musical. Le contrastó el profundo recitativo inserto en la Fantasía, sin duda uno de los grandes ejemplos de lo que supone declamar la música, y uno de los mayores momentos de todo el recital, con el permiso de la gran fuga cromática.
En conjunto, asistimos, más que a un simple recital de obras de Bach, a un viaje por tres grandes dimensiones del universo del compositor, desde el lirismo vocal de Pahud hasta la brillantez intelectual y representativa propuesta por Pinnock, pasando por el espacio de reflexión y arquitectura estructural del violonchelo de Manson. Vimos como cada intérprete supo aportar su voz única e individual, pero siempre en perfecta sintonía con el espíritu del compositor, y con la necesidad del conjunto instrumental, propiciando con ello un evento artístico verdaderamente significativo.

