La Fundación Juan March abre su temporada musical 2026-2027 con una lectura dinámica y fluida de Andrómeda y Perseo, fábula mitológica de Pedro Calderón de la Barca con música atribuida a Juan Hidalgo. Esta coproducción con el Teatro de la Zarzuela y la Compañía Nacional de Teatro Clásico marca un hito en su ciclo de teatro musical de cámara, al adentrarse por primera vez en el barroco. La incursión se salda con un éxito notable que deja buen sabor de boca y ganas de más.

La fábula había sido encargada por la infanta María Teresa de Austria, futura esposa de Luis XIV, para celebrar la recuperación de su madrastra, la reina Mariana de Austria, que venía de padecer la viruela. Estrenada el 18 de mayo de 1653 en el Coliseo del Buen Retiro de Madrid, tras una treintena de funciones no había vuelto a verse hasta esta recuperación —por tanto, de máximo interés histórico. La música tiene un papel destacado en la obra de teatro. Mediante ella se expresan los personajes sobrenaturales: los humanos solo la emplean cuando cantan como parte de la acción. Así, cuando interactúan dioses y mortales, los primeros cantan y los segundos declaman.

La muy eficaz versión producida por Álvaro Tato condensa el texto, introduciendo un comentario paralelo que guía al espectador por la obra, resumiendo lo cortado y evocando el impacto de la obra —y, especialmente, de su escenografía— en su estreno. La escritura imita el lenguaje calderoniano, con lo cual las transiciones entre lo añadido y el texto original son suaves, sin dejar de ser reconocibles. A pesar de la fuerte reducción de versos, apenas se eliminan personajes, preservándose la complejidad del entramado teatral sin comprometer la legibilidad del argumento. La música original se mantiene toda, introduciéndose además piezas instrumentales de la época para acompañar algunos declamados y una sinfonía de Biagio Marini para dar inicio a la representación. Se altera por tanto el equilibrio entre música y declamación, aunque no la forma en la que se relacionan entre sí.

Que algo tan artificioso funcionase con tanta naturalidad le debe mucho a la ágil dirección escénica de Nuria Castejón y la energía de un reparto joven entregado. Los actores son integrantes de la 7.ª Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Bien preparados por Rafa Castejón en verso clásico, su declamación fue clara y fluida. Destaca el Perseo de Sam Arribas, creíble en su paso de joven airado, asediado por dudas, a héroe. En el papel de su madre, Dánae, Laura Ferrer transmite la angustia de un pasado demasiado presente. Andrea Santos es una Andrómeda noble y fuerte. El contrapunto humorístico lo pone el gracioso Bato, interpretado con soltura y mucha fisicalidad por Julio Montañana Hidalgo.

Aarón Zapico, dirigiendo desde el clave, consigue que la música respire a lo largo de la obra, en todas sus manifestaciones, desde el acompañamiento a declamados —exquisita la forma en la que el clave resaltaba la emoción del soliloquio de Perseo al final del acto I, “Loco pensamiento mío”— hasta los coros en escena y fuera de ella. Las voces de los cantantes empastan bien en los coros y muestran personalidad más marcada en las intervenciones solistas: entre los seis, se reparten una treintena de papeles. Hay momentos de gran belleza a lo largo de la obra, como la primera intervención del coro, respondiendo fuera de escena a Perseo, o el canto de Morfeo, interpretado por Gabriel Díaz, acompañado por la viola da gamba de María Saturno. Quizás la más impactante sería la escena en la guarida de Medusa, en la que sus hermanas Sirene (Alva-Martín) y Libia (Rita Filipe) la velan antes de quedar rendidas: Zapico logra estirar la línea vocal, ralentizando el tempo y alargando las pausas en imitación del sueño que las vence sin que se llegue a romper la tensión.

Castejón no le impone a la obra lecturas paralelas; tampoco mira a otro lado ante la violencia de algunas de las situaciones. El vestuario de Gabriela Salaverri combina ropa de inspiración clásica para los humanos y modelos más fantasiosos y simbólicos para los personajes sobrenaturales, reconocibles por sus atributos. El decorado de Pablo Menor proporciona un espacio despejado en el que elementos móviles y desplegables pueden cambiar rápidamente la configuración. Con medios modestos, y en combinación con la iluminación de Albert Faura, consigue en algunos momentos efectos muy hermosos, inspirados en la fastuosa escenografía original de Baccio del Bianco, como el sueño revelado a Perseo en la gruta de Morfeo, que aparece tras cortinajes traslúcidos.
Queda por ver cómo se traslada esta producción al espacio considerablemente mayor del escenario del Teatro de la Comedia para las funciones de diciembre. En todo caso, es un auténtico privilegio poder asistir a la recuperación de tan significativa obra, tan bien servida.


















