Anunciada como concierto, esta representación semiescenificada de Il Giustino de Antonio Vivaldi ofrecida por la Freiburger Barockorchester respiraba teatro desde los primeros compases y el ritmo no decayó a lo largo de las tres horas de música. Su director musical, el casi octogenario René Jacobs, fue el principal artífice del éxito, reuniendo en torno a sí a un talentoso plantel de solistas —considerablemente alterado respecto del reparto inicialmente previsto— y dirigiendo con esmero la brillante partitura, rica en autocitas y fuente de futuros préstamos, a la que había practicado no pocos cortes e incorporado otros fragmentos de música.

La ausencia de escenografía fue suplida mediante mucho ingenio y una ocupación inteligente del espacio, incluidos el patio de butacas y un palco de proscenio. Se moduló la iluminación de la sala y el escenario para acompañar la acción en cada momento y se crearon efectos sonoros, como el rugido del oso que ataca a Leocasta, surgido de las tripas del contrabajo y del violone. Los cantantes iban caracterizados y el vestuario —poco atractivo, pero eficaz— iba cambiando según avanzaba la trama, ayudando tanto a intérpretes como a espectadores con la construcción de los personajes. Sin más partituras que las que utilizaron de atrezo en la escena final, pudieron entregarse a la interpretación, con diferentes grados de implicación y, eso sí, resultados un tanto dispares.

Sustituyendo a Christophe Dumaux, el contratenor Rémy Brès-Feuillet fue un Giustino convincente, soñador y heroico. Hizo gala de una afinación perfecta, con ataques muy limpios y reservando el portamento para efectos expresivos puntuales. Su voz es ágil y bien proyectada y tanto graves como agudos resonaron hermosos y naturales. Fue absolutamente cautivador en toda su escena inicial, desde la melancólica canción de entrada “Misero è ben colui” hasta el aria del sueño “Bel ristoro de’ mortali”, cantada con enorme delicadeza y musicalidad.

La pareja imperial fue bien servida por la mezzosoprano Olivia Vermeulen en Anastasio y la soprano Kateryna Kasper en Arianna, ambas cómodas en sus respectivas tesituras y con total dominio del estilo. Probablemente la página más célebre de la ópera, el aria “Vedrò con mio diletto” fue en manos de la primera una auténtica delicia, con ornamentos cada vez más elaborados en el da capo. Robin Johannsen dio vida a una Leocasta juvenil con su ágil y radiante soprano, destacando su interpretación de “Senti l’aura che leggiera”, una joya que Vivaldi aprovecharía luego en Farnace y en Bajazet.

Muy divertido el Andronico in travesti de la contralto Sonia Prina, que supo reflejar cierta incomodidad masculina al travestirse de princesa Flavia con una peluca a lo Raffaella Carrà. Vocalmente, también muy expresiva, como en el agitado “È pur dolce ad un’anima amante”, con un acompañamiento casi jazzístico en el pizzicato de contrabajo y violone. El tenor Siyabonga Maqungo perdía fuelle en el registro grave, a veces inaudible, y sufría con las agilidades del papel de Vitaliano. Mark Milhofer construyó admirablemente bien el personaje de Amanzio, revelando gradualmente su naturaleza traidora, pasando de discreto y aparentemente leal cortesano a sutil manipulador para acabar proclamándose emperador. El tenor culminó su actuación en una escena delirante que hizo del aria “Or che cinto ho il crin d’alloro” una exagerada batalla con las trompas naturales, sin que el histrionismo desatado del flamante tirano mermase las excelentes cualidades musicales de su prestación. Los cortes dejaron al Polidarte de Francesc Ortega Martí sin su única aria, pero cumplió bien y con encomiable energía su cometido.

La orquesta estuvo en gran forma. Es tal la riqueza de la partitura, con tantos y tan bellos colores instrumentales tan bien conseguidos, que resultaría difícil —e injusto— destacar a unos músicos en lugar de otros. Fue una magnífica labor de conjunto. Ese mismo espíritu de equipo lo evidenciaban los solistas, perfectamente compenetrados: resolviendo sobre la marcha un imprevisto, Prina, Johannsen y Brès-Feuillet improvisaron una pantomima hasta que pudo retomarse la representación. Entre todos, y bajo la atenta mirada de Jacobs, quien por sus problemas de movilidad dirigía desde una silla, dieron una palpitante lectura de esta obra maestra de Vivaldi. Una gran noche de ópera barroca.

















