Al finalizar su temporada 153, la Orquesta Sinfónica del Estado de México, bajo la dirección del director titular Rodrigo Macías González, rindió homenaje al concertino Félix Parra Aguilera con un programa compuesto por el Concierto para dos violines en re menor de Bach y la Octava sinfonía de Bruckner.

Félix Parra y la violinista azerbaiyana Nana Babayeva se unieron a las cuerdas de la OSEM para el concierto de J. S. Bach. Con Parra sentado y Babayeva de pie, las dos partes de solista no se integraron bien, y el sonido de Babayeva a menudo dominó. La afinación titubeó en ocasiones, sobre todo en los pasajes más rápidos. La ausencia de rubato y de un marcado bajo continuo hicieron que la interpretación resultara algo insulsa, aunque el bis que siguió (la Serenata huasteca de José Alfredo Jiménez) fue más animado. Las deficiencias de la primera mitad del programa se compensaron con la segunda. Macías eligió tempi bastante rápidos, por lo que el primer movimiento pareció más Allegro que Allegro moderato, pero la orquesta claramente había ensayado muy bien, por lo que todo encajó con uniformidad. Los crescendi fueron cuidadosamente medidos, los clímax tuvieron potencias fuertes y la unidad arquitectónica de la obra fue manifiesta. El famoso "anuncio de muerte" de las trompetas al final del movimiento fue escalofriante.

El Scherzo sigiuó un tempo similarmente rápido, pero esta vez le vino bien a la música. La sincronización de la orquesta fue impresionante, especialmente con tantas partes entrelazadas. Las acciaccaturas de los trombones se articularon con fuerza y claridad, ofreciendo una interpretación muy satisfactoria de ese pasaje, con ritmos tan precisos como un reloj. Los dos arpistas también tocaron muy bien, con los arpegios puntuando la música perfectamente. Macías se esmeró en separar bien las secciones, haciendo que la estructura del movimiento fuera muy fácil de seguir. El Adagio fue quizás el movimiento que más sufrió por los tempi rápidos —los momentos iniciales quizás carecieron de la profundidad de la indicación "Solemnemente lento"— pero la orquesta se mostró unida, y una vez más la interpretación de los arpas fue magistral. El esperado clímax —el único momento de la sinfonía en el que se utilizan platillos y triángulos— se ejecutó a la perfección, con la potencia de la orquesta completa resonando por la sala. La ausencia de tubas wagnerianas (las trompas interpretaron las partes) alteró un poco la textura orquestal, pero la interpretación se mantuvo firme de principio a fin.

El Finale se vio reforzado por los tempi que Macías marcó, pues el primer tema galopante rebosaba de energía. La culminación de la sección de exposición, una marcha majestuosa con los timbales impulsando a la orquesta en un fortissimo arrollador, fue ejecutada con maestría, a pesar de una nota aparentemente errónea en uno de los acordes sostenidos de los metales. Encargado de resolver los "puntos pendientes" de la sinfonía y lograr un cierre tonal de forma eficaz, una buena ejecución del Finale debería permitir al oyente reconocer los temas ya presentados a lo largo de la sinfonía, percibir sus manipulaciones y modulaciones, y contextualizarlos en su lugar (armónica, rítmica y melódicamente). La visión unificadora de Macías permitió que esto se hiciera realidad: en cada momento en que se presentó material temático, desarrollándolo y yuxtaponiéndolo con otro material, la consistencia de la interpretación y la alta destreza técnica de la orquesta hicieron que la estructura quedara clara.

A medida que se desarrolló la coda, repasando y resolviendo temas de los cuatro movimientos de la sinfonía, algunos no eran tan audibles como otros (en parte debido a la falta de tubas wagnerianas), pero en general había una fuerte sensación de cohesión, y la sinfonía cerró con un triunfo tremendo, cerrando una de las mejores interpretaciones que he escuchado de la Octava sinfonía.

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