La Música callada no es para ser oída, decía Mompou, sino para ser sentida. De tal forma nos lo han explicado a los asistentes a este concierto, micrófono en mano, con carácter previo a la interpretación de Mario Prisuelos, en el Ateneo de Madrid. Por la misma razón, parece lícito decir que esta música no necesita ser explicada, sino sentida, y que nos sobran, por tanto, las explicaciones orales, y las escritas en el programa de mano. ¿Necesita la audiencia que se le detalle, una por una, la idiosincrasia de cada pieza con expresiones tales como “despojada de cualquier adorno técnico”, “sensación de recogimiento espiritual y misterio”, “cada nota parece una gota de luz”, “fluidez suave y transparente”? Tal vez no, pero habrá quien sugiera que, aún no siendo para oírla, conviene ilustrar al oyente sobre lo que se va a escuchar, o a sentir.

Mario Prisuelos © Samuel Megía Trejo | Fundación Piu Mosso
Mario Prisuelos
© Samuel Megía Trejo | Fundación Piu Mosso

El caso es que, salvando estas digresiones, hemos tenido el acierto de asistir a una interpretación integral de la obra en las manos de Mario Prisuelos, pianista madrileño. Prisuelos ha recibido las enseñanzas de Humberto Quagliata, de quien nos dicen que trabajó la obra con el propio Mompou, por lo que, de antemano, presuponemos una interpretación idiomática y profunda.

Destacamos, en primer término, el mayor logro estructural de dotar a todo el conjunto de un criterio unificador sensato. Tratándose de cuatro cuadernos redactados entre 1959 y 1967, de dimensiones y estructuras heterogéneas, fue interpretado sin solución de continuidad, con apenas pausa entre las piezas. De esta forma, además de por las habilidades textuales de la composición, resultó que el continuado tiempo de exposición a esta estética redundó en el resultado contemplativo, más propio de una meditación íntima que de una audición musical.

Asistimos, también, a una precisión interesante respecto al sonido y las relaciones armónicas que presenta la partitura. Aquí, las habituales tensiones producidas por las disonancias no se dan de la manera tradicional, ni se resuelven plácidamente. Mérito de Prisuelos el de haber sabido dotar a estas notas del tiempo y la tensión justa para generar una presencia y permitirle, luego, una extinción progresiva y significativa. No siempre le acompañó la mecánica del piano, y en ocasiones le vimos tener que esforzarse en resolver algún problema producido por el pedal de resonancia, afectando a algunos finales, o persistiendo, de vez en cuando, en sonoridades muy amplias.

Mario Prisuelos en el Ateneo de Madrid © Samuel Megía Trejo | Fundación Piu Mosso
Mario Prisuelos en el Ateneo de Madrid
© Samuel Megía Trejo | Fundación Piu Mosso

En todo caso, y obviando estos pequeños desajustes del propio mecanismo del piano y de la acústica de la sala, asistimos a un recital donde la resonancia no se percibió como un simple efecto acústico, sino como elemento fundamental de la experiencia musical. También la estructura y el carácter individual de las piezas se beneficiaron de la maestría de Prisuelos, que aún generando un enfoque especialmente introspectivo en la línea general, permitió atender a los contrastes planteados en los episodios más vivos, o más enérgicos.

Con todo, podríamos apuntar como mérito mayor el haber sabido lograr que entendamos el silencio como una parte esencial y comunicativa de la propia música, y no como la mera sensación que se queda cuando esta termina. De esta forma, consiguió que, por un momento, el silencio tuviera una presencia significativa y sobrecogedora, dejándonos, al término del recital, en el mundo de una ideal soledad sonora.