Hay conciertos que se construyen con inteligencia, pero cuyo resultado final depende de delicados equilibrios. El ofrecido por la Real Filharmonía de Galicia en el Auditorio de Galicia respondía a una de esas programaciones bien planteadas, articuladas en torno a tres ejes de interés. En primer lugar, el estreno de una obra de José María Sánchez-Verdú, puntal de la creación actual europea. A continuación, un gran concierto para piano del siglo XX, el Segundo de Bartók, obra de enorme exigencia y, tal vez por ello, menos frecuente de lo que cabría esperar. Y, como cierre previsto, la Sinfonía núm. 2 de Henri Dutilleux, que prometía dar al conjunto una atinada coherencia estética. La sustitución de esta última por la Sinfonía en re menor de Franck hizo tambalear ese equilibrio inicial. Sin embargo, lo cierto es que esta última obra, con su riqueza melódica, constituía también un eficaz atractivo. Resulta, por tanto, difícil de explicar que, incluso con un solista tan mediático como Juan Floristán, la sala presentase menos de tres cuartas partes de ocupación. Un dato que invita a la reflexión.

La velada se abrió con Cárcel de amor, partitura de Sánchez-Verdú inscrita en el ciclo Cometas y concebida “como un pequeño regalo a la orquesta”. Estamos ante una escritura concentrada, menos aforística de lo que es habitual en su lenguaje, repleta de recursos orquestales que exigen una precisión tímbrica extrema y un control refinado de las dinámicas. Desde el inicio, Verdú plantea una tensión interna muy marcada: las maderas tratan de abrirse paso entre una textura densa y opresiva (“rejas” a las que alude el compositor), generando una sensación de fricción que desemboca en un clímax prolongado, en el que la materia sonora se densifica y las emociones se amplifican con una inmediatez poco habitual en su escritura. Al final queda en el aire una sensación de interrogante que la propia explicación del compositor, “metáfora de un amor no correspondido”, apenas resuelve. Quizá por ello se echó en falta su presencia en el encuentro previo con el público.

El gran foco de atracción era, sin duda, Juan Floristán, mediático no solo por su indiscutible virtuosismo, sino por su capacidad de conexión directa con el público, tal como evidenció en su ameno discurso en la charla preconcierto. En el Segundo de Bartók, Floristán desplegó una interpretación de bravura, en la que lo físico, como él mismo había anticipado, jugó un papel determinante. Floristán salvó con facilidad las exigencias rítmicas y mecánicas de una composición que apenas concede tregua. Pero el concierto es también una obra de equilibrios delicados. La presencia de los metales, especialmente en los movimientos extremos, resulta crucial, pues estos establecen una línea de tensión continua frente al piano, con una sonoridad incisiva, casi agresiva, que define buena parte del carácter de la obra. En este punto, la versión dejó algunas fisuras: faltó precisión y homogeneidad en momentos clave, lo que debilitó ese contraste. El Adagio ofreció algunos de los pasajes más sugerentes de la noche, a la vez que permitió el lucimiento de Floristán en el Presto central, exhibiendo precisión y una claridad rítmica impecable. Su intervención se cerró con autoridad, combinando virtuosismo, control rítmico férreo, y resolviendo con claridad la escritura casi percusiva del Allegro final. Como propina, la evocadora Abetos de Sibelius.

La Sinfonía de Franck encontró en Baldur Brönnimann una lectura tensa e intensa, de tempi ágiles y con clara voluntad de subrayar los contrastes. El Lento-Allegro, evitó excesivas densidades, desplegando más claridad que gravedad. Hubo impulso y carácter, y una dirección que evitó caer en la pesadez. Sin embargo, la apuesta por dinámicas muy extremas resultó efectista (y algo molesta en una sala de dimensiones reducidas) e hizo que se diluyese parcialmente la continuidad orgánica de la sinfonía. El Allegretto mostró un discurso fluido, manteniendo un pulso interno y dirección narrativa. El Final fue muy vivo, afirmativo y enérgico, más que solemne. En resumen, una versión convincente en lo inmediato, pero algo menos en la articulación profunda del discurso.
La orquesta, con un mayor grado de ajuste, podría haber dado vida a una construcción más sólida. Pero lo cierto es que este tipo de repertorio obliga a la RFG a recurrir a refuerzos para poder afrontarlo con garantías: alumnos de la Escuela de Altos Estudios Musicales, junto a músicos invitados hicieron que apenas dos tercios de los intérpretes sobre el escenario pertenecieran a la plantilla estable. Más allá del excelente nivel mostrado por estos refuerzos, lo cierto es que una orquesta necesita un núcleo estable que permita desarrollar un sonido propio y una identidad compartida.

