Justo antes del la del oboe para afinar a la orquesta, sobre el telón del Liceu se proyectó un avance de la próxima producción en el teatro, que será Die Zauberflöte de Suzanne Andrade y Barrie Kosky, ambientada en el cine mudo de principios del siglo XX. La Bohème de Johnathan Miller con Monogarova y Rucinski funcionó igual que una buena película, en una noche más cercana al mundo del celuloide que al de la lírica.

Una escena con Matthew Polenzani y Tatiana Monogarova © A. Bofill
Una escena con Matthew Polenzani y Tatiana Monogarova
© A. Bofill

La obra de Puccini pasa por ser una de las puertas más seguras para adentrarse en el mundo de la ópera, con una duración breve y una trama fácil de seguir para todo el que la escuche. En el Liceu, Tatiana Monogarova y Matthew Polenzani fueron esa pareja de enamorados que son Mimí y Rodolfo, consiguiendo al final de la función convencer al público. Monogarova compuso una florista que, aunque empezó un poco fría tanto en lo vocal como en lo actoral, fue ganando enteros durante la función. Posee una voz que se mueve mejor en una tesitura más baja, y tal vez no tiene el brillo de otras sopranos de referencia, pero supo llevar a su terreno el regalo que Puccini hizo para las cantantes con este rol. Polenzani es un tenor de bello timbre y una proyección correcta, fue un lástima que se viera lastrado por la idea de colocar el ático de los artistas a cuatro metros de altura en el escenario, perdiéndose un poco el volumen de las voces. Así, el dúo Che gélida manina no estuvo del todo brillante que se esperaba, al igual que el Mi chiamano Mimí. No fue hasta la escena de los adioses donde se pudo volver a coger las riendas de los personajes. En el cuadro IV, lugar donde la pareja protagonista debe echar el resto entre las idas y venidas de los leitmotiven puccinianos, Monogarova y Polenzani supieron entregarse aunque les faltara un punto de desgarro en sus interpretaciones. Su nivel no fue estratosférico, a lo que hay que sumarle que quien más y quien menos tenemos una Mimí y un Rodolfo ideales, pero cumplieron con el mandato de Puccini de hacer creíbles sus roles.

Ya metidos en el Café de Momus, comprobamos la seducción de la Musseta que compuso Nathalie Manfrino y que debutaba en el Liceu. Le puso sal a la trama y declaró su temperamento y sus buenas maneras vocales en Cuando m’en vo. También cumplió con su papel Artur Rucinski como el pintor Marcello. El cantante polaco de hecho fue el que mejor acertó a iniciar la obra, en un ático de artistas un poco insulso. Brilló en su dúo con Mimí al principio del Cuadro III, en una bella escenografía de las nevadas calles de París, y acabó de redondear su actuación con un meritorio cuarteto de final de cuadro, junto a los otros enamorados. Ya en el cuadro IV, y de vuelta en el ático bohemio, pudimos disfrutar de la noble voz del Colline de Paul Gay, que en su famosa aria Vecchia zimarra nos hizo ver el carácter del más tímido del cuarteto masculino. Una voz de barítono, dulce y de timbre muy adecuado para el personaje “bonachón” de Colline.

Correcto estuvo el asturiano David Menéndez como Schaunard en un rol breve pero meritorio. Como también cumplio Fernado Latorre con sus Benoit/Alcindoro, acentuando el carácter de lascivo (aunque despistado) de los personajes. El coro en esta obra centra su aparición en la explanada del café de Momus y tiene que lidiar casi siempre con una escenografía y movimientos de escena importantes. A pesar de no ser una intervención demasiado lucida, supo cumplir con creces su cometido.

La dirección de Piollet fue correcta sin más, con una orquesta que ya nos tiene acostumbrados a muy buenas lecturas, y donde la batuta del director es cada vez más visible. No abusó de las dinámicas en la orquesta, para evitar tapar a los cantantes, y aunque dio muestras de alguna rigidez en los números de conjunto, su concertación fue en todo momento correcta. Lástima no haber echado más leña al fuego tanto en el principio brillante de la obra como en un final que, con el acorde de trompas, nos devuelve a la verdad de la vida y la muerte.

En definitiva, una Bohème que se asemeja un poco a ir al cine a ver una de tus películas favoritas: tal vez no fue de Oscar, pero gustó a un público que siempre agradece su programación.

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