El CNDM tiene debilidad por los maratones, todos ellos de muy distinto calado, y que suelen ser recibidos por el público con una mezcla de alborozo y cariño: Tchaikovsky el fin de semana pasado, Schubert durante el último mes. La pretensión era realizar una integral (con sus matices) de sus sonatas en varios días, contraponiendo el lenguaje otoñal de la primera escuela de Viena de principios del XIX con piezas de la más combativa Segunda. La amalgama funciona, y la pieza de Schönberg inserta entre las del austríaco se significa en ese contexto y nos da pistas sobe el desarrollo exponencial de las capacidades compositivas de aquel a quien acompaña. De hecho, al ampliar el marco referencial del concierto, algunos de los elementos introducidos en la última sonata de Schubert, del año 1828, se hacen más inteligibles y muestran una modernidad que resulta chocante al terreno desbrozado en apenas doce años.

La pianista Elisabeth Leonskaja durante el concierto en el Auditorio Nacional © CNDM
La pianista Elisabeth Leonskaja durante el concierto en el Auditorio Nacional
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La interpretación (que no el programa) estuvo planificada con un importante sentido de la dramaturgia, como si procurara aplicar las máximas aristotélicas al sencillo devenir de un concierto, con su planteamiento, nudo y desenlace y su necesidad de representar entre tantas notas si no a la realidad, sí a algo que se le parece bastante. Pianismo, en definitiva, con vocación de mímesis. Empezó Leonskaja por un Schubert de salón (Sonata en do mayor [inacabada], D.279/346), planificado bajo mínimos y pronunciado con bastante prisa, algo que se evidenciaba en el poco cuidado que la pianista ponía en la factura y calidad de emisión de las notas finales de frases, secciones o movimientos. Fue una sorprendente pubertad creativa en un territorio, por lo general, interpretado desde una óptica más madura.

Leonskaja dedicó el programa a Schubert © CNDM
Leonskaja dedicó el programa a Schubert
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El nudo del concierto empezó con la Suite, Op.25 de A. Schönberg, que se mueve en una corriente estética y expresiva muy distinta y requiere un trabajo de asimilación previo por parte de la pianista muy volcado en el plano de lo tímbrico. Aquí se matizó mucho más, se fomentó la atmósfera irreal que propicia una escritura tan puntillista y la falta de asideros tonales fue usada como un potente recurso de expresión íntima, abriendo una especie de tragaluz intenso a una realidad escondida. El acercamiento más intelectual que sentimental hacia la Sonata en la menor [inacabada], D.505/625, donde se acentúan los tejidos contrapuntísticos de la obra y los patrones rítmicos, recordaron a Emil Gilels y a su proceso interno de construcción de las obras románticas, con esas arquitecturas tan bien planificadas y siempre coherentes.

Pero con todo, el centro gravitatorio real del concierto, el desenlace, fue la Sonata en si bemol mayor, D.960, que ocupaba toda la segunda parte de la velada. Desde el acorde inicial se entendió que el sitio al que parecíamos huir durante la primera parte era este, y la transfiguración de la pianista fue total. Acercarse a esta obra, escrita desde algún lugar entre la genialidad y la fiebre, requiere del intérprete una implicación casi dolorosa que sólo algunos como Sviatoslav Richter han conseguido. Los trinos de Leonskaja son una forma de deletrear ese dolor, dando a cada nota un peso específico, un significado propio. La pianista ucraniana jugó magníficamente con la intensidad de su caída de manos y dio entidad a cada motivo melódico sin dejarse lleva en exceso por una cantabilidad romántica no siempre pretendida. Ataques furiosos cuando se requerían, rubati sin pirotecnia y amargura contenida configuraron su forma de entender Schubert, un Schubert que a veces daña, al que es difícil mantenerle la mirada.

La ovación del público fue lógica y prolongada. Luego los bises se agradecieron, pero no fueron otra cosa que pintar de blanco un lienzo en blanco. Lo importante, sin duda, ya había ocurrido.

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