David Afkham sigue manteniendo el altísimo nivel con el que ha venido desarrollando su labor al frente de la Orquesta Nacional de España. En esta ocasión lo ha hecho a través de una ópera en versión concierto, Elektra, acompañado de un magnífico reparto. Habría que hablar más bien de una versión semiescenificada, una interpretación que, a pesar de la ausencia de decorados, vestuario y prácticamente de espacio escénico, llevó la experiencia mucho más cerca de la ópera que del recital. Todo ello con mínimos recursos teatrales –algo de iluminación y utilización de los asientos del coro– y por supuesto, con la experiencia inestimable de unos artistas bien curtidos teatralmente.

<i>Elektra</i> de Strauss en el Auditorio Nacional © Rafa Martín
Elektra de Strauss en el Auditorio Nacional
© Rafa Martín

El papel de la protagonista suele encomendarse a cantantes de gran caudal y potencia que además puedan desarrollar las tradicionales exigencias dramáticas del rol: enajenación y locura obsesiva. Frente a estas lecturas, la norteamericana Lise Lindstrom, la gran estrella de la noche, encarnó una soberbia pero atípica Elektra. La calidad vocal destacó frente a cualquier otro aspecto de su interpretación. Posee un timbre terso, broncíneo y rebosante de salud, un bellísimo color bien propio de una soprano lírica. Pero esto no es todo, su naturaleza dramática quedó clara desde su primera aparición, poderosísimos agudos lacerantes y siempre colocados, primorosamente afinados e impecablemente controlados. Lejos de las habituales ferocidades y frenesíes, es la suya una Elektra victoriana –más de salón que de manicomio–, serena, reflexiva, de cristalina dicción, en la que las pulsiones destructoras se adivinan, pero no se exhiben. Un retrato de resistencias neuróticas más que de deseos desnudos, en una heroína de hielo que, una vez hemos abandonados los prejuicios, nos seduce por su incontestable excelencia vocal.

El resto del reparto ofreció una calidad similar en lo vocal, complementados con una mayor potencia dramática, un festival de goce para estómagos y oídos. Si en el caso de la Elektra de Lindstrom es posible obviar el aspecto dramático y abandonarse al disfrute pleno de los sonidos, la Clitemnestra de Anna Larsson ofreció un espectáculo teatral redondo, desde su entrada a la sala no hay duda de que nos hallamos ante la legítima reina de Micenas. Su actuación vocal se cimienta en un tercio central rotundo, y unas modulaciones vocales siempre al servicio de la expresividad dramática. El relato de sus pesadillas, sobrecoge y fascina por partes iguales. La tercera víctima de esta familia disfuncional es la Crisótemis de Manuela Uhl, desesperada por su destino y anhelante de normalidad. Esta curtida wagneriana ofreció un retrato de turbación más acusado que el de su hermana, una excelente e intensa actuación, tan solo manchada por algunas notas poco afinadas en los momentos de mayor ímpetu expresivo. Nada importante; una vez más, el carácter hiperexpresivo y visceral de la partitura permite estos episodios de oportuno descontrol. Completan el reparto el categórico e imperativo Orestes de Andrew Foster y el Egisto de Robert Künzli, cantado con una dignidad que le coloca más allá de la habitual caricatura. Es encomiable el trabajo de Rafael R. Villalobos exprimiendo al máximo los contados recursos escénicos, desde las sirvientas a modo de furias en los bancos del coro, a la novedad de situar en la sala al difunto Agamenón. Un papel encomendado al convulsivo baile de Pedro Beyärdes, que funcionó bien en las primeras escenas conmemorativas, pero rozaron lo imposible en el encuentro final con una Elektra delirante.

Lise Lindstrom y Manuela Uhl; en el podio, David Afkham al frente de la ONE © Rafa Martín
Lise Lindstrom y Manuela Uhl; en el podio, David Afkham al frente de la ONE
© Rafa Martín

Afkham, lo mejor que le ha pasado al Madrid musical en mucho tiempo, volvió a brillar y a dar alegrías a los aficionados. Apostó por una lectura lírica de la partitura, suavizando sus cortes abruptos, y sacrificando los extravagantes colores straussianos para resaltar la continuidad narrativa, inteligente decisión para para una versión semiescenificada. Realizó una interpretación fluida, de emociones mantenidas siempre al límite, dominada por una sección de cuerdas poderosa y flexible, aunque algo falta de brillo. Destacó su atención a los momentos más hermosos de la composición, en los que recuperó esos instantes de belleza arrebatadora que hacen de esta obra mucho más que energía desatada. Como muestra, ese dúo final de las hermanas que en sus manos nos transporta inevitablemente al Rosenkavalier.

Con esta Elektra, la OCNE y su director principal repiten el éxito cosechado el año pasado con El holandés errante. Ratifican sus capacidades para el repertorio lírico y proporcionan valiosas opciones a los aficionados madrileños que, para escuchar una excelente ópera, pueden jugársela en la ruleta del Teatro Real, o evitar riesgos y acudir a la cita anual con Afkham en el Auditorio Nacional.

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