A mitad de camino entre dos géneros tan aparentemente incompatibles como una enorme sinfonía y un ciclo de canciones, Das Lied von der Erde es un rareza bien establecida en el repertorio. Una obra imprescindible, difícil por las fuerzas orquestales que maneja y por requerir la apertura de una ventana a lo más íntimo que hay en una despedida y sumergirnos en las profundidades de la muerte y la esperanza. Además, éste prometía ser uno de los platos fuertes de la temporada, por la calidad y el nombre de los cantantes, y por la apuesta por el talento nacional de la mano de Miguel Romea. Una combinación interesante sobre el papel que, una vez ejecutada, nos llevó más al terreno de la desilusión que a ningún otro de los sentimientos que conforman la composición de esta compleja obra.

La mezzosoprano alemana Waltraud Meier © Nomi Baumgartl
La mezzosoprano alemana Waltraud Meier
© Nomi Baumgartl

Waltraud Meier ha sido y será la wagneriana de referencia de las últimas décadas. Sus retratos de Kundry e Isolda son difícilmente superables en términos de credibilidad y de caracterización psicológica.  Su voz nos ha hecho temblar de emoción tantas veces que la comparación con ella misma es inevitable. Se encuentra en retirada -ya ha abandonado esos dos papeles con los que ha hecho historia- y su actuación en estas representaciones evidencia las razones. Meier sigue teniendo la inteligencia dramática y la presencia escénica que han sido su seña de identidad pero sufre las limitaciones de sus actuales medios vocales. El tercio grave ha desaparecido casi por completo y el registro medio, pequeño, se descoloca y nos hace sufrir con demasiada frecuencia. Tras un comienzo discreto, pareció reservar sus fuerzas para su tercera intervención, el grandioso movimiento final de despedida, pero no fue suficiente. Hubo entonces algunos instante líricos, de cierta belleza lejana pero sin la profundidad transcendental que uno espera de esta obra, rematados con unos “Ewig“ finales deslucidos. Es, en todo caso, una actriz-cantante que ha entrado en la categoría de leyenda y cada una de sus actuaciones debe juzgarse bajo los parámetros de su legado a la historia del drama musical.

Su contrapartida, Robert Dean Smith, su compañero como Tristán en tantas ocasiones, disfruta de mejor estado vocal. Sin embargo tuvo que enfrentarse a dos dificultades: las tremendas exigencias de la obra de Mahler, que le hacen competir con una enrome orquesta en estado de desenfreno; y la intención del director de poner el volumen a límite. Como quien lucha contra una avalancha, tuvo que sacar lo mejor del Heldentenor que lleva dentro para no ahogarse en ese mar de sonido. Salió victorioso, pero a duras penas y siempre a costa de los detalles expresivos.

Miguel Romea apostó por una lectura de la partitura directa y frontal. Como se ha dicho, disfrutó de las posibilidades de una orquesta a plena potencia -en algunos momentos excesiva- y los reforzó a costa de la trasparencia y los detalles. Llevó a un segundo plano la riqueza tímbrica de la composición y las posibilidades de los colores orquestales. Apostó por un balance dominado por los vientos e hizo un manejo de los tiempos estricto, que resultó en una interpretación sin demasiada pasión. Así, es difícil reconocer algunas de las sensaciones más evocadoras que caracterizan las obras de Mahler y su Canción de la Tierra en particular. La belleza y potencia de la música están ahí, pero se expresan de un modo frío, unidimensional, haciendo de ese enorme adiós nostálgico algo hueco, olvidándose de lo que algunos creemos que es su esencia: la transcendencia de lo eterno.

La OCNE comenzó el año con una Segunda de Mahler estremecedora, absolutamente memorable a manos de un Afkahn que se ganó el respeto inmediato como director titular. Esperábamos que la hazaña hubiera podido repetirse. No fue así. A cambio tuvimos una exhibición desapasionada de una de las músicas más extraordinarias que se han escrito y, sobre todo, la melancolía por una de las más grandes cantantes contemporáneas que se nos despide. Una inesperada fuente de nostalgia que, aunque imprescindible para esta obra, faltó en la interpretación.

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