Pocos compositores encajan mejor bajo el apelativo de "Malditos" –hilo conductor de la temporada 2015-16 de la ONE– que el protagonista de su concierto inaugural, Gustav Mahler. Es la "Resurrección", sin embargo, una afirmativa expresión del credo artístico del compositor. En su verso "Con las alas que yo mismo conseguí, me elevaré hacia la luz que ninguna mirada ha traspasado" condensa Mahler el sentido de la sinfonía y de su propia vida: sólo a través de la creación artística puede el ser humano alcanzar la trascendencia.

Es la Resurrección una obra genuinamente conmemorativa, no sorprende, por tanto, que David Afkham la eligiese para el arranque de la que es oficialmente su primera temporada como director titular de la ONE. Sin embargo, abordar esta sinfonía no está exento de riesgos, máxime cuando el bagaje mahleriano de Afkham todavía no es notable. En España sólo una Cuarta con la Gustav Mahler Jugendorchester y una Primera en la temporada de la Nacional.

La Orquesta y Coro Nacionales de España al final del concierto de apertura © OCNE
La Orquesta y Coro Nacionales de España al final del concierto de apertura
© OCNE

Su dirección despejó cualquier tipo de dudas. Afkham gestionó cabalmente la partitura, tanto a nivel microscópico como en lo macroscópico, pero sin caer nunca en lo episódico. Fue la claridad –aspecto prioritario para el Mahler director– una de sus mayores virtudes. A ella se unió su habilidad para conferir a la interpretación a la vez concisión y dramatismo, pero huyendo de cualquier concesión retórica. No fue una Segunda objetivista, pues Afkham explotó al máximo las posibilidades expresivas que la partitura ofrece, incluso en los momentos más efectivos –que no efectistas– de la obra.

Así, en el "Allegro maestoso" hubo un máximo contraste dinámico, con unos clímax impactantes. El mejor ejemplo fue la abrumadora realización del cataclísmico Molto pesante. También deslumbró la forma en que enlazó este clímax con la inmediata reexposición, plena de mordacidad.

El "Andante moderato" fue sin embargo desconcertante. Tempi vertiginoso y sin la más mínima concesión al lirismo, fue digno de un Boulez. El carácter nostálgico del movimiento brilló por su ausencia. Únicamente el tono popular de su "Ländler" fue oportunamente acentuado.

En el "Scherzo" la concepción de Afkham recuperó la lucidez inicial. Sin embargo, en este caso la realización orquestal no fue tan exuberante como uno esperaría de esta onírica sucesión de marchas, fanfarrias, valses, etc.

Con el "Urlicht", la interpretación recuperó su intensidad inicial para ya no abandonarla en ningún momento. Christiane Stotijn no es una contralto que impacte por su registro grave, pero sí está dotada de una inmensa musicalidad. Acompañada de unos metales sublimes, su O Röschen Rot! y su im himmel sein hicieron que el tiempo se detuviese en el Auditorio. Kate Royal estuvo sin embargo más discreta en su intervención en el Final. Le lastró un incómodo vibrato y su incapacidad para fusionar su línea vocal con el coro en la primera parte del Auferstehen.

En el complejo fresco final, Afkham deslumbró nuevamente. Mudó radicalmente su concepción de la agógica y optó por un tiempo más ceremonioso. El fantasma de lo episódico fue ahuyentado con la mejor arma: intervenciones orquestales proverbiales. Las maderas estuvieron extraordinarias en el anticipo del O glaube, y abrumadoras la fanfarria del Dies irae y el crescendo de la percusión previo a la "Marcha de los muertos".

Con el Auferstehen hizo su aparición el otro gran protagonista de la noche: el Coro Nacional de España. Una estrella inesperada pues no recordaba haber escuchado al coro en semejante estado de gracia. De hecho, sus efectivos –unos ochenta– a priori me parecían insuficientes. No podía estar más equivocado. Su actuación fue prodigiosa: sutilísima en su pianissimo inicial y titánica en el gran coro final, conjugando fuerza y afinación.

En cuanto a la orquesta, estuvo a un excelente nivel de virtuosismo. Sin embargo, hubo bajones de intensidad, especialmente por parte de la cuerda. Probablemente influyó la disposición antifonal de los violines. Aunque esta ubicación realza el diálogo entre ambas secciones –por ejemplo en la deliciosa sección en pizzicati del Andante–, no está exenta de problemas: resta cuerpo al sonido global de los violines y es un reto añadido para los violinistas. Inevitablemente se genera una inseguridad que "invita" a una cierta cautela.

Gran acierto en la disposición y la intervención de la banda en la lejanía, con un buen equilibrio con el escenario e interpretación impecable. Incluso las mejores orquestas tienen dificultades para reforzarse en este aspecto, pero la Nacional puede presumir no sólo de la calidad, sino también de la cantidad de excelentes músicos.

En definitiva, el joven Afkham salió fortalecido de su arriesgada apuesta mahleriana. Herbert Blomstedt ha reiterado en más de una ocasión que los directores jóvenes deberían dirigir mucho más Haydn y Mozart que Mahler. Probablemente sea así, pero Afkham es sin duda la excepción que confirma la regla. Su exitosa Segunda marca un hito en la historia de la Nacional de España.