La música de Offenbach lleva tiempo reivindicándose a sí misma, por suerte más allá de Los cuentos de Hoffmann que siempre han estado, más o menos discretamente, en escena. La paleta de colores, la exuberancia tímbrica y la profusión melódica cristalizan en Hoffmann, pero ya sobrevolaban en la música del autor mucho antes, y una partitura como la de La gran duquesa de Gerolstein preludia ciertos matices y evidencia algunos recorridos pioneros. Eso no quita que la partitura esté trufada de lugares comunes en el género, de bailes incrustados, de tipos actorales fijos o sobreentendidos ya muy evidentes.

Andeka Gorrotxategi como Fritz © Fernando Marcos
Andeka Gorrotxategi como Fritz
© Fernando Marcos

La propuesta de adaptación del Teatro de la Zarzuela lleva a su territorio la opereta, pero en la traducción se pierde algo del sentido crítico original hacia el dislate bélico francés y, más importante todavía, mucho del cuestionamiento del compositor hacia el público, a quien en cierta forma adoctrina y moraliza con melodías de una pretendida candidez y armonías de escuela. La labor de Cristóbal Soler en este sentido es encomiable: se trata de dar coherencia a un libro podado que respira entre cancanes y marchas, y procurar que tanto pim-pam-pum no decaiga en las cerca de tres horas que dura. Lo consiguió dirigiendo con brío pero sin crispar, con un pulso milimétrico e intentando aportar colores tímbricos donde la partitura lo permitía. Buen trabajo de la ORCAM, si no brillante sí bastante bien resuelto.

El montaje venía envuelto en la escenografía resucitada de Pier Luigi Pizzi de 1996, que ya en su día no fue de sus mejores trabajos, y que de tan sencilla llega a abúlica (¿tres actos con idéntico escenario?), además de no haber envejecido con dignidad. Luces azul tenue y tres casetas entre lo militar y lo playero tampoco dan para grandes alegrías, por mucho que giren sobre sí mismas. La dirección de escena estaba supervisada por Massimo Gasparon, y se echó en falta algo de equilibrio en la distribución de masas corales y un mejor aprovechamiento de la pasarela que circundaba el foso. En cualquier caso, las coreografías de algunos números pecaron de rancias, como la que colocaba al general Bum persiguiendo por medio escenario a un grupo de mujeres para pellizacarlas el trasero frente al alborozo de éstas.

Nicola Beller Carbone y Andeka Gorrotxategi © Fernando Marcos
Nicola Beller Carbone y Andeka Gorrotxategi
© Fernando Marcos

Los cantantes se ajustaron bastante a los arquetipos zarzueleros, en esa especie commedia dell'Arte hispana en la que se han acabado convirtiendo las propuestas escénicas de los últimos años, repetitivas en sus modelos cómicos hasta la saciedad. Nicola Beller Carbone (la gran Duquesa) cantó con un vibrato natural muy pronunciado siempre al servicio del personaje, y se movió con soltura en el plano actoral sin caer en lo histriónico. Fue el personaje más redondo. El Fritz de Andeka Gorrotxategi es propio del “landismo”, es decir, reflejo de ese galán inexplicable que conquista por misteriosos dones que nunca aparecen en escena pero que hay que sobreentender. Si se aceptaba ese punto de partida, se podía disfrutar de una voz bien timbrada y con proyección que se mueve por todo el registro sin presentar fisuras ni tampoco deslumbres. Elena de la Merced se hizo cargo del personaje de Wanda, que merecería más espacio en la opereta pero apenas tiene dos amagos de coloratura bien defendidos. Manuel de Diego (Puck), César San Martín (Bum) y Gustavo Peña (Pol) conformaron un trío que funcionaba mejor en conjunto que por separado, como demostró el genial terceto del segundo acto donde lo musical y lo onomatopéyico de sus nombres se funden con la orquesta a la par que conspiran.

En resumen, un nuevo título disfrutable en general pero poco cuidado en los detalles, delineado con brocha gorda y que no acaba de despegar, quedando en las afueras del ideal de recuperación del repertorio de Offenbach que, por ejemplo, lleva a cabo Minkowski en Francia.  

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