Con un Palau de la Música Catalana bastante concurrido y en un evidente estado de madurez, en parte fortalecida por las numerosas incorporaciones jóvenes en sus atriles, la Orquestra Simfònica del Vallès ofreció un programa aparentemente heterogéneo y concebido para el efectismo pero, en realidad muy bien articulado mediante una idea de fondo sólida e inteligente: cuatro compositores rusos dialogando con la tradición italiana desde ópticas y estéticas radicalmente distintas. En este sentido hay que reconocer otro acierto de programación de Jordi Cos, quien además, tras casi dos décadas como presidente de la orquesta sigue subiendo al escenario y tocando como un músico más.

En esta ocasión, la directora británica Catherine Larsen-Maguire, de gesto claro y dirección sobria, demostró eficacia en la administración de tensiones y particularmente atenta a la transparencia de planos en Il sogno di Stabat Mater de Lera Auerbach, una partitura concebida como una suerte de sueño, eco o prolongación emocional del célebre Stabat Mater de Pergolesi. Lejos de cualquier revisión arqueológica, la compositora rusa emplea materiales que evocan el original barroco para construir un espacio expresivo contemporáneo donde maternidad, pérdida y drama se funden en un discurso de gran densidad emocional y también sonora en los instrumentos de cuerda. La obra, concebida como una especie de concerto grosso y estructurada en una única sección continua, alterna episodios declamados, tormentosos, expresionistas y otros más líricos con irrupciones mediante armonías disonantes, texturas compactas y fuertes contrastes dinámicos. Resultó especialmente apreciable la calidad individual de atriles principales como la concertino Marta Cardona y el viola Joan Félix, protagonistas de sugestivos diálogos imitativos de perfil casi vocal, evocando el dúo de soprano y contralto del modelo pergolesiano. La OSV respondió con seguridad, convicción y una decantada afinación.
Muy distinta fue la atmósfera de las Variaciones sobre un tema de Paganini de Rachmaninov, con el pianista ruso Artem Kuznetsov como solista. Dueño de un toque ligero, ágil y limpísimo, afrontó la obra de memoria con una combinación muy equilibrada entre brillantez y profundidad expresiva. Más interesado en el lirismo y la transparencia que en el puro despliegue muscular, evitó la rudeza percusiva con que algunos intérpretes subrayan en los pasajes más acerados de la partitura, acercándose más a una lectura tornasolada y discursiva. La célebre Variación 18 constituyó el verdadero epicentro emocional de la interpretación, magníficamente graduada en dinámica y amplitud cantabile, alcanzando una auténtica sensación de plenitud sinfónica por parte de la OSV y Larson-Maguire. La orquesta acompañó con flexibilidad y matices bajo una dirección siempre intencionada. Como propina, Kuznetsov ofreció el tercer movimiento de la Sonata núm. 7, de Prokófiev, resuelto con una técnica demoledora y una precisión rítmica apabullante, en un auténtico tour de force de motricidad e impulsividad.

En la segunda parte la suite de Pulcinella de Stravinsky, donde el compositor reutiliza materiales atribuidos a Pergolesi para elaborar un refinado juego neo-barroco lleno de ironía, vitalidad y sofisticación tímbrica, Larsen-Maguire favoreció una lectura elegante y muy articulada, atenta a la claridad de líneas y al carácter danzable de la partitura. Por cierto, los músicos de las secciones de vientos tocaron de pie. Finalmente llegó el Capricho italiano de Chaikovski, ofrecido con amplitud sonora y un fraseo de generoso cantabile con una afinación nítida de la cuerda. La OSV supo paladear el componente melódico y colorista de la obra con una mezcla de serenidad y calidez muy atractiva. Aunque en algunos episodios se echó de menos algo más de incisividad y tensión acumulativa —especialmente en los compases finales— y una mayor direccionalidad en ciertas progresiones reiterativas, el resultado global fue el de una interpretación muy sólida, comunicativa y musicalmente honesta.

