Entre la modernidad refinada del Concierto para la mano izquierda de Maurice Ravel y la imaginación visionaria de Hector Berlioz en Les Francs-juges y la Symphonie fantastique, Louis Langrée, al frente de la OBC, ofreció una lectura de gran impulso sonoro y teatralidad bien recreada, sostenida por un trabajo minucioso con la orquesta que firmó uno de los programas mejor interpretados esta temporada.

Ravel encontró en Anna Vinnitskaya una intérprete de fuerte personalidad. Desde el misterioso crescendo orquestal previo a la entrada del piano —resuelto con una sonoridad intensa, quizá excesiva en volumen para los más puristas, pero indudablemente cargada de intención— se estableció un clima dramático de alta concentración en que la pianista asumió la plenitud sonora con una sola mano. Su articulación nítida, el legato cuidadosamente sostenido y un uso del pedal tan riguroso como eficaz permitieron una transparencia que nunca sacrificó densidad ni claridad tímbrica. En los pasajes más abruptos y percusivos mantuvo una energía firme, mientras que en los episodios más líricos alcanzó una diafanidad aparejada a la seguridad también presente en los grandes acordes desplegados, en los saltos de octava y en los glissandi; reforzando la impresión de dominio técnico absoluto, siempre integrado en un discurso coherente. El diálogo con la orquesta fluyó con naturalidad, confirmando una compenetración real y una gran intérprete.
Con Berlioz, el director y la orquesta desplegaron su teatralidad radical. La Symphonie fantastique se presentó con una disposición significativa: las cuatro trompas alineadas en una misma fila, acerando los sonidos del registro grave particularmente en el primer movimiento. Langrée, inquieto en el podio y de gestualidad nerviosa, se reveló particularmente idóneo para una partitura de impulsos súbitos y contrastes extremos, marcó con precisión los calderones de los silencios —auténticos abismos expresivos— y sostuvo con claridad el pulso narrativo en los movimientos primero, cuarto y quinto.

En Rêveries – Passions, la progresión desde el inicio enigmático hasta el despliegue más luminoso estuvo cuidadosamente graduada, con crescendi perfilados y atención al detalle de contramelodías en las texturas densas. El vals fue expuesto con fluidez y naturalidad, evitando cualquier rigidez mecánica. En la Scène aux champs, la expresividad inicial, casi solipsista, contrastó con el refinado estallido dramático central. La dialéctica entre el corno inglés y el oboe fuera de escena, muy bien situado entre los palcos, potenció con eficacia ese efecto preacusmático que proyecta el sonido como recuerdo o alucinación lejana; mientras que la Marche au supplice, con repetición de la exposición, y el movimiento final concentraron la energía más incisiva. Langrée señaló con claridad los contratiempos de la campana fuera de escena y otorgó a los grandes clímax una contundencia casi mahleriana. Resultó especialmente impactante la potencia abrasiva de las tubas en la primera exposición del Dies irae. En la danza final de las brujas, el cruce de brazos de los timbaleros en los compases 496–507 aseguró la nitidez rítmica y el carácter báquico del episodio, subrayando con precisión su pulso en la culminación orgiástica.
Previo a todo ello, la obertura Les Francs-juges, presentada como primera audición por la orquesta según la organización, abrió el programa con determinación. Desde la insinuación inicial, y luego con el segundo tema, en forma de irrupción de los metales en un coral de resonancias casi organísticas —con un fortísimo limpio y proyectado—, quedó claro que Langrée conoce y ama la música de Berlioz. El Allegro desplegó agilidad nerviosa, con el peso característico de las maderas sobre los ostinatos de la cuerda, siendo significativo el solo de maderas acompañado por bombo y timbales, combinación insólita que rompe cualquier convencionalismo pastoral y anticipa la imaginación tímbrica desbordante de la Fantástica.

