Los postulados neoclásicos estaban al centro del concierto de esta tarde, en el que Cuarteto Belcea y Yulianna Avdeeva recorrían autores que de alguna forma hacían manifiesto su gusto por las formas antiguas traídas a su propio tiempo. Es el caso de Mendelssohn quien nunca se sintió del todo cómodo con el nuevo paradigma romántico, o Britten quien nunca rehuyó del pasado musical británico e incluso es el caso de Weinberg, donde junto con ecos folclóricos aparece un homenaje para con las formas clásicas. Se antojaba este el hilo conductor para una interpretación que aunaba a los mencionados autores, a través de las muy sólidas cualidades de los intérpretes que se dieron cita en el ciclo de Liceo de Cámara.

Comenzó la velada con dos de las piezas del opus 81 del compositor alemán, escritas a distancia de bastantes años entre ellas, pero acomunadas por la indagación de las formas contrapuntísticas. El Cuarteto Belcea pudo, desde los primeros compases, dar muestra de su profunda compenetración con un sonido homogéneo, bien calibrado, y capaz de desplegarse desde pasajes al unísono a una total independencia de las voces. El trabajo concentrado sobre el tejido polifónico no restó expresividad y dramatismo a las piezas tan marcadas por ese equilibrio mendelssohniano.

El Cuarteto de cuerda núm. 2, op. 36 de Britten es un homenaje a Henry Purcell. Desde el primer movimiento pudimos apreciar el refinado sonido, la exquisita afinación: Allegro calmo senza rigore, es la indicación de Britten, casi contradictoria, y donde ese senza rigore parece aludir más bien a un "sin rigidez", con un fraseo que tiene que deambular y meditar en cada pasaje. Tras un ágil y bien perfilado Vivace, aparece esa Chacony que ocupa más de la mitad de la obra, y en la que la formación británica mostró su capacidad por el equilibrio formal pero al mismo tiempo con la debida contundencia y disruptividad tímbrica. No es música particularmente hiriente, pero tampoco es acomodada, y el Cuarteto Belcea fue muy hábil en encontrar justamente ese registro medio.

En la segunda parte, la pianista rusa Yulianna Avdeeva se sumó al conjunto para ejecutar una obra prácticamente coeva a la anterior, esto es, el Quinteto para piano y cuerda, op. 18 de Weinberg. Compuesto en 1944, unos años después de que el compositor polaco se estableciera en Moscú, es una obra vitalista, en la que la huella de Shostakovich es evidente, pero también se escuchan ecos populares y un sentido de la proporción que permiten su lectura bajo un prisma neoclásico. Aquí pudimos apreciar tanto en Avdeeva como en los Belcea mayormente el fraseo corto, a flor de piel, los cambios repentinos de dinámica, el humor grotesco que se encuentra en algunos movimientos, pero también momentos de absoluta contemplación como el Largo con un empaste muy logrado también entre pianista y cuarteto o bien en el final de la obra donde ese fuego se va apagando para dejar espacio a un siempre más presente silencio. Muy notable resultado donde la vitalidad nunca se encuentra desbocada, sino estructurada a partir de la búsqueda de un sonido siempre cuidado que se alimenta de esos silencios que Weinberg sabiamente coloca.
Fue un concierto que podría haber pasado algo desapercibido en la muy generosa oferta musical madrileña, pero que se reveló como una autentica joya por la concepción y obras del programa así como la calidad extraordinaria de sus intérpretes.

