Ecléctico programa ideado para culminar este casi extinto 2025 con la Orquesta Sinfónica de Tenerife, la cual, por cierto, no regresa a su temporada regular hasta la finalización en febrero del Festival Internacional de Música de Canarias, y en el cual participa. Como aperitivo, un estreno absoluto encargo del Auditorio de Tenerife, el Doble concierto para tuba, percusión y orquesta de Nino Díaz, prolífico y reconocido autor nacido en Lanzarote, a cargo respectivamente de los solistas Eduardo Martín y Paco Díaz. Concebida según su autor como un ensayo musical sobre la fragilidad y la contradicción, lo cierto es que la pieza se erige como altamente abstracta, sin que, al menos quien suscribe, pudiera contextualizar las intenciones del compositor. La pieza, además de disponer una amplia representación de la sección de percusión, contó con la intervención vocal de ambos solistas con sonidos guturales y contenidos aullidos, así como golpes de mano contra la tuba. Desconcertante sí, pero sin emoción o inteligibilidad alguna, aun el público mostró buena recepción al autor asistente a la velada con una larga ovación.
Para la segunda parte se nos reservó la Sinfonía núm. 9, de Beethoven, que no solo introduce por primera vez la voz humana en el repertorio sinfónico, sino que además, pese a su sencillez melódica, cambia el discurrir musical para siempre. La obra recupera el deseo de su autor, pergeñado veinticinco años antes, de poner música al poema de su coetáneo Friedrich Schiller. En esta ocasión, el maestro Pablo González, en su linea habitual, dibujó una versión precisa, plena de matices y sumamente comunicativa. Un sincero canto a la fraternidad y al entendimiento entre los pueblos, en una comunión de amor y tolerancia, tal y como expuso el director en su presentación. El movimiento inicial fue acometido con inusitada energía, resaltando el tono patético de los temas de un Allegro ma non troppo de vivaz ritmo y lectura impecable. No estuvo a la zaga el Scherzo siguiente, asimismo ejecutado con una limpieza de sonido e incisiva modulación que mostró las mejores virtudes de esta orquesta y la minuciosidad del trabajo desempeñado por su nuevo director principal invitado. González traslada con autoridad y acierto todas sus indicaciones, y el Adagio cantabile ofrecido acreditó tal definición, pues las cuerdas realmente cantaron, aderezado con unas soberbias y exactas intervenciones de la trompa, impagable en su melancólico acompañamiento.
Para culminar esta joya, el movimiento final se inició con la misma vivacidad de los dos primeros, a modo introductorio de la innovadora participación de coro y solistas vocales. María Espada, Cristina Faus, Airam Hernández y Sebastià Peris mostraron un perfecto empaste y conjunción en cada una de sus intervenciones, así como un excelente nivel en sus solos, exhibiendo una trabajada ejecución. Del mismo modo, aparecieron muy integrados tanto en los tiempos como en los volúmenes sonoros en relación a la orquesta y al coro. Este último, claro protagonista de la culminación de la sinfonía, a la postre, el habitual Coro Titular Ópera de Tenerife-Intermezzo, marcó con gran brillantez sus espectaculares tutti, con un desempeño de la lengua teutona de notable corrección y un impecable ensamblaje en el entramado musical. Dentro de su buen hacer en general, quizá cabe destacar la notable calidad de la sección de tenores, sin que quepa reproche alguno al resto. Una muy buena interpretación de todos los participantes en lo que supone la despedida del año de la OST, y que alternó la novedosa primera parte con la seguridad de un éxito garantizado como el de la segunda, especialmente cuando se hace tan bien, como en el presente caso.

