La ópera de Vincenzo Bellini I Capuleti e i Montecchi es una de las obras más representativas del compositor italiano y de toda la tradición belcantista. Sin embargo, pese a la relevancia de la ópera dentro del repertorio, ésta no había vuelto a subir al escenario del Gran Teatre del Liceu desde hacía una década, hasta su recuperación en la presente temporada.

Protagonistas Marko Mimica, Lisette Oropesa, Alejandro López, Raffaella Lupinacci e Iván Ayón-Rivas © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Protagonistas Marko Mimica, Lisette Oropesa, Alejandro López, Raffaella Lupinacci e Iván Ayón-Rivas
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

En un principio, el teatro catalán había previsto acoger la producción de Adrian Noble, procedente de La Scala. Pero tuvo que substituirse por la de Allex Aguilera, estrenada en la Ópera Real de Valonia. Este nuevo montaje apuesta por una estética simbólica, aunque por momentos su sobriedad resulta demasiado austera. La escenografía (firmada también por Aguilera) se construye a partir de pocos elementos: muros de piedra que delimitan el espacio, una asfixiante caja como alegoría de la presión social que sufre Giulietta, un circuito de agua y una iluminación fría de tonos grisáceos, diseñada por Luis Perdiguero, que genera una atmósfera sombría.

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Lisette Oropesa (Giulietta) y Raffaella Lupinacci (Romeo) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Lisette Oropesa (Giulietta) y Raffaella Lupinacci (Romeo)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

El concepto escénico de Aguilera resalta el conflicto entre las dos familias, como ya hizo en su momento Bellini, distanciándose de la tragedia de William Shakespeare. Cabe recordar que el libreto de la ópera belcantista, escrito por Felice Romani, no se inspira en la obra de teatro inglesa, sino en las fuentes italianas del siglo XVI que trataron el conflicto entre los Capuletos y los Montescos antes que Shakespeare. Al basarse en dichos textos, la ópera de Bellini concede mayor protagonismo al enfrentamiento entre güelfos (Capuletos) y gibelinos (Montescos), y prescinde de elementos de la tragedia de Shakespeare, como la escena del balcón, el personaje de Mercucio y el matrimonio secreto. Asimismo, también se modifica levemente el desenlace: Giulietta despierta cuando Romeo agoniza, de modo que ambos amantes pueden despedirse antes de morir.

Raffaella Lupinacci (Romeo) y Lisette Oropesa (Giulietta) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Raffaella Lupinacci (Romeo) y Lisette Oropesa (Giulietta)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

La dirección de Riccardo Frizza frente a la Orquesta Simfònica del Gran Teatre del Liceu era uno de los mayores atractivos de la producción, ya que el italiano es un especialista en el repertorio belcantista. No en vano, se trata del mismo maestro que dirigió la última representación de la ópera en este teatro, diez años atrás. Frizza ofreció una lectura elegante, siempre atento a los cantantes, a quienes proporcionó el espacio necesario para desplegar toda la expresividad vocal. El maestro se desenvolvió con naturalidad, conjugando la transparencia orquestal con la flexibilidad del fraseo. Sobre la orquesta, cabe destacar la exquisita intervención solista del clarinete durante el enfrentamiento entre Romeo y Tebaldo, así como la delicada aparición del violonchelista en la introducción del segundo acto.

Protagonistas y Coro del Gran Teatre del Liceu © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Protagonistas y Coro del Gran Teatre del Liceu
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Otro de los elementos más valiosos de la recuperación de I Capuleti e i Montecchi en el escenario barcelonés ha sido su elenco excepcional, encabezado por Lisette Oropesa y Raffaella Lupinacci. Desde su primera intervención, Lisette Oropesa dejó patente la calidad de su instrumento. Abordó la cavatina “Oh! quante volte”, con lustroso refinamiento, agilidad y un fraseo rico en matices. Además, su excelente control de la respiración le permitió resolver con seguridad el exigente sobreagudo final. A lo largo de la representación, destacó su implicación dramática encarnando la fragilidad y el sufrimiento de Giulietta. La soprano encontró un excelente complemento en la voz de Romeo, que se tradujo en una armónica compenetración vocal en los pasajes a dúo.

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Por su parte, Raffaela Lupinacci encarnó el exigente rol de Romeo con gran solidez vocal y notable fuerza dramática. Su timbre de grato color, el adecuado registro grave y la firmeza de su emisión se hicieron especialmente patentes durante todas sus intervenciones, pero sobre todo en la escena de la tumba. Valga decir que su familiaridad con el montaje de Aguilera, que ya había estrenado en la Ópera Real de Valonia, le permitió afrontar la escena con mayor seguridad que su compañera.

Raffaella Lupinacci (Romeo) y Lisette Oropesa (Giulietta) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Raffaella Lupinacci (Romeo) y Lisette Oropesa (Giulietta)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

El solista masculino que ofreció la mejor interpretación vocal de la velada fue Iván Ayón-Rivas. El tenor peruano construyó un Tebaldo excepcional, beneficiado por su emisión homogénea, su característico registro agudo tan cálido y brillante, y su admirable capacidad para alcanzar y sostener las notas más exigentes, tal y como demostró en el segundo dúo con Romeo, “Stolto! ad un sol mio grido”. Marko Mimica encarnó a Lorenzo con una sonoridad grave grata y apropiada para el personaje, aunque en ciertos pasajes su emisión perdió estabilidad. Cerró el reparto el bajo Alejandro López con un Capellio que no plasmó la autoridad esperada como padre de Giulietta por su escasa proyección.

Por último, el Coro del Gran Teatre del Liceu, bajo la dirección de Pablo Assante, destacó por su cohesión y equilibrio, ejecutando una sonoridad compacta y bien empastada en los pasajes a conjunto. Su participación contribuyó a intensificar el dramatismo de la partitura, especialmente en los momentos de exaltación bélica.

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