Con el mediático Jakub Józef Orliński en el papel titular, recalaba en el Teatro Real el Giulio Cesare in Egitto de Il Pomo d’Oro, dirigido por Francesco Corti, en su larga gira europea. El contratenor se lanza sin red al exigente rol creado para Senesino y deslumbra, cosechando aplausos y haciendo las delicias de sus fans, pero las vistosas acrobacias no consiguen ocultar su inadecuación para el papel.
Comunica simpatía en lugar de poder y su canto forzado y tenso transmite esfuerzo constante, no naturalidad. Abusa del attacco di sotto, cala y sortea las agilidades sin especial esmero. Sus temerarias variaciones causan perplejidad: lejos de poner en valor sus cualidades, dejan al descubierto carencias: un grave inconexo, una afinación mejorable, un timbre incoloro. Destacaron su juguetona y musical "Se in fiorito ameno prato" —aunque el protagonismo se lo disputasen la concertino Zefira Valova y un molesto silbato de pájaro— y "Aure, deh, per pietà", cuya última variación fue inesperadamente hermosa por su tono y ejecución.

Tampoco convenció Sabine Devieilhe en Cleopatra, aferrada a su partitura. Su "V’adoro pupille", técnicamente irreprochable pero emocionalmente ausente, redujo una de las páginas más sensuales del género a un aria de concierto, sin asomo de seducción. Ofreció versiones excelentes de las primeras partes de sus arias, pero también ella eligió variaciones que la exponían innecesariamente, a menudo muy cuestionables estilísticamente y reminiscentes de su repertorio más habitual.

Marco Saccardin cumplió en el breve papel de Curio. El contratenor Rémy Brès-Feuillet se metió de lleno en su personaje, Nireno, y aprovechó al máximo su única aria, "Chi perde un momento", a menudo omitida, aportando humor entre tanto drama palaciego. Peor suerte corrió el lustroso y potentísimo bajo haendeliano de Alex Rosen, que vio cómo le amputaban dos de sus tres arias. Sí pudimos disfrutar al completo de su "Dal fulgor di questa spada". El Tolomeo consentido y cruel de Yuriy Mynenko fue muy satisfactorio, sus recitativos dichos con intención y sus arias bien interpretadas, luciendo un timbre rico incluso en los agudos y unos graves contundentes, aunque no homogéneos.

El Sesto de Rebecca Leggett fue el personaje teatralmente más interesante de la velada, evolucionando desde la aspereza de "Svegliatevi nel core", donde sus variaciones parecían reflejar el estado mental del adolescente nervioso, aún encogido y a la sombra de su madre, hasta la seguridad en sí mismo hallada finalmente en un impactante "L’angue offeso mai riposa". Su mezzosoprano claro le confería un aire juvenil.

El contraste con el timbre carnoso y oscuro de Beth Taylor en el papel de su madre, Cornelia, no podía ser más grande, ni más feliz a efectos musicales. Sus graves generosos y agudos fulgurantes llenaron el teatro, con una potencia controlada. La única de los protagonistas en prescindir de una partitura, encarnó a la perfección a la viuda patricia. Su interacción con Leggett fue conmovedora y el dúo con el que cierran el acto I, "Son nata a lagrimar", fue un momento cumbre, logrando emocionar incluso con los silencios.
Buena parte de esta magia se debía también a la magistral dirección de Corti, variada, llena de matices, enérgica cuando hacía falta pero nunca apresurada. Hizo reír con ligereza a la orquesta en "Non disperar" y extrajo de ella un tono sombrío y ominoso en la dramática introducción a "L’angue offeso…", reforzado por la disposición de los contrabajos en lados opuestos del escenario. Loables Christian Binde, por su solo de trompa natural en "Va tacito e nascosto", variaciones incluidas, y tanto Ludovico Minasi al violonchelo como el propio Corti al clave por hacer del "Cara speme" un prodigio de delicadeza musical.

