Hay óperas que se imponen por su ambición formal, y otras por la fuerza del gesto que las origina. Push, de Howard Moody, pertenece claramente a esta segunda categoría. Todo su universo dramático nace de un instante decisivo: en abril de 1943, una madre judía empuja a su hijo fuera de un tren con destino a Auschwitz. Ese impulso desesperado —el push del título— que salva la vida de Simon Gronowski se convierte, décadas más tarde, en materia operística, no como relato heroico, sino como ejercicio de memoria y responsabilidad colectiva.

Estrenada en el Reino Unido en 2016, Push es una ópera contemporánea en un solo acto con un recorrido singular, a menudo fuera del circuito operístico convencional. Concebida desde una clara vocación comunitaria, combina tres solistas profesionales con coros amateurs e infantiles. El estreno en España de Push en Sabadell, a comienzos de 2025, como cierre de la capitalidad cultural de la ciudad, supuso uno de los puntos álgidos de una celebración que hoy podemos calificar de descafeinada y muy parcial en algunos aspectos. No obstante, la agudeza y el olfato de un talento como Jordi Cos —que es mucho más que un músico y presidente de orquesta— permitió articular aquello que tan bien sabe hacer: hacer emerger proyectos y personas que más de uno desdeñaría, inscribiéndolos en un marco de mayor alcance. En este caso, confirmó hasta qué punto esta ópera funciona cuando se integra en un proyecto cultural de ciudad.

Con las funciones agotadas y una notable implicación del tejido musical local, la producción —impulsada por la Fundació Òpera a Catalunya y la Orquestra Simfònica del Vallès— se ha convertido en un ejemplo modélico de cómo la ópera puede actuar como espacio de encuentro cívico. La participación de un centenar de cantantes de las corales Belles Arts, Els Notes y el Cor Jove de l’Escola de Música de Sabadell, bajo la dirección de Buia Reixach, puso de manifiesto esa dimensión colectiva y participativa que la obra no solo admite, sino que exige. Uno de los grandes aciertos de la propuesta ha sido la traducción al catalán del libreto, a cargo de Joan Sellent, que combina distintos idiomas como metáfora sonora de hermandad y convivencia entre pueblos. Esta pluralidad lingüística no dispersa el mensaje, sino que lo concentra, y dialoga con un lenguaje musical deliberadamente directo: una tonalidad expansiva, elementos del siglo XX con ciertos procedimientos repetitivos cercanos al minimalismo, evocaciones de la música judía e incluso resonancias de góspel. Todo ello configura una estética accesible pero no banal, sólidamente justificada desde el punto de vista dramatúrgico y siempre al servicio del texto y de la emoción.

Desde el punto de vista escénico, Push demuestra que no son necesarios grandes artificios para construir un relato sustancial. Con pocos medios, pero con un movimiento coral muy bien calculado —gracias al trabajo de Dani Coma como coordinador escénico—, la obra mantiene de forma constante la noción de grupo, de comunidad que acompaña y sostiene la historia individual. Las proyecciones visuales actúan como soporte narrativo y simbólico, reforzando ideas clave como la preservación de la identidad o el mantra vital de Gronowski: «Ma vie n’est que miracles».
El momento culminante llega, inevitablemente, con la escena del tren. El crescendo de tensión que acompaña el gesto de la madre desemboca en el único sonido posible para comprender ese instante: un silencio denso, casi insoportable, que dice más que cualquier palabra. Aquí Push muestra con claridad su inteligencia dramática. Las tres voces solistas defienden con solvencia una partitura exigente en el plano expresivo, con una mención especial para Ferran Albrich en el papel de Simon Gronowski. Su interpretación adquiere una dimensión casi testimonial por el hecho de que el propio Gronowski se encontraba presente en la función y, al finalizar, dirigió unas palabras conmovedoras sobre el perdón, la democracia y el deber de la memoria.

En un país donde ya existen obras como La maternidad de Elna de Martí Carreras, Push señala un camino posible: el de una ópera comprometida, pedagógica y artística a la vez, capaz de interpelar a la sociedad sin renunciar a su dignidad musical. Máximo respeto y admiración, pues, por una iniciativa que entiende la ópera como una herramienta viva de conciencia colectiva; por una FOC concebida como hogar capricorniano para proyectos únicos como este; y por un Jordi Cos que sabe ver más allá que muchos gestores. Si él y su característico sombrero ocuparan despachos de mayor influencia, el país acabaría notándolo.

