A propósito de la publicación de sus Estampes para piano en 1903, Debussy escribió a su editor que cuando uno carece de los medios para costearse los viajes, los puede suplir con la imaginación. Tutelado en su juventud por Nadejka Von Meck, aquella que había sufragado también las necesidades de Tchaikovsky, lo cierto es que no le habían faltado viajes al músico francés. Aún no había escrito ninguna composición relevante y había viajado ya por Suiza, Italia y Rusia acompañando a la famosa protectora y a su prole. Pero se enamoró de una de sus hijas, y la mecenas, muy cautelosa, puso fin a la colaboración.

Impedido, pues, para viajar holgadamente por tierras extranjeras se refugió en alguno de los rasgos más característicos del Romanticismo, y recurrió al escapismo como fuente de inspiración para muchas de sus grandes obras. Su buen amigo Robert Schmidt afirma que Debussy se refugiaba a menudo en los asuntos exóticos, en la antigüedad y en los mitos, y que de ahí extraía el material para costearse esos viajes que sólo alcanzaba a imaginar.

Dada su singular experiencia en los asuntos del amor, no nos sorprende que algunos viajes asociados a este episodio tengan cabida en su música. Por ejemplo, L’isle joyeuse, es una partitura inspirada en el célebre cuadro de Watteau El embarque para Citerea. Se trata de una isla del Mar Jónico, conocida porque allí los Céfiros condujeron a la diosa Afrodita, después de su nacimiento en el mar. El cuadro representa a unos personajes peregrinando hacia esta maravillosa isla del amor. No le será fácil el peregrinaje a los pianistas. En una carta dirigida a su editor advierte Debussy: “¡Pero Dios mío! qué difícil es de interpretar, esta pieza parece aunar todas las formas posibles de atacar un piano, pues requiere tanto de la fuerza como de la gracia...”

<i>L'Embarquement pour Cythère</i>, J. Watteau (1718)
L'Embarquement pour Cythère, J. Watteau (1718)

Otro enclave del amor que imaginó Debussy fue la legendaria ciudad de Ys, cuya catedral se encuentra representada en el preludio La cathédrale engloutie. Esta ciudad próspera y feliz era la capital de un reino de Armórica, en la Bretaña francesa. Pero sus habitantes se abandonaron al placer de las orgías y de la desmesura, y hay quien sostiene que el mayor pecado que allí se perpetraba era el incesto. Dios castigó la impiedad de Ys sepultándola bajo las aguas, pero se le permitió surgir de las profundidades durante unos breves instantes al amanecer, para advertencia de las ciudades vecinas. Debussy sugiere en su preludio aquel momento en que emergen de las aguas las cumbres de su catedral, y el intérprete avezado debe saber representar el tañido de sus campanas, los murmullos de los cantos maitines y los acordes de su órgano dorado.

Hay otras geografías que Debussy no tenía que visitar, dado que muchas habían llamado a su puerta. Contemporáneo de las grandes Exposiciones Universales acontecidas en París, pudo contemplar cómodamente las costumbres de los países lejanos, como los de Indochina, que a la sazón pertenecían a Francia. La Exposición de 1889 albergaba pabellones dedicados a las colonias y al Lejano Oriente, y de ahí que los artistas franceses se impregnaran de las realidades culturales de estos países. Además, la resaca de las incursiones napoleónicas en Egipto y los logros de Champollion sobre el significado de los jeroglíficos habían avivado en Francia el fuego de la egiptología. Debussy pasea por estas latitudes sin salir de París. Visita los templos sagrados de China, y compone Pagodes, con sus inconfundibles sonoridades orientales; descubre las delicadezas del laqueado japonés y compone Poissons d’or; y en Egipto sostiene el vaso Canope, que alberga las vísceras embalsamadas de los muertos, dedicándole también a este país la partitura Pour l’Egyptienne, de sus Epigraphes antiques.

Tampoco sintió la urgencia de visitar España, porque los músicos españoles ya habían llevado a París sus costumbres, sus ritmos y sus melodías. La obra de Albéniz, Falla y Granados era bien conocida en Francia. Nuevamente podía Debussy recorrer geografías sin abandonar París, y su genialidad le impulsó a imaginar Granada y su inmortal Alhambra dejándonos constancia de su “viaje” en tres composiciones para piano: Lindaraja, La puerta del vino, y La soirée dans Grenade. Hay quien afirma que esta triada ha de completarse con el preludio La Serenade Interrumpue, pero no se tiene constancia de su referencia a la ciudad andaluza, más allá del tratamiento "guitarrístico" que se le atribuye al piano.

Patio de la Lindaraja, en la Alhambra
Patio de la Lindaraja, en la Alhambra

La primera vez que Debussy se internó en los misterios de la Alhambra fue al componer su obra para dos pianos Lindaraja, en 1901, tras contemplar algunos grabados del famoso mirador en una revista ilustrada. “El apartado y pequeño patio” se admiraba Washington Irving, “con su fuente de alabastro y sus plantaciones de rosales y mirtos, naranjos y limoneros”. En este enclave encontraría Debussy fuentes, flores, patios, y sobre todo, el agua, siempre tan presente en su música. Esta sugestiva obra para dos pianos no fue publicada hasta 1926, ocho años después de la muerte del compositor.

La Puerta del Vino representa la segunda estancia que Debussy imaginó en la Alhambra, y está inspirada en la imagen impresa de una postal que Manuel de Falla le envió desde el edificio nazarí. El pianista que se enfrente a esta partitura hará bien en seguir las indicaciones de Robert Schmidt y no dejarse seducir por la arquitectura de la Puerta, porque el Preludio describe la agitada vida de la plaza que la presenta, siempre con el incesante y vago ritmo de habanera al fondo. Y hará mejor en seguir los consejos de Falla, que asegura que es la hora calma y silenciosa de la siesta en Granada lo que el músico ha querido invocar en La Puerta del Vino. Sostiene, además, que Debussy ha empleado adecuadamente los elementos del cante jondo, y que la base rítmica de habanera es, en cierto modo, herencia del tango andaluz.

La Puerta del Vino, uno de los accesos al complejo de la Alhambra
La Puerta del Vino, uno de los accesos al complejo de la Alhambra

Para Manuel de Falla, La soirée dans Grenade no tenía un solo compás derivado del folclore español, si bien no existía otra partitura que evocara a España mejor que esta. "El poder de la evocación presente en estas pocas páginas”, escribió, “tiene algo de prodigio cuando uno comprende que esta música está compuesta por un extranjero únicamente guiado por la visión de su genio”. Impregnada asimismo del ritmo de habanera, el segundo número de sus Estampes para piano pretende representar una vez más el bullicio propio de esta ciudad, tal como es imaginado por el compositor.

La admiración de Falla por La soirée de Debussy se concretó en un artículo publicado en la edición especial de La Revue Musicale dedicada a la memoria del compositor francés. Antes de que el director de la revista le encargara este escrito, el guitarrista Miguel Llobet le había pedido una composición para guitarra sola. Falla encontró en esta circunstancia la posibilidad de rendir un completo homenaje a Debussy y en el mismo año publicó los dos trabajos. La partitura Homenaje, “Le tombeau de Debussy” es el sentido tributo que le rinde Falla a Debussy dos años después de su muerte, y está íntimamente ligada a sus dos obras más andaluzas, La puerta del vino y La soirée dans Grenade, por el empleo sistemático del ritmo de habanera y por su contenido melódico. Hay que escuchar detenidamente la Tombeau para comprender que Falla ha enraizado a Debussy en Andalucía, en su ritmo, en su canto y en sus costumbres; y si se presta atención y se afina el oído podremos percibir, en los últimos compases, la silueta de Debussy difuminándose entre las evocadoras calles durante un paseo vespertino en la ciudad de Granada.