Roma aguanta el pulso al tiempo. Aunque se encuentre acribillada –como tantas otras ciudades– de franquicias y pop-up stores, sus yacimientos milenarios defienden con soberano carácter la identidad del lugar. Ya sea por un fa natural con leve rubato, ya sea por los vestigios de un circus, a las piezas de Respighi y Corigliano les sucede algo similar: el paso del tiempo puede ser subjetivo, redefiniéndose y fascinando de nuevo cada vez.

La Banda Municipal de Barcelona brindó un programa que constituía una reflexión musical, ondeando más allá de los muros del espectáculo de la Antigua roma. El punto en común del que parten las partituras; dos obras separadas por décadas, contextos y lenguajes, adaptadas para banda, reconstruyendo colores, densidades y superposiciones de planos sonoros. Las ausencias no fueron carencias, sino funciones melódicas y armónicas asumidas por otras especialmente por los vientos, distribuyéndose los registros para explorar los contrastes del planteamiento. Con ello, no se perdieron ni el detalle en los fraseos, ni la preservación de la articulación, ni la distinción de los planos melódicos y rítmicos.
La Sinfonía núm. 3 ‘Circus Maximus’ de Corigliano abrió el programa a esta aproximación simbólica en la que yace una estructura compleja, metamorfoseándose en un espacio físico. El conjunto dio lugar a un plano inmersivo y envolvente, predominado por los vientos y las percusiones alrededor del auditorio, recreando esa disposición arquitectónica de los circos romanos y el paralelismo fundamental del compositor en querer alinear la decadencia del Imperio romano con la caída de una sociedad moderna de violencia, saturación y excesos. Esta reflexión crítica convertida en en metáfora del presente, planteó un recorrido donde los contrastes y las tensiones ubicaron a Pascual-Vilaplana frente a un reto de análisis interpretativo. Una amplitud tímbrica frente a la imaginación espacial recreada atravesó las diferentes partes de la obra con el protagonismo de un pulso y volumen del conjunto bien medido. Una cascada de estímulos sonoros en forma de registros variados, dinámicas abruptas y superposición de efectos plantearon un constante vaivén, una vuelta y venida entre secciones de escucha que se mecían entre la contemplación y la agitación. Un ejercicio que concluyó con una aplaudida tensión armónica sostenida en una alterada atmósfera, rota justo al disparo que finaliza todo el discurso.

Las Fiestas romanas de Respighi significaron la vuelta a la monumentalidad de esta ciudad protagonista de la sinfonía. Tercera y última parte perteneciente a la ‘trilogía romana’ del autor, se blande un memorándum de referencias musicales y procedimientos modales. Pascual-Vilaplana esbozó la lectura haciendo hincapié en la expresividad de la paleta que retrataba ambientes y escenarios. Una sucesión de cuadros en los que se planteaba la Roma imperial a través de sus tradiciones y donde la música se convertía en memoria; fanfarrias entre efectos ceremoniales, desplazándose entre el lenguaje festivo del espectáculo y la tensión que lo sostiene. Los metales y percusión rindieron un sonido imponente, quizá llegando a confundir en algunos momentos potencia con volumen. Transiciones ejecutadas desde la brillantez y medida del sonido; frases aireadas, líneas melódicas continuadas y lectura calidoscópica que permitió percibir los matices y contrastes de las atmósferas romanas entre las secciones.
La Banda Municipal de Barcelona y Pascual-Vilaplana lograron un evento marcado por el trabajo comunicativo en lo instrumental, así como su detallismo en los cambios de carácter que conformaban el espíritu de ambas piezas. Una Roma con sus más y con sus menos, pero que nunca dejará de ser eterna.


















