Comencemos por lo indiscutible. Cualquier actuación de Sondra Radvanovsky se convierte automáticamente en un evento imprescindible. Y es que estamos hablando de la que es, para algunos, la mejor soprano en activo del mundo y, para todos, una artista mayúscula, de esas que hacen historia en el presente. Nos visita además en un momento de especial efervescencia anímica, la confianza del principio del fin de la pandemia y con un programa que parece diseñado por un genio de la mercadotecnia lírica: las Tres Reinas de Donizetti. El resultado ha sido una actuación para el deleite, que encumbra aún mas a esta artista (como si lo necesitara) a pesar de las dificultades del repertorio elegido.

Se trata de los tres finales de las soberanas Tudor: Anna Bolena, Maria Stuarda y Elisabetta I (para Roberto Devereux). El problema que presenta esta selección tan seductora es su falta de ritmo o, mejor dicho, su exceso. Nos encontramos con una estructura prácticamente idéntica repetida tres veces (obertura-coro-aria cantabile-cabaletta) que pone de manifiesto la consistencia compositiva de Donizetti, pero daña la narrativa dramática del recital, el viaje emocional. Si hay una buena razón para que ningún compositor conforme sus obras a través de clímax similares y sucesivos, este programa parece haberla olvidado.

Sondra Radvanovsky como Anna Bolena
© Paco Amate | Gran Teatre del Liceu

Radvanovsky resuelve estas dificultades realizando una caracterización diferencial de cada uno de los papeles, ayudada por unos espectaculares figurines del diseñador Rubin Singer (el mismo que equipa a Beyoncé) y la escueta, pero eficiente, puesta en escena de Rafael Villalobos. En Anna Bolena nos encontramos con el terror, el pánico ante una muerte inconcebible e inesperada. La amenaza de la sangre tiñe el escenario de un fondo rojo que se propaga a su propio vestido. La maestría vocal se impone entonces a través de los contrastes y de unos acentos marcados por dinámicas exquisitas, de aires verdianos, una de las muchas marcas de calidad de la casa. Si a las sopranos se las valora por la calidad de sus agudos, Radvanovsky puede presumir además de unos monumentales graves, imprescindibles para el tratamiento dramático de este personaje.

Sondra Radvanovsky en el rol de Maria Stuarda
© Paco Amate | Gran Teatre del Liceu

Con Maria, tematizada con la regia serenidad del color verde, se nos revela el amor propio y la confianza orgullosa de quien se sabe llamada a una misión histórica. Se exhiben entonces la firmeza y afinación, el largo fiato, y la consistencia en el fraseo. En Stuarda se ofreció además la experiencia más singular de la velada en la “Gran oración”. Convertida en maestra de culto, la canadiense hizo levitar a la audiencia con sus frases ascendentes, inteligentemente acompañada de un aumento en la iluminación de las icónicas lámparas de Liceo – demostrando que la espiritualidad puede ser estremecedoramente sublime.

Y en Roberto Deveraux, pudimos comprobar la potencia dramática del bel canto. El blanco venerable y un exoesqueleto de aires siderales y renacentistas dominó entonces la escena. Un lenguaje corporal algo sobreactuado acompañó una emisión potente, entreverada de matices veristas y coloraturas espectaculares para unos fraseos exquisitamente deslavazados. Como colofón un “Quel sangue versato” a la altura de las referencias discográficas y un público enloquecido y entregado sin reservas a un bel canto enérgico, diferente al que ha cimentado la tradición de Liceu, pero de una calidad incuestionable.

Sondra Radvanovsky caracterizada como Elisabetta, de Roberto Devereux
© Paco Amate | Gran Teatre del Liceu

Las cortas intervenciones de los acompañantes locales sonaron esforzadas, aunque solventes, sin robar siquiera un segundo de atención a la protagonista de la noche. El coro, camuflado en negro, cumplió impecable el cometido asignado, elegantemente comedido en los principios de las escenas y delicadamente triunfal, siempre lejos de excesos, en cada uno de los grandes finales. Y en el foso, el maestro Riccardo Frizza, autor intelectual de este programa triplicado, se sintió a las mil maravillas con unas obras que conforman el corazón de su repertorio (cuenta con amplia experiencia con Rossini en Pésaro y en Bérgamo con Donizetti). Las oberturas fueron vitales y efervescentes; los solos, delicados y embaucadores; y los tiempos, subordinados a sus soberanas a través de una plasticidad en ocasiones extrema.

Si dominar reinos te convierte en emperador, Radvanovsky se corona como emperatriz (sigamos jugando al marketing) de este cuestionable programa y confirma una vez más que es la soprano de referencia en la actualidad. Sus actuaciones son siempre apuestas seguras y ningún aficionado debería perdérselas. En apenas un par de meses la tendremos en Madrid con Tosca alternando reparto y midiéndose nada menos que con Netrebko. Otra idea para los profesionales de la comunicación artística: este sí será un auténtico “duelo de reinas”.

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